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La narrativa de Jalisco en el concierto de la literatura mexicana a inicio del siglo XXI

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Luis Martín Ulloa

 

Una de las características más notables de la narrativa mexicana de las últimas décadas del siglo XX y hasta la fecha, es su gran diversidad, estilística y temática. Desde las novelas situadas en países europeos y que abordan con frecuencia el tema del nazismo del grupo del Crack (Jorge Volpi, Ignacio Padilla, etc.), los autores que revisan desde múltiples perspectivas la problemática de la frontera con Estados Unidos como Eduardo Antonio Parra o Luis Humberto Crosthwaite, hasta la literatura basura impulsada por Guillermo Fadanelli. Y junto con estos autores, otros que han desarrollado ya una obra importante como Élmer Mendoza, Cristina Rivera Garza, Alberto Chimal, Mario Bellatin, por mencionar sólo algunos.
            En Jalisco, la narrativa tuvo su apogeo en los últimos años del siglo recién terminado. Por lo menos hasta los ochenta, nuestro estado era tierra de poetas. Tal vez porque aún pesaban mucho en los ánimos creativos la tríada Arreola – Rulfo - Yáñez; tal vez porque no había un nombre importante en Guadalajara dedicado a la narrativa, que animara el creciente movimiento de autores jóvenes, como sí lo había en la poesía con Elías Nandino. Por supuesto que se ejercitaba la narrativa, pero en proporción mucho menor. Es a partir de la década de los 90 donde hay que mirar con énfasis para hacer una revisión de la narrativa contemporánea en Jalisco. Actualmente en esta localidad conviven autores que pertenecen por lo menos a tres generaciones, desde nacidos hacia la mitad del siglo, hasta los más jóvenes en los ochenta. La mayoría originarios de Jalisco; algunos más, después de publicar algunos libros emigraron a otros lugares. En todo caso, los narradores incluidos en esta revisión son quienes conforman hoy un panorama de la narrativa jalisciense actual.
Martha Cerda y Dante Medina son dos escritores cuyos proyectos narrativos iniciaron hace varios años. Martha Cerda, además de tener una veintena de títulos, ha sido incluida en varias antologías. El reconocimiento ha venido en gran medida del extranjero, a pesar de haber recibido también algunas distinciones en nuestro país. A decir de la misma autora, su narrativa se orienta hacia la literatura fantástica. La suya es una obra desigual, que contiene muchos textos fallidos pero también otros que tal vez sea necesario revalorar. En la obra de Dante Medina el manejo del lenguaje es una característica esencial. También es un autor prolífico (alrededor de cuarenta libros que abarcan todos los géneros literarios). Su narrativa es de un claro tono lúdico, con un uso oportuno y eficaz del lenguaje coloquial, donde abundan también las referencias a la escritura desde la escritura misma.
César López Cuadras tiene la ventaja de ser reconocido tanto en Jalisco como en su estado natal, Sinaloa, y aunque su trayectoria literaria comenzó en Guadalajara, ha sido el paisaje de aquel estado el que ha servido de escenario para gran parte de sus historias. La preferencia por los personajes de caracteres populares, el uso irrestricto del habla coloquial, el tema del narcotráfico, la inclusión de elementos metaficcionales, son algunas de las constantes en su obra. Macho profundo (2001) es tal vez su obra más representativa hasta el momento. Es la historia de un profesor universitario que tiene un romance con una de sus alumnas, y quiere exorcizar el recuerdo de la ex amante conversando con un hipotético interlocutor.
