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Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides

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Dulce Ma. Zúñiga

 

En los Estados Unidos se produce un promedio de ochenta suicidios diarios, a razón de uno cada dieciocho minutos, lo que suma treinta mil suicidios al año; cada minuto hay un intento de suicidio y alguno llega a término; por cada tres varones se suicida una mujer, pero éstas lo intentan en un número tres veces superior al de los hombres; entre los suicidas hay más blancos que personas no blancas; de 1950 a 1990 se centuplicó el número de suicidios entre los jóvenes; el suicidio es la segunda causa de muerte entre los estudiantes de enseñanza media; la cuarta parte de todos los suicidios se produce en el grupo de edad comprendido entre los quince y los veinticuatro años...

Jeffrey Eugenides, periodista y narrador estadounidense, escribe su primera obra de ficción tomando como referencia esta especie de crisis suicida entre los adolescentes de su país. Aunque por supuesto, Estados Unidos no es el único lugar donde el índice de suicidios de jóvenes presenta cifras alarmantes: el primer lugar lo detenta Hungría, seguido por Austria, Suecia y Japón. Y, en varios países, como México, los números de suicidios de jóvenes de entre 15 y 24 años se elevan en proporciones nunca vistas en décadas pasadas (de 672 en 1980 a 2,414 en 1998).


Lo más sorprendente del fenómeno de los suicidios de jóvenes son las causas. Pareciera, según los datos estadísticos, que la mayoría de los adolescentes que decide suicidarse lo hace por motivos aparentemente triviales: en primer lugar está la decepción amorosa combinada con los problemas familiares, el padecimiento de alguna enfermedad incurable, además de toda una gama que va del hastío de la vida al fracaso escolar.
Quiero regresar sobre lo que dije antes de las causas “aparentemente triviales” por las que adolescentes se han quitado la vida en los últimos 50 años en, por ejemplo, Estados Unidos. Pongo comillas, porque decir “triviales” equivale a decir sin importancia, pero, ¿cómo podría hablarse de trivialidad cuando se trata de la muerte de una persona? Lo que sucede es que numerosos suicidios de adolescentes se pueden clasificar de anómicos, una suerte de respuesta a impulsos provenientes de agentes externos -sociales o familiares- que orillan al sujeto a tomar la decisión sin considerar muchas veces la perspectiva individual (las expectativas reales de vida).
Cuando la sociedad fracasa en el control y la regulación de la conducta de los individuos (a esto se le denomina anomia) el suicidio se hace más frecuente. El sociólogo francés Emile Durkheim explica: “el declinar de las creencias religiosas, y la excesiva relajación de los códigos profesionales y familiares son manifestaciones de la anomia. Ésta produce trastornos en la organización colectiva, lo que reduce la inmunidad del individuo contra las tendencias suicidas”. Así, las personas cuyo ego no prevalece sobre la influencia exterior, son presa fácil del suicidio; por lo general son caracteres fácilmente irritables, depresivos, y reaccionan violentamente contra lo que les rodea. Durkheim refiere que a estos individuos la vida no les proporciona ningún placer, por eso la idea de la muerte los atrae. Los adolescentes, objetivamente, no han tenido tiempo de experimentar la mayoría de las vicisitudes por las que un adulto pasa; sin embargo, subjetivamente, en el lapso de unos cuantos años, hay seres capaces de concentrar en sí mismos un sentimiento de dolor, desesperación o tedio, tan poderoso, que no les queda otro remedio que el suicidio.
El suicidio puede deberse también a un mal congénito. En psiquiatría se denomina “bipolaridad”, y tiene que ver con una configuración cerebral anómala que provoca cambios súbitos en el estado de ánimo: se pasa abruptamente de la euforia a la depresión suicida. Esta enfermedad afecta principalmente en la adolescencia, que es la etapa más vulnerable (y también porque en la mayoría de los casos, los bipolares se quitan la vida antes de llegar a la madurez). Innumerables son las causas, el efecto es siempre el mismo.

