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Victor Hugo en la poesía de Isabel Prieto
Argumentos, imágenes y sentidos

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María del Socorro Guzmán Muñoz

 

 

Francia estuvo presente en diversos aspectos de la historia y de la cultura de los países hispanoamericanos durante el siglo XIX. En el caso de México, esta presencia abarca prácticamente toda la centuria: en sus inicios, en los libros de los pensadores franceses que eran leídos con fervor, al grado de que la casa de Hidalgo era conocida como la “pequeña Francia”; en el ocaso, ya que la clase elitista dio la bienvenida al siglo XX vistiendo según la moda parisina y asistiendo a los banquetes que daba el general Porfirio Díaz, en los que se servía un menú que se anunciaba en elegantes tarjetas impresas en francés (Beezley, 2008: 107).
            La influencia de Francia en el papel, desde luego, no sólo dejó su huella en las revistas de moda, sino también en la literatura mexicana decimonónica. José Luis Martínez ha señalado ya -en orden de importancia- las influencias europeas en el romanticismo mexicano: francesas, inglesas, italianas y españolas. Basta hojear El Renacimiento –revista fundada por Ignacio Manuel Altamirano en 1869- para encontrar, a pesar del espíritu nacionalista que la impulsaba, los nombres de autores franceses, destacando entre ellos los de Victor Hugo y Alphonse de Lamartine. Precisamente, en las páginas de esta revista literaria -la más importante del siglo XIX- se publicaron las extensas y laudatorias semblanzas que Justo Sierra escribió sobre estos dos autores franceses, de quienes se incluyó también un retrato.  
             Victor Hugo, de quien se ha dicho que es la poesía misma, fue un autor sumamente leído y venerado no sólo en el México decimonónico, sino en muchos países de Hispanoamérica y de Europa. Su nombre suele mencionarse en un episodio de trágico fin perteneciente a la historia de la literatura mexicana, me refiero al testimonio de Juan de Dios Peza quien recuerda que el libro que leía Manuel Acuña la víspera de su suicidio era, precisamente, uno de Victor Hugo

  El viernes 5 de Diciembre de 1873, anduvimos juntos desde la mañana y nos fuimos por la tarde á la Alameda. El viento arrancaba las hojas amarillentas de los fresnos y de los chopos, que al caer bajo los pies del poeta, atraían sus miradas de mayor tristeza.
  - Mira- me dijo mostrándome una de esas hojas, que aun guardo seca por haber señalado con ella un capítulo del libro que leíamos aquella tarde: -Les feuilles d’Automne, de Víctor Hugo; - mira: ¡una ráfaga helada la arrebató del tronco antes de tiempo! (Peza, 1897: 8)

