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LOS CELOS EN JAMES JOYCE

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MITJA ČANDER

 

A primera vista Joyce puede parecer un icono repugnante de la literatura moderna. La comunidad académica se ha servido tanto de su vida como de su obra para hacer un polígono privilegiado de aquel retoño de sabiduría que la gente banal suele llamar pedantería o presunción. De ahí que su herencia se halle envuelta en gruesos volúmenes de papel que muchas veces se asocian tan solo con sus comas y puntuación. Su obra, por lo tanto, a uno le infunde miedo y respeto a la vez, un pavor casi sagrado. En este país cada piedra está marcada y situada en los mapas de todo tipo de agrimensores que procuran mostrar la coincidencia exclusiva de sus suposiciones con la realidad textual de la obra. Pero tal transparencia de un paisaje tan difícil puede tener incluso efectos interesantes. De este modo la mirada, asustada de las zonas vigentemente controladas, muchas veces se dirige hacia lo oscuro que, de otro modo, se quedaría en la sombra profunda del desconocimiento. Como ejemplo de esto podrían valer las cartas de Joyce a Nora Barnacle, la mujer con la que el joven de veintidós años por primera vez se encontró el 16 de junio de 1904 en Dublín, y que fue su compañera a lo largo de toda su vida. Las cartas, la mayoría de las cuales se remontan a su época juvenil de Trieste, narran una historia en extremo íntima de un intelectual joven en busca de la propia expresión artística y también, cómo no, de su público. ¿Qué había empezado en aquel 16 de junio de 1904, en el gran Bloomsday, en el día mitológico que posteriormente originó la gigantesca investigación novelesca, el famoso Ulises

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Su primer encuentro fue totalmente fruto del azar. Joyce vio a Nora por primera vez el 10 de junio de 1904 en el Nassau Street de Dublín y se puso a hablar con ella en seguida. Su apariencia era lo suficientemente rara como para que la chica, que acababa de empezar a trabajar como camarera de habitación de un hotel, lo confundiese con un marinero sueco. Y este la convenció para quedar el 14 de  junio y fue en esta fecha archiconocida cuando de verdad se encontraron. La parte introductoria de la correspondencia, que por su extensión parece bastante modesta, resulta por otro lado muy trascendental, ya que abarca precisamente la fase del inicio de su duradero amor. Joyce se sirve del medio de la carta para presentarse a sí mismo. Su experiencia es un resultado de su insatisfacción inquieta. Como si constantemente se viera perseguido por el rechazo hacia aquella sociedad anquilosada, empapada de un espíritu burgués mezquino y dogmas cristianos, una sociedad rígida y estancada en la repetición continua de inflexibles paradigmas tanto mentales como de actitud. Los fracasados intentos de estudiar medicina, derecho y música, el fin mísero de sus ambiciones de hacerse actor, las ruinas familiares, etc., suponen para él la confirmación de su propia incompatibilidad con el mundo que le rodea. No puedo entrar en el régimen social sino como un vagabundo, le escribe a Nora, pensando quizás que la provinciana simple, educada en la mojigatería católica, no podría convivir con su carácter inquieto, el hombre que está dudando constantemente de todo lo que existe, y que está continuamente centrado en sí mismo y en sus ambiciones artísticas. Pero demasiado pesimismo y autocompasión no prometen nada bueno; a modo de invitación para su amada, Joyce proclama su lema de guerra: Los problemas reales que tengo en la vida son increíbles, pero yo los desprecio. Nora acepta el desafío sin hacer cálculos, sin reservarse la posibilidad de echarse atrás. En la segunda mitad del 1904 Joyce de repente decide: ya no evidenciará su vagabundez de modo resignado, con un gesto radical va a reconocerlo como su modo de vivir. La despedida de la Irlanda natal, la marcha al continente, al Trieste lejano, allá en el fin del mundo. La única compañera en la aventura: Nora. 
Como si precisamente ella, aunque fuese después de apenas tres meses de conocimiento, le hubiera dado el empuje definitivo para esta tremenda decisión, para la salida, para el exilio de toda la vida, para la realización de aquel destino que sería entendido como la única expresión auténtica de su ser. Nora era el único oasis de la paz y de la seguridad dentro de este mundo resbaladizo. Entre ellos se va tejiendo una profunda complicidad espiritual, la decisión consciente de, juntos, navegar por océanos encrespados. Para un Joyce siempre distante, esta cercanía y ayuda mental significan un milagro sin par, casi un exceso incomprensible que la vida, esta vez, había añadido a su favor. La relación con Nora por ello está libre de las limitaciones profanas; se basa en la fuerza omnipresente del parentesco espiritual, inquebrantable y eterno. También por eso, la figura de Nora en estas cartas del principio, es en extremo espiritual, envuelta en un velo de miles de ternuras esotéricas. Pero para un Joyce inspirado, también estas son tan sólo unas meras aproximaciones a la experiencia interior. ¿Por qué no llamarte con el nombre, con el que en mi corazón siempre te llamo? ¿Qué  es lo que me lo impide hacer, excepto el hecho mismo de que no existe ni una sola palabra lo suficientemente sutil para poder ser tu nombre? Se trata de una expresión famosa que transluce la profundidad espiritual a la que Joyce volvería más tarde, esta vez impulsado por otros  motivos: los del escritor.