            El amor  y la música son los temas omnipresentes en la narrativa de Marco Aurelio Larios, además de una intención declarada de narrar a su ciudad, Guadalajara. Ejemplo de esto es la novela Erato. Ars amatoria en Guadalajara (1998), escrita a la luz de la lectura de El arte de amar de Ovidio, donde una mujer madura instruye a un joven sobre las maneras que éste ha de seguir para enamorar a las damas, y se desarrolla en el bar La Mutualista (sitio de encuentro de la bohemia literaria tapatía). Con El cangrejo de Beethoven (2002) Larios ganó el Premio Juan Rulfo para Primera Novela en 1998. Una escritora que habla también de manera enfática sobre el amor es Guadalupe Ángeles, quien sabe eludir los lugares comunes y el grito desgarrado, para conformar relatos profundos donde este hecho se convierte en el motor de todo un cuestionamiento acerca de lo que implica este universo particular. De esta manera la idea del Amor, la indagación en los trasfondos de la pasión, la recuperación y el redescubrimiento del cuerpo propio, así como las múltiples reflexiones en que nos coloca la ausencia de la persona amada, producen una narrativa que se acerca mucho a la prosa poética.
            El género fantástico, con sus múltiples y variados matices, ha ejercido una gran atracción en los narradores jaliscienses contemporáneos, en los nacidos a partir de los sesenta principalmente. En la primera mitad de la década de los noventa surgieron editoriales independientes y revistas que alentaron la publicación de obras inscritas en este género y otros poco ejercitados hasta el momento. El ejemplo más notable es la editorial Plenilunio, en la cual se publicaron las primeras obras de autores como Carlos Bustos, Cecilia Eudave, Ricardo Sigala y Luis G. Abbadié. Es precisamente éste último una de las voces más singulares de la narrativa jalisciense, y una de las más autorizadas en el país para hablar de literatura de horror. Autoexiliado de los círculos literarios oficiales, Abbadié ha publicado El último relato de Ambrose Bierce (1995), cuyo narrador es el mismo periodista y también escritor de horror Bierce, situado en el terreno literario al lado de autores como Lovecraft y Poe. También ha publicado “versiones” de obras existentes sólo al interior del universo narrativo, como El Necronómicon: un comentario (1999); o la “versión preparada”  del Códice Otarolense (2002), la extensa relación apócrifa de mitologías novohispanas de un fraile franciscano del siglo XVI.
            Lo fantástico también interesa a Elizabeth Vivero por ejemplo, quien en su primer libro No para siempre (1997) ya presentaba historias como un triángulo amoroso entre un hombre, una mujer y un árbol; o en el que da título al volumen, donde una escritora se enfrenta a la materialización de uno de sus personajes. Vivero es una autora de trazos narrativos sólidos que crea personajes verosímiles, con un interés claro por dominar un aspecto cardinal: el lenguaje. El reconocimiento de la tradición literaria latinoamericana es otra señal distintiva, y en algunos textos pueden verse homenajes a Rulfo, Cortázar, García Márquez, entre otros.
            Bernardo Esquinca también ha abordado el género, si bien por terrenos y actitudes diversas. A este autor hay que verlo sobre todo como un narrador interesado en indagar en los recovecos oscuros de la mente donde, lo ha dicho él mismo, se encuentran claves definitivas para entender la naturaleza del ser humano. En sus textos se encuentran imbricados elementos policíacos, fantásticos y de horror. Sus influencias se localizan lo mismo en Ballard, Poe, Stephen King o David Lynch. Las atmósferas de sus textos suelen estar impregnadas del horror presente en la vida cotidiana, la cual siempre tiene ámbitos terribles y sucesos extraños pero cercanos
            En otros ámbitos temáticos, Fernando de León es un narrador de gran poder imaginativo. Por ejemplo en su primer libro, La estatua sensible (1996), retoma el Tratado de las sensaciones de Etienne Bonnot de Condillac para escribir un volumen de cuentos sobre los cinco sentidos. La literatura y la historia son elementos recurrentes en su narrativa, como en el volumen Cárceles de invención (2003), que tiene como protagonistas a Cervantes, Casanova, Marco Polo, el conde de Montecristo, etc., recluidos en los calabozos de una fortaleza donde purgan sus condenas. Los reclusos rememoran, se desesperan, conversan, conciben venganzas y fugas. Pero al margen de huidas físicas, lo que parecen decir es que acaso la mejor manera de evadirse se da cuando utilizamos un arma simple, primigenia, efectiva: la imaginación. Apuntes para una novísima arquitectura (2007) es otro despliegue imaginativo a través de historias sorprendentes, como la que presenta a Vesalio como un náufrago en una isla que le depara un preciado regalo, la playa cubierta de cadáveres para proseguir sus lecciones. La narrativa de Fernando de León es un campo fecundo en historias originales y perturbadoras.
