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  INVESTIGACIÓN
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Raúl Aceves,
coleccionista de interjecciones y onomatopeyas

 

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Blanca Estela Ruiz
Departamento de Estudios Literarios
Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades
Universidad de Guadalajara

 

 

 

Así como el viajero gusta retener un objeto o una imagen de los lugares que visita con el fin de evocar ese lugar querido y, con el poder infinito de la memoria, vuelva a poner un pie ahí, así también a lo largo del itinerario de nuestra vida sucumbimos a la tentación de ir recogiendo y acumulando cosas que llaman nuestra atención y que nos remontan a espacios mágicos e infinitos, desde artículos comunes: monedas, timbres, llaveros, figuras…, hasta lo menos convencional: como pedazos censurados de cintas cinematográficas que recogían los besos de los personajes, preciada colección del pequeño Salvatore, o «Toto» como le llamaban cariñosamente sus amigos, personaje de Cinema Paradiso (1990), película de Giuseppe Tornatore; o las infinitas y mágicas configuraciones sobre la luna que reunió Dulce Ma. Zúñiga en una fabulosa colección que la llevó a escribir el ensayo La culpa es de la luna (Plenilunio, 1995); coleccionar apodos, condujo a Hariet Quint a reflexionar sobre él y escribir una tesis de maestría que publicó la Universidad de Guadalajara en junio de 2007 en un volumen titulado Un acercamiento pragmático al apodo burlesco; Raúl Aceves, quien también gusta de la filatelia, amante de las palabras y de sus usos lúdicos, nos sorprende gratamente con una colección de expresiones mexicanas que reúne bajo el título de Diccionario de interjecciones y onomatopeyas del español hablado en México (Amaroma, 2007)

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            Sabedor de que el mejor medio para conocer a un pueblo es atender su manera de hablar, Raúl da cuenta de esas expresiones de los mexicanos que aluden a sus reacciones, sus estados de ánimo, su temperamento y carácter, así como a sus comentarios y juicios, y reúne también esas otras voces que imitan, o tratan de imitar, el sonido producido por algo. Interjecciones y onomatopeyas que, aunque no son la misma cosa (porque si bien muchas onomatopeyas son interjecciones, no todas las interjecciones son onomatopeyas), esa delgada línea que las distingue se hace cada vez más difusa.


            Por ser unidades lingüísticas autónomas, tanto las interjecciones como las onomatopeyas pueden lexicalizarse y expresar con espontaneidad y naturalidad las sensaciones y sentimientos de un locutor quien les otorga un verdadero valor semántico mediante la gestualidad y la entonación, y logra establecer con ellas una total comunicación con otro hablante.


            Nacidas de la oralidad, del lenguaje corporal o paralenguaje, las interjecciones y onomatopeyas han ganado terreno en el campo de la escritura, principalmente en las tiras cómicas que han desarrollado un extensísimo código para recrear el universo acústico de las historias que narran; poco a poco, se han ido generalizando también en la prosa de ficción como un recurso enfático de situaciones y expresividad de los personajes. Cuando estas obras son traducidas a otras lenguas y el traductor se enfrenta con estos fenómenos lingüísticos es cuando uno se da cuenta de que los lexicógrafos se han ocupado muy poco de este campo y que son casi inexistentes los diccionarios que los explican.


            Aunque hay interjecciones más o menos convencionales como las que se forman por un grito ¡ah!, un sustantivo ¡hombre!, un adjetivo ¡genial), un verbo ¡vamos!, un adverbio ¡fuera!, locuciones nominales, adverbiales o verbales ¡faltaba más!…, u onomatopeyas más o menos generalizadas, como el común sonido de una explosión ¡bum! o ¡boom! o el ¡zas! o ¡pum!, que remiten al ruido de un golpe, con algunas variantes ortográficas que permita que el ¡achís! se vuelva ¡achúú!, o el ¡chitón! o ¡chito!, ¡chist! o ¡shss!, cada lengua posee sus propias interjecciones y onomatopeyas que al incorporarse al sistema fonológico difieren de una lengua a otra. Aún más: nos enfrentamos a un gran número de posibilidades de una misma situación, distintas ortografías y el pequeño matiz que lo cambia todo. De esta manera, la niña protagonista de la novela de Sandra Cisneros, Caramelo (2002), cuando pasa de México a Estados Unidos advierte: «Tan pronto como cruzamos el puente todo cambia a otro idioma. Toc, dice el apagador de luz en este país, en casa dice clinck. Honk, dicen los carros en casa, aquí dicen tan-tan-tan