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La parte principal de la correspondencia entre Joyce y Nora data de la segunda mitad del 1909, cuando Joyce, en un intervalo corto de tiempo, estuvo dos veces en su Dublín natal. La historia que hasta entonces era tan espiritual obtiene unos matices nuevos y nada espirituales. La primera vez el exiliado navega a su casa con su hijo Georgie. A los pocos días de su llegada, su ex amigo Vincent Cosgrave se mofa de él, diciéndole que ha ligado con una mujer con la que antes de él ya se habían acostado otros, más aún, él mismo estaba saliendo con ella precisamente entonces cuando con tanto romanticismo empezaba la historia de Joyce. A él todo su mundo se le viene abajo, el único ser que en el altar de sus malos presentimientos había idolatrado como un ídolo de la inocencia sincera, le ha sido infiel. ¿Cómo puede seguir creyendo en su sinceridad, cómo puede seguir confiando a sus sensaciones? ¿Es acaso también esta mujer amada una ilusión, sus palabras nada más que un agrado superficial, una maniobra que no tiene cobertura ninguna en la realidad? ¿Esconde la santa detrás de sí a una fulana? Las sospechas le arrastran a una vorágine de todo tipo de acusaciones. ¿Es Georgie de veras hijo suyo? ¿Te ha follado otro hombre antes de mí? Le interesa hasta el último detalle de lo que permanece escondido en la oscuridad. Joyce está humillado y furioso, su expresión ya no es una epifanía de ternura, por primera vez entran en ella las palabras y descripciones de la pornografía dura. Con estas pretende traspasar al ser amado, inundando su aura espiritual con el estiércol carnal. El celoso desconoce la piedad.
Pero Joyce pronto entiende que se trata de una broma malintencionada con la que a Nora injustamente se le atribuía el papel de frívola. Volver a las puras aguas espirituales, sin embargo, ya no es posible; el paso estaba hecho, aunque en la furia de los celos. Esta se revela como una fuerza tectónica que modifica fundamentalmente su relación. A través de las acusaciones, Joyce indirectamente admite que no ve a su amada tan sólo mediante el prisma de la presencia espiritual. También su cuerpo, aunque esté rodeado del aura de la trivialidad sucia, se revela como objeto de su obsesión. Las letanías llenas de sexualidad ya no pueden olvidarse, lo corporal exige su lugar en la comunicación verbal. Te veo en centenas de posturas, grotescas, descaradas, virginales, anhelantes. Entrégate a mí, mi amor, entrégate entera cuando estemos juntos. Todo lo que es sagrado, escondido a los demás, me lo tienes que dar sin impedimentos. Quiero poseer tanto tu cuerpo como tu alma. El cuerpo de las alucinaciones por fin logra ganarse el derecho a residir en su vocabulario, a partir de ahora el amor ya no es imaginable sin la conciencia de la fuerte vinculación que existe entre lo espiritual y lo sensual. Tan sólo hundirse en los dos polos del ser amado garantiza la unión de la historia. El ataque de celos abrió una válvula, el demonio del cuerpo salió a la luz, espasmódico, encorvado, palpitante en el éxtasis del placer. El regalo que Joyce manda a Nora a Trieste cuando se da cuenta de su propia exageración, es la expresión simbólica de la nueva voluntad: tres  sacos repletos de cacao. Para que su cuerpo flaco se vuelva más lleno, más seductor, más voluptuoso. Hemos sufrido y hemos sido tentados. Ahora parece que nos hemos quitado todas las telas de la vergüenza y de la timidez.

