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Nombrar al exilio republicano

Ira Pdf

 

Luis Medina
Departamento de Estudios Literarios
Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades
Universidad de Guadalajara

Mis plantas, estas plantas de impreciso
paso sin huellas, errantes por el suelo...
ayer anduve firme, y hoy no suelo
sentirme las pisadas cuando piso.

Juan José Domenchina

 

 

La guerra civil española abriría las puertas al primer exilio moderno. El término “exilio” convoca a diferentes interpretaciones y actitudes: la formación de todo un diccionario con las palabras transterrado, refugiado, aterrado, desterrado, y la búsqueda de un verdadero concepto de tierra y patria. Para León Felipe en “El hombre peregrino”, España es como un arca que navega por el cielo, la tierra, el mar, y que el español ya aprendió su destino de andar.
            El exiliado es como el andrógino: un ser escindido que busca desesperadamente esa parte que le falta, esa tierra arrebatada. En él yace una terrible agonía, un calvario de nostalgia abrumadora y amarga. La angustia de no pertenecer a ninguna parte, la diaria privación del lugar, ese pasado lugar que se vuelve memoria viva, añoranza recalcitrante que hiere en todas las partes hasta tener conciencia real de la ruptura. La tierra que da asilo no hace sino traer el origen de la tierra fantasma, y se está y no se está, girando en el desconsuelo existencial. El exiliado es víctima del tiempo depredador. “Lo reduce el ‘ahora’, lo priva del ‘ayer’ y le inculca dudas tremendas sobre el ‘mañana’”, como dice Salvador Reyes Nevares.
            Después de la guerra existe la injusticia de la derrota, luego la ira, el recuerdo de la humillación. En la introducción a la antología Veinte años de poesía española, José Ma. Castellet menciona dos posturas de los exiliados:

 

            Una de tranquila y seria meditación sobre la magnitud del desastre que acababa de suceder, y otra de exaltación y violenta protesta, de imposible resignación, que llegaba hasta a negar la vida a la patria que acababan de dejar y a los españoles que quedaban en el país.
           
            El padecimiento de la distancia, del origen natural, las costumbres, colores, edificios, gentes, amores, familia, amigos y los olores que “son casi una imagen de los placeres humanos”, dirá Giacomo Leopardi. El desterrado exagera la tierra dejada, todo se perfecciona en el pasado: “las calles sucias resplandecen; la fruta pequeña se agranda; las flores huelen mejor; las voces duras se suavizan, y hasta las piedras pierden sus aristas”. La evocación abriga tonalidades paradisíacas y obsesivas, pero también temor, tal vez la tierra dejada ya no será la misma cuando algún día se regrese. Allí se acabará la nostalgia.
            Llegar a una tierra extraña es como una caída que duele permanentemente. Una herida con sentimientos encontrados de incertidumbre y esperanza. Los que dan asilo ofrecerán un país con un idioma similar y una cultura parecida, el nuevo lugar no será tan ajeno; para otros, residir en países de habla inglesa o francesa -otro idioma, otra cultura- muchas de las veces se volverá un muro infranqueable. Poli Délano en La misma esquina del mundo dice: “Pierdes el centro, sabes, has dejado de tener un lugar donde afirmarte”. Sin embargo, los mayores perdedores son los vascos y los catalanes; con una lengua y cultura propia, al margen del español común, su adaptación será más dura en cualquier lugar del mundo. El poeta catalán Agustí Bartra, después de quince o veinte años de exilio, se planteó realmente el problema de comunicación con el público mexicano: “Las dos pequeñas editoriales que editaban libros en catalán se habían hundido, el público de los refugiados, que habían muerto o habían regresado a Cataluña, había disminuido”. Esto obligó a Bartra a terminar el poema de Quetzalcóatl, que había empezado a escribir en catalán, en castellano. En México los catalanes publicaron diversas revistas en catalán, crearon editoriales importantes y organizaron juegos florales. Existió el deseo enorme de comunicarse en su lengua a un público que no existía, pero la realidad histórica y las circunstancias los hicieron volver de una manera dolorosa a su calidad de desterrados, a la desastrosa ansiedad del prisionero, porque “el exilio sigue siendo una prisión, aunque tenga puertas y ventanas, y calles y caminos”.  
            Ante la adversidad, los exiliados retomaron la herencia de las vanguardias: el humor defensivo. Max Aub, en su narración La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco describe cómo el mesero de un café mexicano decide atentar contra la vida del generalísimo, para que los refugiados españoles vuelvan a casa y dejen de hacer bullicio en su lugar de trabajo. Muchos asilados se quejaron de la animadversión -de por sí ya histórica por las heridas de la conquista y la guerra de Independencia- de la sociedad mexicana. Para muchos de ellos fue difícil adaptarse productivamente a la sociedad que les brindó residencia; el trabajo fue extenuante para sobrevivir. Bien dice el filósofo Sánchez Vázquez: “lo decisivo -como he dicho en otro lugar- ‘no es estar -acá o allá-, sino cómo se está’”.
            La literatura fue el gran universo donde los exiliados retomaron el sentido de diálogo consigo mismos: “es el puente que sirve para comunicar un tiempo con otro, para hablar con los muertos, para ajustar cuentas con la vida”, nos dirá Myriam Moscona. En la poesía la libertad y la trascendencia son más universales: “La mayoría de los hombres nacen y viven con la boca cosida. El poeta es el hombre que tiene la boca libre”, según Agustí Bartra. Para Tomás Segovia, el poeta desterrado transita con la palabra hacia el abismo “siempre diciendo más de lo que las palabras dicen”.   En cambio, para Walter Muschg el exilio es sufrimiento espiritual: “El destierro sólo se vuelve realmente poético cuando el expatriado comprende y acepta su situación como un decreto del destino. Es entonces cuando la pérdida de su patria redunda en provecho espiritual.” El mismo Bartra en su poema Odiseo, se refugia en la figura mitológica de Ulises para comprender la angustia del hombre moderno y antiguo ante la distancia y el reencuentro. Ulises retorna a Ítaca y Agustí Bartra a Cataluña donde finalmente moriría. Angelina Muñiz-Huberman, autora de La guerra de unicornio, novela de aventuras y de caballería, traslada elementos de la guerra civil y el destierro a su obra, habla de un exilio mantenido por recursos poéticos ya que “el poder de la memoria ayuda a fijar la imagen y la ficción.” Para esta hija de refugiados españoles “lo que pudo ser tragedia, se convirtió [...] en el poder de observación del mundo.” Por otra parte, José Ángel Valente que vivió el exilio en Londres, Ginebra y París, ve en la literatura el carácter heroico del hombre moderno: “En esta época dura, donde se nos anuncia el fin de la historia, yo quise recuperar la capacidad del hombre de atravesar adversidades y esa ansia de aventura que lo mueve.” Y que además de héroe, el poeta se convierte en depositario de la memoria de los pueblos:

 

            Los muertos no pueden recordarnos, nosotros sí, a ellos. De ahí que, entre cuantos tuvimos -a veces con muy grandes diferencias cronológicas- alguna forma de vinculación biográfica con ese acontecimiento lacerante de la vida española [la guerra civil y el exilio], la poesía haya funcionado como depositaria de la memoria colectiva.

            Con el lenguaje se idealiza a la tierra abandonada, se reflexiona acerca de la patria. Términos ambiguos para José Moreno Villa, quien considera a la tierra como una repetición hueca y rutinaria, sin el verdadero sentido que tuvo en la antigüedad y válido sólo para campesinos o propietarios de fincas, pero no para intelectuales o gente de la ciudad. Moreno Villa, reconocido por su trabajo plástico y crítico, difiere de la concepción generalizada del exilio; su visión es más optimista y esperanzada. Es partidario de una real integración del exiliado en el lugar de asilo, y más si uno encuentra ahí la lengua natal. De igual manera la patria es para él un estado de poder, un poder mutable. La patria entonces será la lengua: “Y esto es lo más grande y trascendental que México y toda América Hispánica nos brindan. Por esto precisamente nos sentimos aquí los españoles en nuestra patria. Por el habla.”
            Adolfo Sánchez Vázquez, otro intelectual de gran trayectoria en el área del pensamiento, rehuye del término transterrado, porque el exiliado se encontrará con una tierra no prometida y a la que se integrará con el tiempo sin perder la raíz de la otra. Prefiere el término “aterrado” (sin tierra), o simplemente “desterrado”:

 

            El exiliado se ha quedado sin tierra; sin su propia tierra, porque se vio forzado a abandonarla. Es sencillamente un desterrado. Y lo es porque su exilio no es un trans-tierro o el trasplante de una tierra a otra, que vendría a ser simplemente la prolongación o el rescate de la que ha perdido. No es, por tanto, un trans-terrado.

 

            Muchos españoles vivieron el destierro político, pero de manera interna. Creando todo un mito, un universo aparte. Su apartamiento fue intelectual, más no físico como los demás. Esto no quiere decir que su aislamiento no haya sido menos doloroso: vivían en carne propia el sometimiento fascista del que era víctima su tierra, su gente, su patria. Así lo demuestran en  parte importante de su obra: Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, Gabriel Celaya y aquéllos de generaciones más presentes como Caballero Bonald, Ángel González, Eugenio de Nora, Blas de Otero, José Hierro, José Ángel Valente, que no se les puede olvidar cuando se habla de tierra, éxodo, sufrimiento y adaptación, y que también nos trae a la memoria esa generación nueva de intelectuales, hijos de exiliados, de difícil identidad y doble fragmentación, como José de la Colina, Edmundo Domínguez, Angelina Muñiz, Nuria Parés, Federico Patán, Roberto Ruiz, César Rodríguez Chicharro, Arturo Souto Alabarce, Maruxa Vilalta, entre otros, y cuya formación cultural está integrada a la periferia de dos mundos: el de sus padres refugiados y el de la tierra de asilo.
            A esto hay que agregar que el sentido de esperanza y de fe en una nueva vida no se bifurca para todos los exiliados; México fue la patria última en que se abonaron las raíces de muchos de ellos, y  Nuria Parés lo dice así: “Cuando llegué a México, busqué como tantos de nosotros lo que había de español aquí, una acidez y tardé en reconocer que lo que había de español aquí no era español, era mexicano y que así por lo mexicano había que quererlo.” Y muchos enterraron su exilio en México, se adaptaron a la realidad, o el destierro se convirtió en su patria, en el verdadero lugar en que crearon y maduraron su obra, donde crecieron las esperanzas, los logros, los hijos, los nietos, la integración y sobre todo las heridas restañadas que alguna vez se comunicarán con las heridas de España. Rafael Alberti, el poeta de Marinero en tierra, así se lo haría saber al rey Juan Carlos de España en 1983:

 

            Señor: cuando un poeta español llega como exiliado a aquella América en la que aún con toda su variedad y riqueza de modulaciones, se habla la castilla, aquellas dolorosas raíces que llevaba fuera, rotas, expuestas a los vientos, al cabo de los años se vivifican, renacen, crecen, se llenan de hojas, de brotes nuevos, guías largas, inmensas, que por encima del mar vuelan a ciegas a encontrarse con aquellas otras desgajadas, partidas, que allá lejos quedaron.

     Reyes Nevares, “México en 1939”, El exilio español en México (1939-1982), México, Fondo de Cultura Económica/Salvat Editores, 1982,  p. 75.

     Esa postura de negación a la que se refiere Castellet se puede apreciar en el “Díptico español” de Luis Cernuda, donde el poeta sevillano reniega de haber nacido español y abomina agriamente de ciertas tradiciones españolas, como las corridas de toros. (José María, Castellet, Veinte años de poesía española. Antología. 1939-1959, Barcelona, Seix Barral, col. Biblioteca Breve, 1970, p. 65).

     Citado por Eligio Díaz Garaygordóbil, “Leopardi y la experiencia poética”, La Jornada Semanal. México, Nueva época, No. 161, 12 de julio de 1992, p. 30. 

      Adolfo Sánchez Vázquez, Del exilio en México. Recuerdos y reflexiones, México, Grijalbo, 1990, p. 35.

     Citado por Sánchez Vázquez, Idem.

     Agustí Bartra, “Entrevista con Agustí Bartra”, Entrevistado por J. Carreras, Et al., La Jornada Semanal, México, Nueva época, No. 161, 12 de julio de 1992, p. 21.

     Albert Manent enumera 52 publicaciones periódicas en México y que por lo menos quince publicaban literatura. Editaron revistas destinadas a difundir la idiosincrasia catalana en el resto de América de habla hispana como Vida Catalana y La Nación Catalana cuyo director era Josep María Murià. La producción literaria en catalán tuvo un gran aliciente con los Juegos Florales de la Lengua Catalana, con sede en la ciudad de México en 1942, 1957 y 1973, y en Guadalajara en 1969. También dejaron constancia empresarial como editores: Fidel Miró con la empresa Editores Mexicanos Unidos, Joan Grijalbo con la prestigiada editorial que lleva su mismo nombre y los Espresate con las Ediciones Era.

     Sánchez Vázquez, op. cit., p. 34.

     Sánchez Vázquez, op. cit., p. 75.

     Myriam Moscona, “La paradoja de promesas y exilios”, La Jornada Semanal, México, Nueva época, No. 153, 17 de mayo de 1992, p. 42.

     Agustí Bartra, “El oficio de hombre. Entrevista con Agustí Bartra”, entrevistado por J. Carreras, Et al.,  La Jornada Semanal, México, Nueva época, No. 153, 17 de mayo de 1992, p. 22.

     Tomás Segovia, “Ramón Gaya, poeta”, Poesía y exilio. Los poetas del exilio español en México, edición a cargo de Rose Corral Jorda, Arturo Souto Alabarce y James Valender, México, El Colegio de México, Centro de Estudios Lingüísticos, Fondo Eulalio Ferrer, 1994.

     Walter Muschg, Historia trágica de la literatura, México, Fondo de Cultura Económica, 1977, p. 488.

     Angelina Muñiz-Huberman, “La puerta del exilio”, La Jonada Semanal, México, Nueva época, núm. 211, 27 de junio de 1993, p. 21.

     Ibid., p. 20

     José Ángel Valente, “La vuelta a Hispanoamérica, entrevista con José Ángel Valente”, entrevistado por Ana Inés Larre Borges, La Jornada Semanal, México, Nueva época, núm. 208, 6 de junio de 1993.

      Valente, “Poesía y exilio”, Poesía y exilio. Los poetas del exilio español en México, edic. cit., p. 17.

     José Moreno Villa, “De la tierra y de la patria”, Iconografía, México, Fondo de Cultura Económica/Tezontle, 1988, p. 22.

     Sánchez Vázquez, op. cit., p. 84.

     Nuria Parés, “Vida y poesía”, Poesía y exilio. Los poetas del exilio español en México, edic. cit., p. 387.

      Rafael Alberti, Premio Miguel de Cervantes 1983, Barcelona, Anthropos Editorial del Hombre, Ministerio de Cultura, 1989, p. 67.

 

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