            Los escritores del XIX solían leer directamente a los autores franceses y, en ocasiones, traducían algunas de sus composiciones. Victor Hugo en América, traducciones de ingenios americanos, libro publicado en Bogotá en 1889 es, a la vez que ejemplo de lo anterior, un testimonio histórico y literario de la recepción y difusión que tuvo el autor francés no sólo en Hispanoamérica sino en la misma España, ya que en este volumen aparece la traducción de José Zorrilla junto a las de Andrés Bello, Manuel M. Flórez [sic], Ricardo Palma, Rafael Pombo y las poetisas Gertrudis Gómez de Avellaneda, Isabel Prieto de Landázuri y otros.
            Resulta significativo encontrar a la poetisa mexicana en esta selección internacional de traductores de Victor Hugo, ya que estas páginas versan precisamente sobre estos dos autores, sobre la influencia que tuvo Victor Hugo en la obra de la poetisa y también a lo que subyace a las traducciones que ella hizo de algunas composiciones del poeta francés.
            Isabel Ángela Prieto (1833-1876) inició su carrera literaria al publicar algunos poemas firmados con sus iniciales en Aurora Poética de Jalisco -en 1851- volumen que dio a la luz en esa entidad las primeras colaboraciones femeninas. Primogénita de un culto empresario de origen panameño, Isabel recibió una esmerada formación literaria y llegó a ser la escritora más reconocida de su tiempo. En 1883 José María Vigil compiló y publicó en la ciudad de México el volumen con las Obras poéticas de Isabel Prieto de Landázuri, el cual constade noventa poemas originales, diecisiete traducciones y la leyenda Bertha de Sonnenberg. Aunque en el estudio introductorio de dicho volumen Vigil señala que Isabel poseía conocimientos profundos del alemán, francés, inglés e italiano, los cuales le permitieron leer y traducir a los autores clásicos en esas lenguas, el hecho es que al compilar las obras poéticas Vigil sólo incluyó traducciones del francés, suponemos que por considerar que eran las mejor logradas.
            De éstas, una es de Alphonse de Lamartine, otra de André Chenier, dos de Béranger y trece de Victor Hugo, a las cuales hay que agregar cuatro más que se publicaron en las páginas de El Renacimiento y que quedaron fuera del volumen de sus Obras poéticas. Pero Isabel no sólo tradujo poesía ya que Vigil señala que además de escribir obras de teatro originales, tradujo en prosa el drama Marion Delorme, también de Victor Hugo (Vigil, 1883: 25). Aunque no hemos podido localizar esta versión de Isabel que al parecer no se publicó, el hecho de haberla traducido es un dato importante no sólo para su faceta como traductora, sino en relación con su propia obra, como veremos más adelante.
            Resulta evidente la preferencia de Isabel hacia la vasta obra de Victor Hugo, de la cual ella eligió y tradujo ciertas composiciones. Con base en ellas, hemos clasificado sus traducciones en tres grupos: en el primero se encuentran aquellas composiciones con las que, sin duda, Isabel debe haberse sentido ampliamente identificada -por no decir reflejada- en su papel de madre; en el segundo, ubicamos las que tradujo en momentos en los que sus circunstancias y emociones eran similares a las que transmiten los poemas de Hugo, que giran en torno a la muerte, a la pérdida de un ser querido y, en el tercero, aquellas en las que se presentan tipos femeninos que Isabel deja al margen de sus composiciones originales, como es el caso de Marion de Lorme. De manera que, con esta clasificación, respondemos -en cierta medida- a las preguntas cuáles composiciones de Victor Hugo, cuándo y por qué fueron traducidas por Isabel Prieto.
            Dejamos al margen el cómo lo hace ya que no es el objetivo de este trabajo el método de traducción al que se adscribe Isabel, ni el juzgar qué tan buena traductora era. Sin embargo, he de señalar que Justo Sierra consideraba que Isabel Prieto era la mejor traductora de Victor Hugo. Al hablar del libro Las Contemplaciones dice “Las contemplaciones son para nosotros sagradas. […] Para traducirlas se necesitaría ser un gran poeta y tener un hijo; acaso se necesita también ser madre, porque sólo ellas han podido comprender todo lo que hay de terrible y de santo en los vértigos del dolor. […]” (Sierra, 1991: 80). Y la comprensión, que es el primer paso de la traducción, faena utópica -como la llama García Yebra- es, dice éste, una de las alas que necesita el traductor para hacer una buena traducción literaria, la otra, es la capacidad expresiva que posee el traductor en su propia lengua (García Yebra, 1986: 130) capacidad que, en el caso de Isabel, está patente en su obra, la que le valió ser considerada la mejor escritora de su época.  
            Pasemos a ejemplificar el primer grupo. Si aceptamos la idea de que el traductor elige textos con los cuales se siente identificado, ya sea por los argumentos, ya por las imágenes que transmiten, resulta fácil comprender –cuando se conoce la poesía de Isabel- por qué tradujo el poema XX de Les Feuilles d’automne, por ejemplo.Recordemos que Isabel Prieto fue considerada por sus contemporáneos como la «poetisa-madre» por excelencia, de ahí que sus  composiciones en las que se presenta la imagen del ideal de mujer decimonónica, es decir, la del “ángel del hogar” fueron las más elogiadas por los críticos de entonces -varones todos, por cierto- de ahí que no debe sorprendernos que este tipo de composiciones fueran las que solían incluirse en las antologías de la época.
            Ser madre fue un rol con el cual Isabel se identificó ampliamente y sin duda es lo que la hizo traducir, recrear, el citado poema de Victor Hugo cuyas imágenes y argumento nos resultan tan isabelinos. Este poema pertenece a Les Feuilles d’automne,  libro habitado por un tono íntimo y familiar en cuyo prefacio, nos advierte el autor, encontraremos “[…] versos serenos, apacibles, […], versos de familia, del hogar doméstico, de la vida privada; versos del interior del alma” (García, 2002: 28). De tal manera que si Isabel fue la poetisa-madre, es lógico comprender su inclinación por el poeta que le cantó a los temas familiares y al amor paterno, y cuya plegaria decía así “… y guárdame de ver el verano sin flores, / sin pájaros la jaula, el panal sin abejas, / y la casa sin niños.”
            El poema XX de Les Feuilles d’automne ofrece imágenes y escenas que son recurrentes en la poesía de Isabel Prieto. En ésta, al igual que en otras composiciones de Hugo, encontramos escenas en las cuales el pequeño hijo duerme mientras la madre vela su sueño y lo contempla, junto a la cuna. La madre está siempre presta a calmar con un beso la más mínima inquietud del pequeño, de tal manera que varios de los poemas de ambos poetas cierran con el ósculo materno que todo lo calma.
            El citado poema de Les Feuilles d’automne -traducido por Isabel en octavillas italianas- termina con estos versos
                                               Cependant sa mère
                                               Prompte à le bercer,
                                               Croit qu’une chimère
                                               Le vient oppresser.
                                               Fière, elle l’admire,
                                               L’entend qui soupire,
                                               Et le fair sourire
                                               Avec un baiser.