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Ahora es el tiempo para las palabras íntimas que recapitulan las experiencias del placer sensual hasta entonces escondido. La expresión de los reproches celosos se ha convertido en cascadas de excitación. Pero el paso es mucho más difícil de lo que para la razón común, en vista de las nuevas circunstancias favorables, sería esperable. La directa alocución al sexo mental todavía no es posible en las cartas del primer viaje de Joyce a Dublín. La sensación de profanar la visión idealizada del amor sigue frenando con sus últimas fuerzas la erupción del deseo corporal. Se necesitará otro ataque salvaje para que el muro se derrumbe y los líquidos corporales por fin afloren a la luz. Pero el fantasma del pulido amor espiritual va a desaparecer por completo en la segunda visita de Joyce a Dublín. También esta vez va a entrar en escena un arma ya comprobada, los celos. De un ataque casual, de un acontecimiento efímero, la chispa de los celos va a convertirse y consolidarse en una postura tradicional, en algo que en la vida ya no puede esquivarse. La focalización que lo aborda todo, del ojo celoso va a convertirse en aquel mecanismo que va a abrir la puerta de par en par al carnaval, a la celebración del cuerpo y de sus bailes.
El celoso Joyce en su segundo viaje demuestra claramente que su obsesión puede sorprender con ataques cada vez más violentos. Joyce otra vez revuelve en el caso cerrado, esta vez de una forma mucho más pedante, sus ganas de conocer todos los detalles de las imaginadas escapadas eróticas de Nora son totalmente increíbles. ¿Qué le había hecho? ¿Se corrió? Las sospechas se nutren de todas las señales posibles que podrían ocultar las experiencias eróticas negadas. Todos son culpables, todos juegan contra él: ¿Y si Nora no es otra cosa que una criatura astuta que lo engaña con su pureza mientras lo traiciona a sus espaldas?
La adivinanza del presente, la clave de su juicio sobre la fidelidad de Nora, debe esconderse en su actitud pasada. Su investigación se basa en la escasez de los datos. Pero muy a pesar de los puntos de apoyo mezquinos, el pasado con su ocultación fascinante le lleva a una vorágine de dudas cada vez mayores. Al terreno que, con su hundimiento hacia la nada, eludió irrevocablemente sus visitaciones y pruebas empíricas, que con su ojo nunca podrá alcanzar. ¿Qué se abre detrás del cristal lácteo de lo pasado? Al pensar en el pasado de Nora sus celos obtienen el papel del filtro que con sus dudas sobre la sinceridad cola cada milímetro de su relación. La posibilidad del experimento decisivo y del juicio consecuente queda eliminada para siempre. A la bruja ya no se la puede tirar al agua y esperar que o sepa nadar, o salga del agua.