            Podemos decir si bien existe una «lengua universal» del sonido como se explica en la novela de Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios (1998): «¡Plas! Caía un gato malo sobre el otro y lo aplastaba: lo dejaba como una hojita finita de papel que entra suave por el rodillo de esta máquina. Sin saber ni inglés ni francés ni japonés ni nada sólo comprende el lenguaje universal del golpe», llama poderosamente la atención esa arbitrariedad con el que un sonido cambia su fonética de una lengua a otra: un alemán, por ejemplo jamás escribiría la onomatopeya de la risa con un ja-ja-já, porque no estaría riendo sino afirmando sí-sí-sí. Cuando alguien que ha recibido un golpe grita ¡ay!, sabemos que ese alguien habla español porque un inglés gritaría ¡auch! y un alemán, ¡aua! (un hispanohablante que escucha a alguien gritar ¡agua!, pensará que se trata no de un adolorido sino de un sediento). En Irlanda los relojes hacen ¡tic-toc!, y no ¡tic-tac!; llamar a una puerta es ¡knock-knock!, y no ¡toc-toc!


Pero las onomatopeyas más sorprendentes y el repertorio más rico en todos los idiomas, son las que imitan las voces de los animales (nada extraño si recordamos que se trata de una manera primitiva de representar verbalmente el entorno). El ejemplo más conocido es el famoso canto del gallo que pasa del cocoricó francés al quiquiriquí español o italiano (escrito chicchirichi), al kikeriki alemán, al cock-a-doodle-do inglés, o al kokekokko japonés. Los perros hacen ¡ruf-ruf! en Irlanda, ¡wau-wau!  o ¡wuff-wuff! en alemán y no ¡guau-guau! como hacen en cualquier lugar de habla hispana. Las vacas no hacen ¡muuu!, sino ¡mooo!, en Japón o ¡mmmaaaooo! en  Noruega. Las ranas en Alemania no croan con el conocido ¡croac!, sino que hacen «quark» (pronunciado «cuaarc» con la «a» larga) y en Inglaterra, ¡ribbit, ribbit!; en Puerto Rico hacen ¡coquí-coquí! El maullido de los gatos en inglés no es ¡miau! sino, ¡meow! y los pájaros no hacen ¡pío-pío!, sino ¡tweet, tweet! Y así podemos seguir sumando infinidad de ejemplos.  Yo me pregunto, si un animal lleva toda la vida cacaraqueando, ladrando, mugiendo, croando, maullando o piando de la misma manera, y se lo llevan a un país de habla distinta ¿empezará a hacer ruidos diferentes por aquello de que «a la tierra a la que fueres haz lo que vieres»?


            Las interjecciones y las onomatopeyas como fenómenos culturales, dan cuenta pues de la idiosincrasia del pueblo que las genera. Raúl Aceves, con una infinita paciencia y amor (no hay otro modo de hacer un trabajo como éste) y un oído adiestrado, ha ido acumulando estas palabras que muchas veces no tienen destino en los diccionarios y que además, da cuenta de la mexicanidad y de lo mexicano: ¡ayayay!, ¡órale!, ¡inguezú...!, ¡juímonos!, ¡pácatelas!, ¡vóitelas!, ¡zácatelas!, ¡úchale!, ¡adió!, ¡buígale!, ¡chin!, ¡ora, pues!, ¡ah, jijos!, ¡épale!...


            Gracias a ese espíritu coleccionista (o «tilichento» como decían nuestras madres como un cariñoso reproche cuando éramos niños a medida que el cúmulo de nuestras curiosidades amenazaba con sacarnos de nuestra habitación), es que podemos disfrutar de obras como ésta que ha escrito Raúl, que nos descubren otros espacios y otras maneras de ver el mundo.


Enhorabuena, pues, la llegada de este Diccionario de Interjecciones y onomatopeyas del español hablado en México que nos permite adentrarnos en el rico universo cultural del habla mexicana y descubrir hasta qué punto un recurso expresivo como las interjecciones y las onomatopeyas en nuestra lengua adquiere un infinito valor semántico y una especialización gráfica.