Blanca Estela Ruiz

¿Por qué nos inquieta que el mapa esté incluido en el mapa y las mil y una noches en el libro de Las Mil y Una Noches? ¿Por qué nos inquieta que Don Quijote sea lector del Quijote, y Hamlet, espectador de Hamlet? Creo haber dado con la causa: tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios.

Jorge Luis Borges, “Magias parciales del Quijote
en Otras Inquisiciones

 

Lo prietito en el blanco espacio de la realidad brutal podría llamarse de otra manera: literatura, porque cuando los mecanismos de nuestro entorno son insuficientes para explicarnos esas grandes interrogantes que nos asaltan y sus interpretaciones sobre las necesidades y carencias humanas no nos satisfacen ni creemos que son del todo ciertas, recurrimos entonces a otros artilugios mucho más convincentes para llenar estos vacíos, para contrarrestar ese determinismo que nos obliga a ser uno cuando quisiéramos ser muchos, para imaginar múltiples posibilidades a las mismas historias.
La literatura, a través de un lenguaje único y universal, es el instrumento que nos permite a los seres humanos, pese a las grandes diferencias que nos distinguen y nos separan unos a otros, dialogar y hermanarnos con los demás, y coincido con Vargas Llosa en que:

La literatura nos retrotrae al pasado y nos hermana con quienes, en épocas idas, fraguaron, gozaron y soñaron con esos textos que nos legaron y que, ahora, nos hacen gozar y soñar también a nosotros. Ese sentimiento de pertenencia a la colectividad humana a través del tiempo y el espacio es el más alto logro de la cultura y nada contribuye tanto a renovarlo en cada generación como la literatura .

Conscientes de ello, cada uno de los integrantes de “La mesa literaria” nos ofrece en este volumen de cuentos reunidos bajo el título Podría ser de otra manera,un juego de espejos, diría el escritor argentino Jorge Luis Borges quien concebía la literatura como un solo y gran libro en el que se escriben múltiples variaciones, y sin embargo únicas, de un mismo tema; un mise en abyme o puesta en abismo, apuntaría el escritor francés André Gide utilizando un término heráldico en donde en un escudo se encuentra dibujado el escudo mismo, es decir, de manera análoga a las matrioskas o muñecas rusas, una narración imbricada dentro de otra; un divertimento intertextual explicaría el semiótico ruso Mijaíl Bajtín, quien vino a revolucionar la teoría de las influencias en la que se apoyaban los estudios de la literatura comparada; o bien, una visión heterocósmica o mundos posibles ficcionales, detallaría el teórico checo Lubomír Doležel.

Cada cuento que conforma el volumen Podría ser de otra manera, es una irresistible tentación de imaginar nuevas posibilidades, únicas y múltiples a la vez, de esos grandes temas e historias que han inspirado las plumas lúcidas y seductoras de todos los tiempos.

¿Cómo invocaríamos, por ejemplo, a la musa de Homero para emprender otra vez el regreso a Troya con Ulises? ¿Será posible imaginar Ithaca en New York y a Penélope en una tienda Macy’s de la 5ª. Avenida, arrepentida de haber tejido y destejido durante veinte años la coraza de su fidelidad?

¿De qué manera liberaríamos a Amaranta Buendía, emisaria de amores ajenos, de semejante compromiso para lanzarse a otra travesía, más íntima y personal, orientada hacia el encuentro de los destinatarios de misivas escritas, éstas sí, de su puño y letra?

¿Qué método seguiríamos para producir unas páginas que coincidieran, palabra por palabra y línea por línea­ con la historia del Dr. Frankenstein como hizo el Menard borgeano quien dedicó su vida a escribir no un Quijote contemporáneo sino el Quijote, y vivir la experiencia, en el siglo XXI, de ser Mary Shelley con un sentido del humor digno de Carlos Monsiváis?
¿Cómo conjurar los talentos de Shakespeare y Stevenson, pero sobre todo el de Edgar Allan Poe, para concebir una trágica historia de amor en un extraño desdoblamiento de la personalidad que sea contada en sólo dos palabras por un inmenso cuervo negro?

Y si Drácula despertara enamorado de la tecnología en esta era de las “máquinas que piensan” ¿chuparía por internet la sangre de los cibernautas?

¿Qué trampas se le ocurriría a la misteriosa y socarrona Muerte tenderles a los mortales para hacerlos caer en sus artilugios y obligarlos a acudir siempre a su impostergable e ineludible cita con el fin de poder comenzar una y otra vez, en todas las lenguas, en todos los tiempos y en todas las latitudes, su infinito relato?

¿Qué pasaría si mezcladas la parodia y los juegos de palabras, desenmascaráramos a la dulce Cenicienta de la versión de Walt Disney para dar cuenta de una vieja amargosa que actuara sahagún le toquen el ego, y que trajera ella solita (sin que en eso Helada madrina le metiera el hombro) “azorrillados” a la madrastra, a las hermanastras y al mismísimo príncipe Fox, con quien se casara y viviera, quién sabe si ambos, felices por siempre, en el lujosísimo Rancho Guanajuato?