            Para ejemplificar los poemas originales de Isabel que presentan también este tipo de imágenes, incluyo aquí la última estrofa del titulado “La madre y el niño”
                                              
                                                           Duerme; tu sueño guardando
                                               Callan las aves canoras,
                                               Las brisas murmuradoras
                                               Y el cristalino raudal.
                                                          
                                                           Duerme, encanto de mi vida;
                                               Duerme, mi dulce embeleso;
                                               No despiertes a este beso,
                                               Prenda de amor maternal.

            Ya sea durante la vigilia o en sueños, en forma de hada, de ángel o de mujer, el rol femenino en estos poemas es el mismo: la madre-ángel. De que la madre es el ángel que nos cuida en esta tierra, no queda ninguna duda, “como los pajarillos, su madre tiene alas”, escribe Hugo en el citado poema y hasta los mismos ángeles lo afirman, como en “La plegaria” de Isabel Prieto, en el cual una vez que el niño -guiado por su madre- pronuncia su oración nocturna, el ángel se despide del pequeño diciéndole
                                              
                                               Voy a llevar a los cielos
                                               Tu oración inmaculada;
                                               Pero me alejo tranquilo
                                               Pues que tu madre te guarda.
           
            Por otra parte, mientras que en estos poemas el hijo siempre tiene faz rosada, labios de coral y manitas de marfil, no encontramos, ni en los poemas de Isabel ni en el de Hugo, alusión a la apariencia física de la madre, a quien se describe siempre en función de su papel de ángel o hada buena, es decir de un ser con características etéreas y si se mencionan su seno, su regazo o sus brazos, únicamente es para indicar que en ellos reposa el hijo amado.
            Para integrar el segundo grupo de traducciones de Isabel, incluimos aquellas composiciones que fueron traducidas en momentos en los que la poetisa se sentía identificada temática y emocionalmente con ellas. Por eso en este grupo tomamos en cuenta, principalmente, los poemas de Les Contemplations, en los que la constante es el tema de la muerte, la separación hija-padre, primero debida al matrimonio, luego, a la muerte. La relación padre-hija-muerte está presente de una manera constante y casi obsesiva tanto en la obra de Isabel como en la de Victor Hugo: la muerte de Léopoldine Hugo y de Sotero Prieto fueron un parte aguas en la vida y en la obra de estos dos poetas.
            Les Contemplations, publicado en 1856 -considerado el libro más filosófico de Victor Hugo- es un volumen inspirado por la muerte de su hija Léopoldine, ahogada en el Sena junto con su esposo a los pocos meses de su boda y como dice el autor en el prefacio, es un libro que se divide en dos partes: “Autrefois” [Ayer] y “Aujourd’hui” [Hoy], separadas “por un abismo, la tumba”. Resulta por demás significativo que Isabel tradujera poemas de este libro precisamente en 1870 y 1871 –tras la muerte de su padre, ocurrida en mayo de 1869- ya que su época más productiva como traductora había sido en la década anterior. A partir del 69, el dolor por la ausencia paterna está presente tanto en las traducciones como en las composiciones originales de la poetisa.
            Uno de los poemas de este grupo lleva por título la fecha de la boda de Léopoldine, “15  février 1843” y, según indica Hugo en el prefacio, lo escribió ese día en la iglesia. Son dos cuartetos alejandrinos en los que el yo poético es la voz del padre que le recuerda a la hija que cumpla con sus deberes de mujer: ser hija, esposa, ángel.