Las vírgenes suicidas

El título de esta novela es bastante sugestivo y contiene todo un programa narrativo. El sustantivo “vírgenes” nos remite al ámbito religioso –católico-, pero el adjetivo “suicidas”, nos trae de nuevo a la tierra, al dominio de lo finito y mortal. Las “vírgenes” son, en efecto, cinco hermanas de entre 13 y 17 años de edad. El término “suicidas” alude exactamente al destino de los personajes: todas ceden a la tentación de la muerte por la propia mano.
La trama de la novela se sitúa en una pequeña ciudad norteamericana llamada Wayne, que podría ser cualquiera, no hay particularidades ni definiciones espaciales (el único dato geográfico es que está próxima a Nueva York).
El tiempo de la narración transcurre en pasado, en una visión retrospectiva. Todo sucede en una época también indefinida. Fuera de ciertas referencias culturales precisas como títulos de libros, de discos, de grupos musicales o marcas de productos o bebidas, realmente no hay fechas, el tiempo es abordado siempre en relación con los acontecimientos: los suicidios de las cinco hermanas Lisbon marcan un punto de partida hacia atrás o hacia delante en la cronología de la ficción, que dura trece meses y se inicia un 13 de junio, no se menciona el año. Se hacen referencias temporales del tipo: “dos semanas antes de la muerte de Cecilia Lisbon...”, “la señora Woodhouse, veinte años después del primer suicidio...” Lo crucial en la novela es el tiempo de las muertes.
El narrador, intradiegético, es una especie de portavoz de un grupo de compañeros que rodeaban (y admiraban) a las hermanas suicidas. Cuando la novela empieza, ya todo ha sucedido, cito la primera frase:

La mañana en que a la última hija de los Lisbon le tocó el turno de suicidarse...

Los jóvenes compañeros son testigos de la degradación paulatina de los miembros de la familia Lisbon y de su entorno espacial. El narrador procede a relatar los suicidios como si se tratara de un reporte de investigación: hay entrevistas a personajes, citas de diarios íntimos de las jóvenes, revisiones de los periódicos de la época, comentarios de todo orden. Inclusive, menciona con frecuencia que él y el grupo de adoradores de las Lisbon poseen una serie de objetos y documentos que les pertenecieron y que conservan aún veinte años después de los hechos. Un rasgo interesante de la narración es que no se aborda el tema (de por sí escabroso) desde una perspectiva psicológica, sociológica o moral, sino que trata de reconstruir cómo se dieron los acontecimientos, con una especie de frialdad y “objetividad” periodística. Aunque sí hay análisis e interpretaciones de los hechos, casi siempre se atribuyen a personajes “autorizados” para hacerlos, como un médico psiquiatra, la psicóloga y los profesores de la escuela, una periodista y algunos más; pero, por lo general, el narrador se limita a reproducir opiniones e intentar armar el rompecabezas del misterio de los suicidios de las chicas que aparentemente no tenían razones para quitarse la vida.
Si analizamos la frase que cité arriba, vemos que se habla de tiempo: “La mañana”; de orden: “a la última”; de persona: “hija de los Lisbon”; y finalmente de la acción: “le tocó el turno de suicidarse”. Pero, por la forma como lo expresa,  se sugiere que su muerte era algo relativamente natural, previsible, no se dice “le tocó el turno”, (en el original, it was her turn to commet suicide), sino en ese tipo de situación discursiva. El incipit, aunado al título del libro, nos abre claramente el ámbito ficcional en que la novela va a desarrollarse: en pasado, en un medio familiar y religioso, en un tiempo indefinido y con la autodestrucción como tema principal.
 La primera en hacer el viaje había sido Cecilia, la más pequeña de las cinco hermanas: tenía trece años. Se cortó las venas, como los estoicos, mientras tomaba un baño. La encontraron flotando en la tina en el agua caliente teñida de rojo pálido, con los ojos amarillos de los posesos y una apariencia apacible. Apretada entre las manos que apoyaba sobre su pecho, traía una estampa plastificada de la Virgen, al reverso de ésta se leía:

La Virgen María se ha aparecido en nuestra ciudad y ha traído su mensaje de paz a un mundo que se está desmoronando. Como en Lourdes y Fátima. Nuestra Señora ha premiado con su presencia a personas como tú. Para más información llamar al 555-MARY.