Y si conjuramos algunos cuentos de El llano en llamas ¿descubriríamos que en el fondo del caldero de la nostalgia, los personajes rulfianos son los mismos que giran y se mueven a sus anchas entre una historia y otra?

¿Podríamos imaginar a un amigo de Rodolfo Paz, “El Amarillo”, contándole a Agustín Yáñez las hazañas de su protagonista una tarde en que el autor lo citara en su oficina cuando era gobernador del Estado de Jalisco y fraguaba la historia de su novela La tierra pródiga?

¿Qué labios podrían contar un relato con los signos: “vid”, “vino”, “agua”, “boda”, “muerte”, “resurrección”, “mi madre”, “ella, María Magdalena”, pero sobre todo: “un hombre”, “una mujer”, “prueba de amor”?

¿Cómo imaginaríamos a la próxima víctima del Malleus Maleficarum para continuar el legado inquisitorial de ambición y poder a costa de explotar hasta el cansancio las figuras del demonio y de las brujas?

Y si los autores fueran los propios personajes, lectores de novelas amorosas, y gustaran de cambiar los finales de las historias que leen ¿se les desdibujaría la sonrisa de la cara si descubrieran que cualquier semejanza con la realidad no es, ni por asomo, una coincidencia? Y si un lector buscara al autor para increparle la inexactitud de la descripción del pueblo en donde ubica su historia ¿cerraría éste los labios a la disertación inútil sobre la realidad y la ficción para disponer los oídos hacia la apertura de las historias que la vida misma está dispuesta a contarle aún sobre las cosas aparentemente mínimas con el particular y mágico estilo de la literatura? Más aún: si el lector de la primera edición de una obra, dejara entre las líneas que lee, los pensamientos y emociones generados por esa lectura ¿podrían éstos transmitirse a otro lector de una época posterior a medida que avanza en la anécdota, y en un esfuerzo supremo de telequinesis comunicarse el lector último con el lector primero para dar un giro a los hechos? Y si en un juego metaléptico (como hizo el famoso Augusto Pérez, protagonista de Niebla, quien irrumpió hasta la oficina de don Miguel de Unamuno), los personajes entablaran un juicio al escritor de sus historias porque no les gustan los finales que éste les escribe ¿a quién se le concedería la razón?

¿Qué sorpresas nos aguardaría, en los tiempos actuales, “una pluma negra, de edición limitada, estilizada y con un pequeño ojo rojo en la parte superior del capuchón” que automáticamente escribiera las emociones y pensamientos de Virginia Woolf en sus últimos días?

¿Sobreviviríamos en un viaje a los hospitales psiquiátricos de principios del siglo XX acompañados por Sabine Spielrein y Carl Gustav Jung?

¿Podrían Sherlock Holmes y el Doctor Watson resolver el asesinato político sucedido antes de las elecciones de 1994, si Arthur Conan Doyle los hubiera enviado a investigar el caso a la ciudad de Tijuana?

¿Cómo resignificar el mito clásico desde el explicit del cuento borgeano, “La casa de Asterión” y reescribir la historia del Minotauro a partir de la percepción presentada de un Teseo torero? O bien, ¿cómo resignificar el mito desde la perspectiva de la seductora esposa de Minos quien procreara a su único hijo en un desliz en Puerto Vallarta, y no precisamente con su esposo, sino con el Toro de Neptuno?

¿Qué sintió Espartaco cuando pisó por primera vez el Coliseo romano?

¿Podríamos imaginar “Otro Génesis” desde la perspectiva del celoso Caín acechando a sus padres e invitando al “inocentón” de su hermano Abel a “jugar a los muertitos”?

¿Cómo adaptar Fahrenheit 451a la Guadalajara del año 2123 para conservar la “memoria de papel” ante la amenaza no del fuego, como en la novela de Ray Bradbury, sino de la cibernética?

¿Cómo reescribir la historia de amor de Lavinia y Felipe, protagonistas de la novela La mujer habitada de Gioconda Belli en otros enamorados que sólo comparten su gusto por leer y “el jugo de naranjas, recién exprimidas, del árbol que plantaron en el patio de la casa”?

Yolanda Zamora, Gabriel Velasco, Marco Tejeda, Toño Suárez, Beatriz Salcedo-Strumpf, José Amador Santana, Constancio Porras, Ruth Levy, Elsa Levy, Laura Hernández Muñoz, Cecilia Dalmacia, José Brú, María Jesús Barrera y Blanca de Aguinaga han arriesgado algunas respuestas para estas preguntas. Cada propuesta es una seductora invitación para volver a leer esos textos que, trascendidos tiempo y espacio, se presentan ante nuestros ojos con nuevas significaciones en un infinito entramado de posibilidades que nos recuerda a los lectores que ese complejo y misterioso proceso de aprehensión de la realidad a través del tamiz de la imaginación, de la imaginación a la escritura y de la escritura a la reescritura, aquello que hemos leído y percibido de un cierto modo, podría haberse resuelto “de otra manera”.

 

Mario Vargas Llosa, La verdad de las mentiras, Madrid: Punto de Lectura, 2003. p. 433 y 434.