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Ya antes Joyce en su cuento excepcional, Los muertos, había descrito lo que significaba el punto verdaderamente neurálgico del pasado de Nora. Este estaba encarnado por el único hombre, además del mismo Joyce, del que Nora había estado enamorada. Se trataba de un chico de Galway con el que a Nora le unía el afecto mutuo y profundo, pero la evolución potencial de su amor se había visto truncada por su muerte. Precisamente esta muerte trágica congeló el amor y le permitió resistir los embriones del tiempo. Por lo tanto, no era una casualidad que en este cuento el alter ego de Nora, Greta Conroy, estuviera convencida de que el joven había muerto por ella, para glorificar, en efecto, su amor. Es precisamente en Los muertos, donde Joyce revela la dimensión fatal de la perspectiva con la cual mira esta experiencia importante de Nora. Su alter ego, el joven intelectual Gabriel Conroy, al salir de un aniversario de repente se da cuenta de que su mujer es el único aliado en medio de la senilidad de la sociedad, que llegaba a incluso resultar hostil. Los recuerdos agradables se confunden con el deseo corporal. La habitación del hotel va a convertirse en la arena de su pasión. Pero su conciencia aquí se verá agitada por otro acicate no menos chocante. Su confesión le enfrenta a la realidad: mientras él se hunde del todo en su historia, ella permanece entregada toda al recuerdo del pasado. Sus conciencias pueden volar totalmente paralelas. El muerto es un fantasma que invade su realidad. Aunque en su brindis ritual ha elogiado los vivos a costa de los muertos, en este momento Gabriel de repente empieza a sentir la frialdad de su cercanía. La imagen de dos páginas en blanco que se empezaron a llenar en el cobijo de su amor, se desvanece para siempre. Sus mundos son dos barcos que habían navegado por dos mares diferentes para encontrarse fatalmente en un cruce efímero. La identidad absoluta de sus cargas era una mera ilusión. Lo absoluto a partir de ahora se mide con diferentes unidades. La nieve que borra las diferencias y envuelve con el olvido a los vivos y a los muertos, inoportunamente se va convirtiendo, de forma paulatina, en la melodía final de este cuento de Joyce.
Tan sólo los celos tiñen la certeza sobre la dualidad de las experiencias de la ira, de la sensación de una especie de perjuicio tanto espiritual como corporal. De Joyce van saliendo casi sin querer acusaciones sobre el egoísmo de la persona amada que había enterrado dentro de sí muchos más tesoros escondidos de los que estaban previstos por el contrato no escrito de su amor de alta intensidad, fundada en la compatibilidad absoluta de sus almas. En este momento los detalles le interesan mucho más que antes. ¿Cuando por la noche estabas con él en la oscuridad, de verdad que tus dedos nunca, nunca, realmente nunca le abrieron los pantalones ni tu mano se deslizó jamás dentro de ellos? Dime la verdad, querida, ¿le hiciste alguna vez una paja?... El chico de Galway se convierte en un canal para la pregunta general: Antes de abrirme la bragueta a mí, ¿no has sentido nunca, nunca, nunca la polla de ningún hombre o chaval entre tus dedos? ¡En el nombre de la sinceridad tiene que admitir todos los pecados en los que él mismo no ha podido participar!Porque Joyce se acuerda muy bien de que ella, en su primer encuentro, no tenía vergüenza alguna para masturbarle a él mismo. El lado erótico de su experiencia presenta para él aquel impulso decisivo que abre la herida supurada con las dudas que le escuecen. ¿Había ella vivido más que él? ¿Significan sus experiencias comunes el colmo de su conciencia? ¿Habían vivido juntos todo lo que parece ser decisivo y único de sus vidas? ¿Es de veras él quien con su intelecto agudo había lanzado a la vida aquella decisión tan fundamental para los dos, la huida del país natal? ¿Es él quien controla la situación y la dirige, o más bien, precisamente esta majestuosa razón suya no es más que una mísera ilusión que le protege ante la verdad: de que ella ya desde el principio participa mucho más plenamente del juego de la vida  y que él mismo no es más que un gracioso espectador, condenado a los lazos cerebrales y la charlatanería absurda?
El vehemente dudar de ella tuvo que llevar hasta la duda de su propia superioridad, sólo de este modo puede explicarse el deseo de extenderse por toda la vida de Nora. Precisamente en el centro de la inseguridad es donde el impulso erótico, tan propio de los celos tempestuosos de Joyce, tuvo que romperse y dirigirse hacia su objeto mismo, sacándolo de todos los contextos posibles. El deseo de participar más activamente en la relación real, en este punto gana la extenuada búsqueda de los espíritus. La fusión de sus conciencias se convierte en un imperativo de la voluntad y deja de ser un lema que congela su relación en un monolito fijo y mensurable. En lugar de una colonización terrenal, en vez de subordinarse a un ayer, un hoy y un mañana, la voluntad de Joyce se apoya en el momento del presente, midiendo los potenciales para un lanzamiento vertiginoso. Mi querida, mi amor, hoy deseo tu cuerpo tan lascivamente que te tomaría si estuvieras aquí, y aunque me dijeras con tu propia boca que antes ya te habían follado cinco campesinos pelirrojos de todo Galway. El deseo sexual liberado se convierte en un puente a través del cual intentaría entrar clandestinamente en el cielo.