Es un detalle que alude a la práctica religiosa fanática y sugiere una posible influencia en las decisiones de las jóvenes suicidas, aunque nunca queda claro en la novela. El padre, al ver la estampa, la leyó tres veces y exclamó: “La bautizamos, la confirmamos y ahora cree en esa mierda”. Hay insistencia en relacionar la muerte de las Lisbon con una especie de “estigma” que las impulsa al suicidio, algo ajeno, fuera de su control, que les estuviera predestinado.
Sin embargo, a pesar del agua caliente que acelera la hemorragia, Cecilia sobrevivió a ese primer intento. Paul Baldino, personaje de una sola aparición, le salvó la vida llegando intempestivamente a la casa y dándose cuenta de lo que sucedía. Los paramédicos estuvieron a tiempo para salvarla. En el hospital, Cecilia se negó a llevar la bata de los enfermos, pidió que le llevaran el traje que ya no se quitaría nunca: un vestido de novia de los años veinte con lentejuelas en la parte del pecho, excesivamente grande para ella, y con el dobladillo recortado torpemente en zigzag por encima de las rodillas. Esa indumentaria provocaba desconcierto en los compañeros que calificaban a Cecilia como “la hermana rara de la familia”, quien mostraba una indescifrable desesperación.
Los padres, de una severidad extrema con las jóvenes, las mantenían casi completamente aisladas del mundo exterior “corrupto”. Exceptuando la escuela o la iglesia, las hermanas Lisbon no iban nunca a ninguna parte. Era bien sabido por los compañeros que los Lisbon no permitían que sus hijas salieran con chicos y que la señora en concreto desaprobaba los bailes y cualquier otra actividad que abriera la posibilidad de encuentro entre adolescentes, que consideraba pecaminoso. A pesar de eso, la pareja decidió hacer una reunión en casa para que los jóvenes compañeros pudieran visitar a las chicas. Días después de la salida del hospital de Cecilia, recibieron al narrador y al pequeño grupo de amigos y vecinos: éste fue un raro gesto de condescendencia y apertura. Los jóvenes por primera vez tuvieron acceso al cerrado y pulcro espacio íntimo de los Lisbon con el que únicamente habían fantaseado.
La narración no abunda en descripciones icónicas de los personajes, sólo se menciona por ejemplo, que las hermanas Lisbon son rubias o que el señor Lisbon es alto y delgado: aunque, de pronto, hay visiones más específicas e impresionantes. Cuando llega a la fiesta, el narrador así las percibe:

Bonnie tenía la piel cetrina y la nariz afilada de una monja. Tenía la mirada vidriosa y era un palmo y medio más alta que sus hermanas, sobre todo debido a la largura del cuello [...] Therese Lisbon tenía una cara más seria, las mejillas y los ojos de una vaca, y se acercó a saludarnos tímidamente. Mary Lisbon tenía el cabello más oscuro y sobre el labio superior lucía una especie de pelusilla [...] Lux era la única que encajaba con la imagen que nos hacíamos de las hermanas Lisbon. Irradiaba salud y maldad. Llevaba un vestido muy ceñido y, cuando se adelantó a darnos la mano, nos hizo secretamente cosquillas con un dedo en la palma al tiempo que emitía una extraña risa ronca. Cecilia, como siempre, llevaba el vestido de novia con el dobladillo recortado... (p. 29)