            Israel Carranza es un narrador pulcro, de textos notablemente cuidados, interesado en abordar los múltiples rostros de la vida cotidiana, y especialmente la vida en la ciudad, su espacio geográfico preferido. Muchos de sus relatos se dan en ambientes nocturnos. Sus personajes, como se observa en Cerrado las veinticuatro horas (2003), suelen ser seres apáticos, acaso hastiados de una existencia rutinaria pero sin embargo temerosos de que esa rutina se rompa y produzca un caos. Personajes bien delineados, solitarios, nostálgicos, que se encuentran entre los peligrosos filos del amor y el desamor, que deambulan por una ciudad que les ofrece más desventuras que satisfacciones. Si el mismo autor ha dicho que sus cuentos surgen siempre de una imagen, tal vez una célebre pintura de Edward Hopper, “Nighthawks”, sea precisamente la imagen a la que el lector de este libro podría llegar.
La provocación parece ser un componente importante en la narrativa de Ulises Zarazúa y Rafael Medina. Ya desde su primer libro, Úrsula y otras fabulaciones (1999), Zarazúa (Guadalajara, 1968) hace énfasis en historias sórdidas, escritas con destreza por un narrador capaz de mantener la tensión y la verosimilitud. Baños de pureza (2002), su segundo libro, está compuesto de relatos que se desarrollan en torno a ese habitáculo del hogar tan usado pero pocas veces retomado como espacio narrativo: el baño. Ahora, al sexo y la violencia se une un elemento más, la escatología, con una galería de personajes enfrentados a sus propias obsesiones e infortunios en ese último reducto de privacidad.
            La narrativa de Rafael Medina se caracteriza por su gran amenidad y discurso ágil. Es un autor dotado de un excelente oído para captar los giros e inflexiones del lenguaje coloquial. Y son precisamente las anécdotas y los ambientes populares en los que se desenvuelve de manera más efectiva. La cruz de la bestia (2001) es uno de sus libros más significativos, que puede verse también como una declaración de amor por Guadalajara. La historia de esta ciudad sirve de fondo para el desarrollo de doce cuentos con anécdotas diversas, desde una pareja de señoritos ingleses que llegan aquí por accidente durante los años posteriores a la guerra de Independencia; hasta un hombre desencantado de su vida gris, puesto en el medio de las explosiones del Sector Reforma en 1992.
            Entre los escritores no nacidos en Jalisco se encuentra también Mario Heredia (Orizaba, Veracruz, 1961). Es un escritor con una gran conciencia del ritmo en la narrativa, sus relatos son de tono pausado, donde el manejo del lenguaje tiene una importancia vital, y que denotan una atención minuciosa en los detalles a la vez que también dan cabida a ciertos giros poéticos. Sus personajes son con frecuencia seres reflexivos, que regresan (física o imaginariamente) a ajustar cuentas con su pasado, a enfrentarse a los fantasmas que han dejado olvidados pero deben encarar tarde o temprano. Otra constante importante en la obra de Heredia es la referencia a la homosexualidad masculina.
            A contracorriente de las temáticas imperantes en la narrativa jalisciense y mexicana actuales, la obra de Eugenio Partida (Ahualulco de Mercado, 1964) es de una desarmante naturalidad, entendida ésta como una gran facilidad para recrear universos e historias totalmente verosímiles. Cuando otros eligieron las luces de la ciudad, Partida en En los mapas del cielo (1990), optó por situar sus historias en pueblos que aún vivían pendientes del paso del tren, donde en los prostíbulos sonaba Agustín Lara y había mujeres de nombres anticuados. O también, relatos situados en los primeros días del mundo novohispano con indígenas y españoles, maravillados ambos por la visión del otro. Este encuentro de culturas es precisamente el asunto central en la novela La ballesta de Dios (1992). Para cualquier escritor jalisciense que elija ambientes rurales, la omnipresencia de  la obra rulfiana es una sombra que siempre deberá sortearse. Pero Partida no elude la referencia, al contrario, la deconstruye para escribir La Lejanía (un cómic jalisciense) (2004). En esta historia fársica hay un vendedor de seguros llamado Preciado, que va rumbo a Comala pero llega a La Lejanía, un pueblo desierto y abrumado por el sol, donde se desarrolla enseguida un desaforado relato posmoderno en el que caben personajes como Guepeto, la Mona Lisa, el Guasón, Marylin Monroe, una de las mujeres enlutadas de Agustín Yáñez y el mariachi Zapopan 2000. En su siguiente libro, La otra orilla (2005), Partida vuelve a recrear la vida en estos pueblos que gravitan en torno a la gran ciudad pero a la vez están lejanos.