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Del escéptico celoso nace un apasionado orgiástico que por primera vez ahora admite indirectamente que, además de lo espiritual, le atrae hacia Nora también el extremo deseo sexual. Pero además de este amor espiritual que siento por ti, y dentro de él, existe también el deseo animal de poseer cada milímetro de tu cuerpo, cada parte escondida e indecente, cada olor y acto suyo. Por amor a ti puedo rogar al espíritu de la eterna belleza y ternura, reflejada en tus ojos, pero también puedo ponerte debajo de mí, en tu vientre suave, y follarte por detrás como un cerdo que monta a una cerda, disfrutando de cada mal olor y sudor que se levanta de tu culo…El lenguaje de Joyce ya no es una acusación sino una avalancha de insinuaciones sensuales, nada escondidas y refinadas. A partir de ahora, además de los apodos suaves, Nora es también una pequeña zorra folladora. Está claro que la distancia entre Trieste y Dublín impide el contacto directo, por lo cual sus cartas por una parte se convierten en una incontrolada expresión del deseo, en un documento de la ausencia, y por otra parte en una ayuda a la masturbación, sobre la que se habla tanto. Joyce muchas veces elogia a su elegida por su sinceridad, animándola a escribir de un modo incluso más guarro. El cuerpo finalmente puebla la parte consciente de su relación y entra vehemente en el territorio de la voluntad. La carnalidad intranquila con todas sus adiciones, secreciones y flujos. Las cartas, antaño llenas de alturas espirituales, arden ahora con los tonos inflamables de lo celos en el fervor del hedonismo, en el rebosamiento de las travesuras corporales y de las riñas.
Esta abrupta erupción de la sensualidad no tiene lugar en una sección totalmente aislada de su amor. Se origina, o al menos está íntimamente relacionada, con el profundo parentesco espiritual y el afecto. Georges Bataille afirma que sin prohibición, un hecho inmanente al ser humano que arregla y protege la vida ante su destrucción, no puede producirse el paso hacia el más allá, no hay trasgresión en la que en un placer orgiástico se rompan todas las limitaciones y en la que lo absoluto se manifieste en una negación extática del ego. Aunque no confiemos del todo en esta dialéctica de Bataille, aplicándola a todo tipo de relaciones eróticas, parece ser útil para la explicación del desarrollo de la relación entre Joyce y Nora. No cabe duda de que el magnetismo de su relación al principio y también más tarde se basaba en una marcada alianza espiritual, pero la abertura a lo sensual obtuvo su ascenso precisamente con la conciencia del pecado, de la violación del axioma en el que estaba basada su relación. El depósito era simplemente demasiado grande. Si sus experiencias nunca se solapan en todos los detalles, si sus espíritus pueden encontrarse tan sólo en una sección, y no también en cada agitación particular experimentada, quizá les será concedido el ascenso común hasta aquel punto alejado donde los límites de la conciencia se pierden en la niebla, donde en vez de la avara línea horizontal se abre la vertiginosa línea vertical. La abundancia es sustituida por la calidad de la experiencia, la experiencia exclusiva del límite inaudito, la experiencia de la máxima coparticipación y coexistencia en el acontecimiento que, con su radicalidad, por un momento echa fuera la habitual rutina diaria, transluciéndola con la luz de lo infinito y de lo pasadero, para abandonarla luego al continente conocido que jamás será igual que antes. Los amantes sin aliento vuelven a la vida cotidiana como cómplices secretos. La inicial relación espiritual asume con los acontecimientos nuevos una forma más intensiva. Su conocimiento secreto les obliga y lleva a la búsqueda inquieta: ¿dónde se hallan los límites de nuestra historia? ¿Hasta qué punto pueden llegar nuestras almas, hasta dónde pueden girar los cuerpos? ¿Dónde se halla el límite de nuestras vidas, dónde empieza la muerte? ¿Hasta dónde pueden llegar? La aventura fatal no ha terminado ni mucho menos, aunque el refugio del puerto es más que fortificante.