Cuando la fiesta comenzó a ponerse divertida y todos jugaban bajo la supervisión de la señora Lisbon, Cecilia, con voz “vieja y cansada” solicitó a su madre permiso para subir a su habitación. Ella se lo autorizó no sin recriminarle que despreciara el convivio. Cecilia se marcha pero no llega hasta el piso superior: hacia la mitad de la escalera se detiene frente a la ventana y se lanza por ella para caer exactamente encima de las puntas filosas de la verja de hierro que le atraviesan la cintura entre dos vértebras. Finalmente había conseguido dejar al mundo.
La defunción de Cecilia quedó oficialmente consignada en los registros eclesiásticos como “accidente” ya que, según el sacerdote Moody, no había pruebas de que se hubiera lanzado voluntariamente. Dice el sacerdote: “El suicidio, como todo pecado mortal, comporta una intención. Era muy difícil saber qué encerraba realmente el corazón de esa muchacha, qué pensaba hacer en realidad”. (p. 39)
La comunidad se resistía a aceptar el suicidio de la adolescente: era el primer caso que se presentaba en la historia del pueblo, ni siquiera los ancianos podían recordar otro.
La familia Lisbon continuó con su rutina: la escuela, la iglesia, la casa. El señor Lisbon era profesor en la misma institución donde estudiaban sus hijas. Aparentemente no hubo cambios en su actitud: seguía con sus lecciones, con su ritmo de vida, su forma de comunicarse con alumnos y directivos... Las chicas tampoco se veían diferentes, lo único que cambió fue que después de la muerte de su hermana menor, intentaron relacionarse más con sus compañeros. Sin embargo, a pesar de la voluntad de las cuatro hermanas por allegarse la amistad de los personajes (manifestada sólo entre ellas, ya que en realidad no hacen nada por hacérselo saber a los demás), lo que sucede es exactamente lo contrario:

Las hermanas Lisbon caían poco a poco en el ostracismo. Como formaban un grupo, las demás muchachas encontraban difícil hablar o salir con ellas, y muchas daban por sentado que querían estar solas. (p. 98)

El suicidio de Cecilia se había convertido en tabú: todos evitaban hablar de eso. La calma aparente de la familia se convierte en el signo que la comunidad interpreta como carencia de sentimientos: se les acusa de insensibilidad y dureza, es algo similar a lo que sucede con Marcel S., el personaje de El extranjero, de Albert Camus quien, por no haber llorado la muerte de su madre, es de algún modo condenado a muerte por la sociedad.
El señor Lisbon es despedido, las muchachas ya no van a la escuela, la señora Lisbon deja de hacer sus tareas domésticas: se inicia la degradación física del espacio que habitan y se cierran completamente al exterior. La casa se convierte poco a poco en un gran ataúd oscuro y fétido. Veinte años después los vecinos recordaban aún aquel olor que ésta despedía:

Porque aunque la casa comenzaba a caerse en pedazos y vomitaba las vaharadas a madera podrida y alfombras húmedas, aquel otro olor ya comenzaba a salir de la vivienda de los Lisbon... Era un olor tan denso que parecía líquido y si te introducías en él era como si te salpicase.
Era en parte olor a mal aliento, a queso, a leche, a esa capa blanquecina que a veces cubre la lengua, pero era también similar al olor a chamusquina que se desprende de los dientes cuando los taladran. (p. 155)

La contundencia de este párrafo es total, no ha duda de la casa estaba en proceso de putrefacción. Pero no sólo el espacio físico se degrada: los personajes también sufren una transformación.
La narración insiste, por medio de reiteraciones y el empleo de signos negativos referidos al ambiente de tensión en el mundo cerrado de los Lisbon, en que las hermanas están predestinadas al suicidio. Se habla también de que las cinco formaban un solo ente y que una parte de ese ser (Cecilia), se había desprendido, y el resto tendría que reunírsele en un plazo corto. En el diario de Cecilia recuperado por el narrador, se menciona que ésta hablaba de ella y de sus hermanas como de una persona única, se sugiere la imagen de un ser mítico de diez piernas y cinco cabezas: el suicidio de la primera entrañaba el autosacrificio de las cinco.
Otra de las teorías que propone la novela sobre el misterio de las muertes es que la decisión de Cecilia hubiera sido provocada por una especie de virus maligno contraído en extrañas condiciones y propagado después entre las hermanas (una enfermedad que atacaba sólo a las adolescentes, no a los adultos de la familia). Narrativamente lo expresa usando la técnica del cómic:

 Por debajo de sus puertas habían reptado negros zarcillos de humo, elevándose por detrás de sus afanosas espaldas para adoptar las formas malignas que adquiere el humo o la sombra: un asesino con un sombrero negro empuñando una daga, un yunque a punto de desplomarse. El suicidio contagioso lo materializó. En la mucosa de la garganta de las chicas se alojaban erizadas bacterias. (p. 148)

Ciertamente es una forma poco convencional de tratar un asunto trágico como el suicidio. Sin embargo, acudir a ese tipo de imágenes que contrastan con la gravedad del tema, no le resta credibilidad narrativa al texto, por el contrario, refuerza en el lector la curiosidad por saber cómo se resuelve la compleja red de suposiciones y teorías sobre la muerte de las chicas.
Por la naturaleza de la novela, los personajes objeto de la investigación casi no toman la palabra. Los pocos diálogos que se intercalan son por lo tanto muy significativos. Lux Lisbon es a quien más se escucha. El discurso que se le atribuye gira en torno a la vida, al amor, al gusto por la música y lo festivo. Es la única que se refiere directamente a su hermana muerta:

-Cecilia era rara, nosotras no. Guardó silencio un instante y luego añadió-: lo que queremos es vivir... si nos dejan. (p. 125)

Lux encuentra su forma de escapar al aislamiento impuesto por su madre: practica la promiscuidad sexual como sucedáneo de la libertad. Cada noche, reporta el narrador, se le veía en el tejado de la casa haciendo el amor, sin importar el tiempo que hiciera o cuál sería el sujeto que aceptaría correr el riesgo de ser sorprendido en el trance:

Tuvimos informes de sus aventuras eróticas a través de las fuentes más insospechadas, como muchachos de clase obrera con extraños cortes de pelo que habían estado con Lux en el tejado de su casa... Si ya era una locura hacer el amor en el techado en cualquier época del año, hacerlo en invierno indicaba enajenación, desesperación, autodestrucción muy por encima del placer que pueda conseguirse. (p. 141)

Misteriosamente -todo en la novela tiende al misterio- Lux nunca es sorprendida por sus padres. Pero eso no es lo sustancial, lo importante de ese detalle en la trama de la novela, es que esta “Lolita” simboliza la belleza surgida en la putrefacción, el amor entregado profusamente a cambio de lograr sostenerse de pie en un hilo tendido por encima del abismo. Lux es el personaje mejor delineado y más sustancial de la novela porque representa y conlleva en sí misma, de algún modo, al resto de las hermanas y todo el espectro de sentimientos encontrados y contradictorios con respecto a la vida y la muerte. La narración da signos de que Lux podría salvarse de la muerte (hay, inclusive, preparativos para fugarse de casa); sin embargo, no es así, todo confabula para conducirla al suicidio. Es por ello que insisto en clasificar a esta novela como escenificación de la anomia, aunque en este caso no es tanto la “sociedad” en el sentido amplio que abarca el término, sino una disfunción familiar causada por el rigor inflexible de un modelo de vida “decente” y religiosa en el cual el amor y la libertad no tienen sitio. Las reglas que pretenden ordenar una vida “buena” se rebasan a sí mismas y son llevadas al absurdo, a la negación de la vida.
La situación representada en Las vírgenes suicidas, en que los personajes adolescentes se entregan naturalmente al suicidio, recuerda un poco a la fabulación de la novela del escritor de expresión alemana Thomas Bernhard (1931-1989), El Origen, donde el narrador habla también de adolescentes que se saben destinados al suicidio y van cediendo la vida sin dramatismo. Sin embargo, hay una diferencia sustancial: aunque en El Origen se trata también de anomia, las causas son determinadas por una situación de conflicto que rebasa a la sociedad misma: la Segunda Guerra Mundial y la expansión del nacional-socialismo en una ciudad cuya superficie es un canon de belleza, pero detrás de la cual se esconde lo nefasto. Cito un fragmento:

Salzburgo es una fachada pérfida sobre la que el mundo pinta sin interrupción su mistificación y detrás de la cual el espíritu (o el individuo) creador debe necesariamente marchitarse, desvanecerse y morir a fuego lento. Mi ciudad natal es en realidad una enfermedad mortal bajo el yugo de la cual caen sus habitantes en el momento de nacer o hacia la cual son arrastrados. Si en el instante decisivo no se van, tarde o temprano se suicidarán directa o indirectamente, totalmente de improviso, bajo el efecto de todas esas condiciones espantosas, o bien naufragarán directa o indirectamente lentamente y miserablemente en esa tierra mortal, arquiepiscopal por su arquitectura, embrutecida por el nacional-socialismo y el catolicismo y en el fondo integralmente enemiga de los hombres. Esta ciudad es la superficie de un bello cementerio pero bajo la superficie hay un cementerio efectivamente terrible para la imaginación y los deseos.

El narrador de El origen, describe cómo decenas de adolescentes recluidos junto con él en una especie de academia militarizada se lanzan por las ventanas y caen en la que desde ese tiempo se llamó la “calle de los suicidas”: no hay drama, todo sucede ante la indiferencia de los habitantes de Salzburgo como si fuera el otoño de los tiempos y en lugar de hojas cayeran de los árboles niños marchitados.
Sin duda, son formas muy distintas de tratar el tema del suicidio: en Las vírgenes no hay introspección ni intimismo (ni siquiera reflexión), es una novela-reportaje sin pretensiones poéticas; mientras que en El Origen encontramos una narración complicada, reflexiva y filosófica, cuya calidad literaria invita a mayor atención que la que ha tenido en estas páginas.
Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides, es una novela que ficcionaliza uno de los problemas más fuertes de la sociedad moderna: la muerte inexplicable de sus jóvenes, como una renuncia razonada a aceptar el mundo como es, como no debería de ser.


Datos tomados del artículo “Teenager’s suicide”, sin firma, editorial de la revista Time, marzo de 1998.

Jeffrey Eugenides nació en Detroit, en 1960. The Virgins Suicides, se publicó en 1993 en la editorial Farrar, Strauss, Giroux, de Nueva York. Al año siguiente, Roser Berdagué la tradujo al español, se editó en Barcelona, editorial Anagrama, col. Panorama de narrativas. Los fragmentos citados en el texto consignan únicamente el número de página y se refieren siempre a esta edición.

Datos extraídos de INEGI cuadernillo7 Estadísticas de Intentos de Suicidio y Suicidios edición 2001.

Durkheim, E., Le suicide, París, Flammarion, 1897, p. 174.

Sucede algo semejante al mundo familiar riguroso de la novela El castillo de la pureza, de José Emilio Pacheco, que está basada en un hecho real. Aunque, por supuesto, las diferencias son sustanciales: en el caso de Las vírgenes, quien impone la mayor severidad es la madre (personaje que representa la dureza e inflexibilidad de las reglas absurdas, sin fundamento), ella impide que sus hijas vivan libremente su condición femenina, prohibiéndoles, por ejemplo, el maquillaje, los ornamentos en la ropa, los perfumes... Tampoco permite que oigan la música “monstruosa” de moda, o lean libros que no hablen de vidas ejemplares de rectitud. Todo el discurso que maneja la señora Lisbon es negativo, represivo y amenazante. Habla del exterior y de los otros empleando siempre términos que indican repulsión.

Bernhard, T., DieUursache – eine Andeutung, Verlag, Salzburg, 1975, traducción al francés de Albert Kohn, París, Gallimard, Folio, 1981. (El fragmento que se cita en español lo traduje de la versión francesa, p. 15).

 

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