            Con respecto a estos deberes, hemos de señalar que si Isabel transgredió los roles destinados a su género por el hecho de escribir, en los demás aspectos su vida fue una mujer que cumplió con los roles que la sociedad le imponía. Y es ésa la representación de la mujer que Isabel ofrece en su obra lírica.
            Por ello llama la atención que hubiera traducido Marion Delorme -obra que ubicamos dentro del tercer grupo- ya que Marion de Lorme (1613-1650) fue una cortesana francesa del siglo XVII, amante de varios personajes importantes de su época, entre ellos el cardenal Richelieu y el mismo Luis XIII. Aunque la protagonista del drama de Hugo al final es purificada por el amor, no deja de ser una cortesana cuyo pasado la condena. La persecución y censura que acompañaron esta obra, sin duda, hace más interesante la decisión de Isabel de traducirla. Definitivamente, Marion de Lorme es un tipo de mujer que no encontramos en las obras originales de Isabel –imposible en sus poesías- pero sí a través de las traducciones. Aunque Marion no fue la única mujer polémica y transgresora que está presente en sus traducciones, ya que aparece también la Duquesa de Abrantes (1784-1838) quien después de pertenecer al círculo de amistades de Napoleón, murió en la miseria luego de haber sido amante de varios escritores, entre ellos Balzac.
            Para concluir, diremos que las traducciones de Victor Hugo realizadas por Isabel Prieto permiten establecer, por una parte, la afinidad temática y simbólica que seguramente influyó para que Isabel eligiera traducir ciertas composiciones en determinado momento de su vida, mientras que, por otra parte, al elegir otras se nos muestra una Isabel más libre, la Isabel traductora que optaba por textos de otros autores sobre asuntos o personajes históricos polémicos a los que ella deja fuera de su propia obra original, pero recurre a la traducción para poder escribir, rescribiendo, sobre estas mujeres cuyo pasado las condena. Es así, como a través de ciertas traducciones, Isabel se apropia del discurso prohibido -o por lo menos no bien visto- en la mujer escritora decimonónica, al abordar las historias de estos ángeles caídos. Isabel, al elegir estos textos sobre Marion de Lorme y la duquesa de Abrantes, viene a completar, a enriquecer y también a contrastar, las representaciones femeninas que hay en su propia obra.           

 

Bibliografía

  1. BEZZLEY, William H. (2008): La identidad nacional mexicana: la memoria, la insinuación y la cultura popular en el siglo XIX, México: El Colegio de la Frontera Norte / El Colegio de San Luis / El Colegio de Michoacán, 219 pp.
  2. BOPP, Marianne O. de (1961): Contribución al estudio de las letras alemanas en México, México: UNAM, 510 pp. 
  3. EL RENACIMIENTO. Periódico literario. México. 1869 (1993): México: UNAM, [edición facsimilar de los tomos I y II], 520 pp. + 291 pp.
  4. GARCÍA de Mesa, Rafael (2002): Victor Hugo, 1802-2002. Antología íntima. Edición bilingüe e introducción de…, pról. de Carlos Clementson,Córdoba:Universidad de Córdoba, col. Nuevos Horizontes (7). Serie Poesía, 306 pp.
  5. GARCÍA Yebra, Valentín (1986): En torno a la traducción. Teoría, crítica, historia, México: Ediciones del Ermitaño / Gredos, 382 pp. 
  6. GUZMÁN Moncada, Carlos (2000): De la selva al jardín. Antologías poéticas hispanoamericanas del siglo XIX, México: UNAM, col. Mirador de Posgrado, 210 pp.
  7. HUGO, Victor (1954): Les Contemplations avec une notice biographique, des notices littéraires et des notes explicatives par Philippe van Tieghem, Paris: Librairie Hachette, 144 pp.

      - - - - - - (2004) Les Contemplations, Préface et commentaires de Gabrielle Chamarat,      Paris: Pocket Classiques No. 6040, 645 pp.