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Al poco tiempo de su llegada a Trieste, Joyce conoce al escritor triestino Italo Svevo, del que especialmente estima su novela La senilidad, publicada en 1898. Pura casualidad o no, el protagonista de la novela de Svevo es un joven empleado que a lo largo de la única para él importante aventura amorosa se ve despiadadamente atormentado por sus celos. También él se pregunta si había conocido a una divinidad espiritual o a una fulana. No es capaz de tomar en broma sus propias palabras; si fueron, con toda la gloria de la espiritualidad, dirigidas en una dirección errónea, entonces él mismo es un extravagante grotesco. A diferencia de las de Joyce, sus dudas resultan justificadas. Angiolina no es más que una frívola que se deja llevar tan sólo por sus instintos, el mundo de las palabras no significa para ella más que algo inevitable pero banal. Brentani no puede soportar el hecho de que no esté viviendo su gran romance. Probablemente hay que buscar el porqué en el hecho de que esté viviendo rodeado de la senilidad, la esterilidad y la apatía, señaladas en el título. El acontecimiento en el que por primera y única vez ha sentido el sacudimiento más profundo de su ser, no puede ser una farsa. Los celos, por lo tanto, en su caso funcionan como un mecanismo que debería mantenerle despierto, para no hundirse de nuevo en el sueño eterno, al vagar sin impulsos inoportunos. Por una parte el gusano de celos corroe la figura imaginaria del ser esférico, bañado en la energía celestial, porque todo lo que ve y oye, le convence de lo contrario. Por otro lado los celos están delimitados precisamente por el objeto, al que tenazmente está dirigido. Y este no es la verdadera Angiolina, sino una imagen soñada. De ahí que Brentani juegue consigo mismo, su principio es el de espumar el propio nivel energético, sin intención alguna de procurar o desear entrar en el lugar verdadero del otro. El estado de agitación no es habitual en él, ya que mucho más tarde recordará la aventura con Angiolina con gratitud, incluso entonces, cuando en él ya se haya muerto hasta el último átomo de deseo de actividad.
Joyce da un paso más. Ha logrado, o al menos ha intentado hacerlo, llegar a la cercanía más íntima del espíritu y del cuerpo de la persona amada. Los celos desempeñaron un papel bien diferente de los de la novela del escritor triestino, ya que constantemente corroían impetuosamente todas las suposiciones del todo espirituales sobre su relación, así que las trincheras tenían que derrumbarse. Está claro que esto no podría haber ocurrido si los celos no viniesen acompañados de las exigencias inquietas del cuerpo, con las que, al mismo tiempo, habían sido generados. Precisamente merced al cuerpo, el espíritu tuvo que entibiarse y cambiar la dirección de su voluntad. La suposición inicial, entretejida en el vestido nupcial de su relación, de que sus almas hasta aquel momento estaban quietas y que a partir de entonces iban a seguir armónicamente la misma dirección común, estaba demasiado corroída. La decisión imprevista para abrir las válvulas de la concupiscencia carnal, no era nada más que un paso en la caza de la realidad, un intento de hundirse en el magma recién experimentado de la vida. Y asimismo se trataba de un reflejo de esperanza en que, en los aflujos de pasión, se abriría algo inmenso a los potenciales restos de la conciencia, algo que trasciende lo común, lo controlable y lo mezquinamente pasajero. Los celos, a pesar de su carácter patológico, desempeñan en el caso de Joyce un papel vital. Se trata de una especie de resorte desagradable que a través del dolor revela la comunicación de Joyce con el mundo en su variante más intima. Asedia los terrenos en los que quizás se esconde la redención.
Las cartas de Joyce dirigidas a Nora son, entonces, un testimonio interesante sobre un joven que duda y que, por su inquietud y ambición creativa, se ve empujado a búsquedas siempre nuevas. Esta curiosidad es interesante también por su temática que hoy en día es tachada de casi políticamente incorrecta. Los celos son algo despreciable de lo que la conciencia tolerante, basada en la confianza acordada, no debería abusar. Recordemos a Puškin o Jesenin y sus inspirados protagonistas líricos que, desengañados y traicionados, echan mano de las frías armas, utilizándolas contra su traidor o contra sí mismos. Los celos sólo pueden provocar la muerte, la separación final, y, en consecuencia, la sacralización del amor pasado. Joyce nos transmite una historia diferente. Los celos también pueden servir de palanca en este proceso agitado, de mecanismo en el que se reflejan la conciencia que duda de todo, y junto a ella, la voluntad de penetrar más allá de los marcos paralizantes, y el esfuerzo por llegar a los terrenos nuevos y más fecundos. Lo que corroe, igualmente puede fortalecer. La aguda espada del adiós vaga constantemente sobre las cabezas de los participantes de esta aventura agitada.