            Entre los narradores más jóvenes podemos mencionar a Antonio Ortuño y Luis Felipe Lomelí. Antonio Ortuño (Guadalajara, Jal., 1976) es uno de los narradores jaliscienses que más han llamado la atención nacional e internacional en esta primera década del siglo XXI. Narrador sarcástico y mordaz, Ortuño pertenece a ese tipo de escritores que parecen empeñados en que su obra resulte incómoda, por el rigor con que imprime un tono ácido en sus textos. Como en su primera novela, El buscador de cabezas (2006), donde un periodista pacta con el régimen fascista de su país para salvar su propio pellejo. El reconocimiento del extranjero para Ortuño se concretizó con Recursos humanos (2007), nombrada finalista del Premio Herralde de Novela. A través del personaje de un oficinista obsesionado por arribar al puesto del jefe, Ortuño insiste en abordar las mezquindades y las tretas de que son capaces los seres humanos para consumar sus obsesiones.
            A Luis Felipe Lomelí (Guadalajara, Jal., 1975) su doble desempeño como científico y narrador lo han llevado a vivir en diversos países y diversas regiones de México. Es ingeniero físico con especialidad en Genética, y doctor en Filosofía de la Ciencia, sin duda un perfil singular en la narrativa jalisciense actual. En el estado de Baja California se sitúan precisamente los textos de Todos santos de California (2002), donde encontramos un autor con una excelente capacidad para captar el habla coloquial de cada región, que ofrece historias llenas de desierto, de zonas naturales protegidas, de travesías furtivas y tráfico sospechoso por los vericuetos de una geografía árida, presenta la visión de otro territorio norteño mexicano, diferente a las que nos han presentado otros narradores mexicanos, como Luis Humberto Crosthwaite en Tijuana, Elmer Mendoza en Sinaloa, o Eduardo Antonio Parra en otras ciudades fronterizas. En Ella sigue de viaje (2005) hay dos temas centrales: el viaje (en sentido literal y metafórico) y las relaciones de pareja. Son historias de personajes errantes, en diferentes ciudades a lo largo del continente americano. Cuaderno de flores (2007), su tercer libro, trata del blog de un ingeniero mexicano que viaja a Medellín, Colombia, para asumir su primer empleo. Inevitablemente se inmiscuye en la violencia de la ciudad, y la comunicación que mantiene con novia, familiares y amigos en Guadalajara, le sirve al personaje para ir elaborando un relato donde se entretejen su historia personal (la mexicana, anterior; la presente colombiana), con la cotidianeidad de la guerrilla y sus secuelas indelebles. Luis Felipe Lomelí es sin duda una de las voces actuales más interesantes.

Como se podrá ver, la jalisciense también comparte con la narrativa mexicana en general su diversidad. Desafortunadamente, aunque por supuesto hay autores de gran valía, no ha surgido de nuestra entidad una figura literaria que haya alcanzado una gran difusión a nivel nacional o internacional, como por ejemplo Eduardo Antonio Parra o Guillermo Fadanelli. Ojalá en los años próximos, los autores jaliscienses ya consolidados y los que están iniciando su proyecto literario vuelvan a dar el prestigio que se tenía cuando nuestro estado dio a la literatura mexicana tres de los mejores narradores del siglo XX.

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