  1. MONTERO Sánchez, Susana A. (2002): La construcción simbólica de las identidades sociales. Un análisis a través de la literatura mexicana del siglo XIX, México:Programa Universitario de Estudios de Género y Centro Coordinador y Difusor de Estudios Latinoamericanos de la UNAM / Plaza y Valdés Editores, 158 pp.
  2. PEZA, Juan de Dios (1897): Prólogo a Obras de Manuel Acuña, Barcelona: Imp. Casa Editorial Sopena, 16 pp.
  3. Poètes francaisdes XIX et XX siècles (1987): Prèface de Serge Gaubert, choix, commentaires et notes de Daniel Leuwers, Paris: Le Livre de Poche, 192 pp.
  4. PRIETO de Landázuri, Isabel (1883): Obras poéticas de..., México: Imprenta de Ireneo Paz, 448 pp.
  5. SIERRA, Justo (1991): “Victor Hugo” en Obras completas. Tomo III. Crítica y artículos literarios, México: UNAM, pp. 64-81.
  6. VIGIL, José María (1883): “Estudio biográfico y literario” en Obras poéticas de Isabel Prieto de Landázuri, México: Imprenta de Ireneo Paz, 103 pp.

Considero, con Susana Montero Sánchez, que bien podría agregarse a esta lista la influencia alemana, toda vez que autores como Goethe y Schiller son mencionados con frecuencia por Altamirano y otros escritores. Cfr. Susana A. Montero Sánchez, La construcción simbólica de las identidades sociales. Un análisis a través de la literatura mexicana del siglo XIX, México, UNAM / Plaza y Valdés Editores, 2002, p. 25. Un libro que permite apreciar la magnitud de la presencia alemana en nuestro país es el de Marianne O. de Boop, que es el resultado de un arduo recorrido por la prensa decimonónica mexicana en la que se encuentran numerosos artículos, traducciones y noticias sobre la literatura y los escritores de ese país europeo. Cfr. Marianne O. de Boop, Contribución al estudio de las letras alemanas en México, México, UNAM, 1961, 510 pp.

La de Lamartine apareció en el tomo I, en tres partes, páginas 343-346, 376-380 y 408-411. La de Hugo -que constó de cuatro partes- vio la luz en el segundo tomo, también de 1869, páginas 180-182, 214-215, 246-248 y 258-260.  

“«Hugo, c’est la poésie même, dans sa diversité, dans sa vitalité.» Cfr. Poètes francais des XIX et XX siècles, Choix, commentaires et notes de Daniel Leuwers, Paris, Le Livre de Poche, 1987, p. 165. 

No hemos podido localizar esta antología que debe ser fundamental, entre otras cuestiones, para estudiar la teoría y la práctica de la traducción en el siglo XIX, como lo señala Carlos Guzmán Moncada en De la selva al jardín. Antologías poéticas hispanoamericanas del siglo XIX, México, UNAM, 2000, p. 193.

Nacida en España, llegó a los tres años a México, país que consideró siempre como su  patria. En 1874 se fue a vivir a Hamburgo, al ser su esposo -Pedro Landázuri- nombrado cónsul de México en esa ciudad, en la cual murió en septiembre de 1876.

Esta composición es “Le crucifix” [“El crucifijo”], considerada por Justo Sierra –junto con “El Lago” y “El Canto de amor”, «[…]las tres perlas de las Meditaciones, que son la perla entre las obras del gran poeta». El Renacimiento. Periódico literario. México, 1869, (edición facsimilar, 1993), México, UNAM, t. I, p. 344.

“La joven cautiva”.

“El viejo cabo” y “Los recuerdos del pueblo”.

De Les Feuilles d’automne, “A un voyageur” [“A un viajero”], “A mes amis S.B. et L.B.” [“A mis amigos S.B. y L.B.]” y el poema “XX”; de Les Rayons et les Ombres, “A Laure, Duchesse D’A” [“A Laura Duquesa de A”] y el poema “XXIV”; de Les Châtiments, “XI” [“Canción”]; de Odes et Ballades, “La Grand’ Mère” [“La abuela”], “Encore a toi” [“Siempre a ti”] y “Son nom” [“Su nombre”]; de Les Contemplations: “15 Fèvrier 1843” [“15 de febrero de 1843”], “A Mademoiselle Louise B.” [“A la Señorita Luisa B.”] y “Crépuscule” [“Crepúsculo”] y de Les Chants du crepùscule, el poema “XXV”.