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Al llegar a Trieste, Joyce llevaba en su bagaje también un manuscrito del que en el siguiente decenio salió su primera novela Retrato del artista adolescente. Es una novela sobre el crecimiento. Como si a tiempo quisiera redactar su propia apología. En ella se describe la muda de la confianza infantil que se convierte en la duda sobre todo lo que viene en bandeja presentado como un hecho indiscutible. La visura final de Stephen Dedalus se parece muchísimo a aquella autorreflexión que el vagabundo transmite a su inesperada elegida. El desarrollo intelectual de Stephen ha llegado hasta aquel punto en el que tiene que admitirse a sí mismo que ya nada lo une a las reliquias de su juventud. Ni la religiosidad confesional, ni el celo por su tierra natal, ni la pertenencia familiar; ninguno de los valores que se consideran sobreentendidos puede anclar su vida en un puerto seguro. Su destino de marino inquieto ya es definitivo.
Pero no hay que sobrepasar el hecho de que Joyce buscaba durante mucho tiempo la forma más apropiada para su primera novela. Joyce constantemente hurga en la arqueología de su propio conocimiento como si temiera que algo decisivo le pasara desapercibido. El crecimiento del protagonista concluye con una extática fe en la fuerza de su propia energía creativa. ¿De dónde viene este entusiasmo en medio de las ruinas mentales, de dónde viene su confianza en la fuerza del espíritu cuando hay tantas señales de que es precisamente este espíritu con sus explosiones de dudas el que le empuja lejos de la vida y sus fiestas? ¿Cómo es posible que coexistan tan próximos entre sí la desconfianza extrema y la confianza extática? En la novela se siguen las experiencias que hacen al pequeño Stephen dudar sobre el poder de las instituciones sociales y sobre las relaciones basadas en ellas. Al cuerpo se le otorga un lugar muy importante en esta cadena. Las imágenes sensuales son cada vez más frecuentes en la conciencia hasta entonces muy pura. Al poco tiempo se encuentra con una prostituta. Después sigue un período de arrepentimiento, pero la decisión por la presencia meramente espiritual en el mundo se desvanece cuando es rechazada su solicitud de ingreso en los jesuitas. Como si los flujos corporales empapasen el espíritu, abriéndole la puerta hasta la vida trepidante que con tanta intensidad llena el mundo al otro lado de las meninges. La muda de piel ha concluido, la decisión de hacerse artista está confirmada, ha llegado el tiempo de la gran aventura. Las cartas dirigidas a Nora, situadas en la misma época que la concepción de la novela, se revelan como una metáfora amorosa de la tectónica literaria. El nacimiento del lenguaje no es un acto de la pureza espiritual, está manchado por los extravíos del cuerpo y las paradas dudosas. A pesar de su agudeza latente, Retrato del artista adolescente aún contiene mucho incienso jesuita, la niebla cubre las obscenidades pecadoras, dejando traspasar tan sólo los contornos que se pueden presentir. La búsqueda convulsiva de la identidad se vierte en una erupción impetuosa, en una