Estas cuatro traducciones son “Envoi a ***” [“A…”] y el poema “XXVII” [“La pobre flor”] de Les Chants du crepùscule; “Soirée en mer” [“Una noche en el mar] de Les Voix intérieures y “XX” [“Relligio”] de Les Contemplations. Al revisar las versiones en francés de estos diecisiete poemas y al compararlas con las traducciones realizadas por Isabel -tanto las incluidas en la compilación de Vigil como en las que dio a conocer El Renacimiento- me he dado cuenta de que se omitieron elementos paratextuales que aportan información relevante y que van desde la fecha y lugar de la composición, hasta epígrafes, dedicatorias y notas a pie de página que ayudan a contextualizar el poema en cuestión. En varias ocasiones se llega a omitir el título del libro al cual pertenece la composición traducida.

E incluso en libros publicados en las primeras décadas del siglo XX. Tal es el caso de un volumen de poesías comprado recientemente en una librería de viejo. Le faltan algunas páginas que nos impiden conocer el título y la fecha de la publicación pero en la presentación se aclara que es un volumen que ofrece hermosas recitaciones escolares de todo género “escrupulosamente corregidas” [léase censuradas] para que puedan representarse o recitarse en los escuelas católicas de instrucción pública. A lápiz aparece la fecha de 1932, que podría ser el año en que fue adquirido el libro. No lo sabemos. En este volumen se incluye “La plegaria”, una de sus composiciones más conocidas, en la cual una madre enseña a orar a su hijo. La teatralidad del cuadro se presta perfectamente para su representación en los festivales escolares.

Poema XIX de Les Feuilles d’automne (1835). Epígrafe de André Chénier: Le toit s’égaie et rit / El hogar se alegra y ríe. Cfr. Rafael García de Mesa, Victor Hugo, 1802-2002. Antología íntima, Córdoba, Universidad de Córdoba, 2002, pp. 69-71. 

Principalmente en los poemas “A mi hijo”, “La madre y el niño”, “A mi hijo dando limosna” “La plegaria” y “El ángel y el niño”, Obras poéticas de Isabel Prieto…, México, Imp. de I.Paz, 1883, pp. 104-107, pp. 151-154, pp. 200-204, pp. 221-226 y pp. 259-265.

Por lo demás, esta imagen de la madre contemplando al hijo que duerme la encontramos también en un cuadro de una pintora contemporánea de los dos escritores que hoy nos ocupan. La impresionista francesa Berthe Morisot (1841-1895), quien en 1872 pintó un cuadro titulado, precisamente, “Le Berceau” [“La cuna”].

Isabel los traduce así: «La madre se acerca en tanto, / Y teme al mecer la cuna, Que pesadilla importuna / Le venga el alma a oprimir. / Con ternura le contempla, / Embelesada le admira, / Y le hace, al ver que suspira, / Con un beso sonreír.» Ibid, p. 357.

Poema “La madre y el niño”, fechado en México el 5 de enero de 1870. Ibid…, pp. 151-154.

«Sa mère a des ailes / Comme les oiseaux». La traducción de estos versos que ponemos en el cuerpo del texto es la de Rafael García de Mesa, Op. Cit., p. 73. Isabel traduce: «Su madre tiene alas blancas». Op, cit., p. 356.

Esta trágica escena es evocada en el último sexteto del poema “A Mademoiselle Louise B.”: « Nous vivons tous penchés sur un océan triste. / L’onde est sombre. Qui donc survit? qui donc existe? / Ce bruit sourd, cést le glas. / Chaque flot est une âme; et tour fuit. Rien ne brille. / Un sanglot dit: Mon père! Un sanglot dit: Ma fille! / Un sanglot dit: Helas!». Victor Hugo: Les Contemplations, Paris, Pocket, 2004, p. 334. Isabel Prieto lo traduce así: «Vivimos inclinados sobre un océano triste, / La onda es negra… ¿Quién, pues, sobrevive o existe? / ¡Tocan a muerto allí! / Cada ola es un alma… todo huye… ¡qué agonía! / Dice un sollozo: “Padre”, un sollozo “Hija mía” / Un sollozo: “¡Ay de mí”!», Op, cit. p. 361.

“Dans l’église, 15 février 1843”. Sur le manuscrit: «à ma fille, en la mariant, 15 février 1843», Victor Hugo, Op. Cit., p. 273.

«Fille, épouse, ange, enfant, fais ton double devoir», Ibidem.

“A Laure, Duchesse D’A”, traducción de Isabel, Op. Cit…, pp. 327-329.

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