alegría incontrolable, en el Ulises gigante. Joyce construye una epopeya de un día habitualmente fantástico. Lo erótico ya no está escondido detrás del velo seguro, ya desde siempre está situado en la carnalidad del mundo. Joyce simplemente hace estallar la prosa de su tiempo, cambiándola en un experimento culminante de la imaginación. Su Eros se derrama más allá de los límites que pone el amor hacia la mujer; todo lo que pulsa a su alrededor, tanto los cuerpos, los rumores, como los debates metafísicos o las charlatanerías evidentes, sirve de polígono para su imaginación incontrolable. La materia de la evocación del mundo artístico, de la promesa de lo trascendente.
Joyce es lo que él mismo se proclama ser: un creyente del arte. El arte no es solamente una evocación del mundo en el territorio de la creación artística, es siempre también el fruto de una consideración pura, de la distancia que encauza la lava en movimiento. El arte siempre descubre los territorios que jamás pueden encontrarse ni con la pura especulación, ni con el hedonismo ardoroso. Este es un lugar común, Joyce en este sentido no es ninguna excepción. Lo excesivo del Ulises estriba precisamente en su aparente contradicción entre la abrupta expansión de la imaginación por una parte y los rígidos procedimientos formales o bien el esfuerzo de la distancia, por otra. La discrepancia parece inaudita. Joyce no es solamente un creyente recién iniciado del cuerpo, ni un observador totalmente frío. Es difícil reflexionar sobre la autonomía del arte, sobre su independencia frente a las diferentes vocaciones sociales. El arte de Joyce es una cazuela tan caliente, pero a la vez tan duradera, que es imposible incluirla en el terreno de los discursos que procuran arreglar la sociedad. No es posible capturar su fuerza explosiva. Joyce es un loco que proclama su locura, demostrándola. Su fe en el arte, cuestionada por sus dudas constantes, como la única patria del vagabundo, no deja de ser fascinante. También por ello es la historia amorosa de Joyce y Nora para una razón un poco surrealista una historia pequeña sobre una literatura grande. Las historias de amor, un escarnio al tiempo que no trae nada bueno.

Traducción: Barbara Pregelj
Colaboración: Iván Reymondez

Mitja Čander. Nació en 1974, en Maribor, Eslovenia. Estudió Literatura Comparada en la Universidad de Liubliana. Fue editor de la revista estudiantil Tribuna. Desde 1996 es responsable de la colección literaria de la editorial Beletrina. Su trabajo de edición ha transformado el concepto de las publicaciones en Eslovenia. En 2001 publicó una antología eslovena de prosa corta escrita por autores jóvenes eslovenos con traducciones al inglés, húngaro, croata, rumano y servio. Desde 1992 Čander ha publicado innumerables ensayos críticos acerca de la literatura eslovena y mundial. Tiene publicado el libro de ensayos Zapiski iz noči (Notas de la noche, 2003). Mitja Cander participó en la Feria Internacional del libro de Guadalajara, noviembre de 2005, en el evento Escritores de Eslovenia y de Jalisco.

 

 

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