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Inversión, transgresión y equidad. La tradición carnavalesca y su asimilación en las costumbres mexicanas

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Blanca Estela Ruiz

 

 

La risa carnavalesca es ante todo
 patrimonio del pueblo

Mijail Bajtin, La cultura popular en la Edad Media 

y en el Renacimiento: el contexto de Francois Rabelais

 

En esta obra publicada en 1965,  el crítico ruso explica el carnaval como una segunda vida del pueblo basada en el principio de la risa. Se trata de una fiesta de liberación temporal de la cultura dominante, de abolición provisional de las relaciones jerárquicas. Mientras las fiestas oficiales, tanto las celebradas por la Iglesia como por el Estado medievales, tendían a consagrar la estabilidad y la continuidad de las reglas sociales, políticas y religiosas gobernantes,  y las insignias y títulos reservan un lugar a los participantes de acuerdo con su rango, en las fiestas del carnaval todos eran tratados sin distinción: ni ricos ni pobres, ni viejos ni jóvenes, ni poderosos ni subordinados; simplemente personas que gozan y ríen, y que por un momento viven una “segunda vida” que les permite establecer una utópica relación igualitaria con sus semejantes. En esa parodia de la vida ordinaria que muestra un “mundo al revés” se busca la equidad para mantener y conservar el status quo, un orden social durante el resto del año: por un instante, el pobre se siente rico, el poderoso intenta servir al más necesitado, el ateo se hace obispo, el cuerdo da señales de locura...
Todo acontecimiento era susceptible de ser parodiado: desde las procesiones religiosas y la representación de los misterios litúrgicos, hasta cualquier acto oficial o civil (torneos, certámenes, nombramientos caballerescos, estatutos feudales...). En este ambiente carnavalesco, cómico y popular, dos celebraciones fueron muy conocidas: la “fiesta de los locos” (Testa stultorum) y la “fiesta del asno”. Ambas dieron muestras de esos rasgos característicos del carnaval: la inversión, la transgresión, la irreverencia y el intento de equidad. En la “fiesta de los locos por ejemplo, un Papa falso, sus dignatarios y el pueblo entero, solían recorrer la ciudad con una alegría estridente y desorden bullicioso; tomaban luego posesión de las naves ojivales de las catedrales góticas donde celebraban la parodia de una misa. En todas las manifestaciones de ruptura del canon, en esta “fiesta de los locos”, la locura se situaba por encima de la cordura.
No siempre la locura fue vista como un castigo divino por las faltas del hombre; en el imaginario popular no sólo el loco inspira repulsión o miedo, también se le considera un vidente que ve lo que los demás no pueden, o no saben, y por ello ha llegado a tomarse, incluso, por un hombre sabio. Actualmente, en algunas regiones, se sigue celebrando el 28 de diciembre, día de los inocentes, esta “fiesta de los locos”. La festividad es una visión bufonesca de la locura con muchos rasgos oníricos en un espectáculo grotesco en el que se exhiben las grandezas y miserias de la mente humana libres de las ataduras de la conciencia.
La
“fiesta del asno”, casi tan fastuosa como la anterior, consistía en honrar, en un oficio especial, a un sacerdote como el “jumento mayor”. Rango que aceptaba con una solemnidad ridícula ante la algarabía de un pueblo ataviado con disfraces de asnos. Pero también, en otras ocasiones, un burro era venerado como obispo, se le vestía con la indumentaria propia y se le introducía de espaldas a la catedral, halándolo del rabo. Esta fiesta se verificaba después de los festejos de la Natividad y antes de la Epifanía quizá como una alusión a aquel borrico que en sus lomos llevaba a la Virgen María pidiendo posada en las puertas de las casas de Belén la víspera de su parto, y que después se convirtió en elemento fundamental en las representaciones posteriores de los nacimientos que recordaban la llegada al mundo del Niño Jesús.
Al término de las festividades, esta inversión ritualizada provocaba (y sigue provocando hoy en día en los carnavales modernos) la legitimación del poder y la renovación del sometimiento de las clases dominadas. Poco a poco el poder no escatima medios para ocuparse de los espacios festivos y, apelando retóricamente a valores y costumbres locales, mantiene el control, la coacción y la censura. La fiesta se vuelve espectáculo y las masas que alguna vez fueron protagonistas, ahora son meros espectadores que contemplan, apabullados, un abigarrado tinglado de demostración de la ley y el orden. Pero “quien les quita lo bailado”, el carnaval los evade momentáneamente de la realidad, y aunque vivan una efímera vida falsa, la alegría y la risa del momento son legítimas.


Los orígenes del carnaval pueden rastrearse en las bacanales, saturnales y lupercales, celebradas en Roma respectivamente en honor de Baco (dios del vino), de Saturno (dios del tiempo y de la agricultura), y de Luperco o Fauno (dios protector de los rebaños). En estas fiestas se paseaba al dios honrado sobre un barco sobre ruedas llamado carro naval (carrus navalis) que en la actualidad denominamos “alegórico” porque es, en sí mismo, una alegoría, una representación de otros mundos casi siempre mágicos y fantásticos. De esta carroza que actualmente forma parte de los desfiles que celebran la tradición, se hace derivar la etimología latina de la palabra “carnaval”: carrus navalis – car navalis - carro navale - carro naval – car naval (Arnal: 2005). Y de la costumbre de elegir, de entre los participantes, a un rey que personificara a la deidad honrada y presidiera los festejos que culminaban con su sacrificio en el altar como un supremo tributo de veneración, hoy se conserva la elección de la “Reina del carnaval” y del “Rey feo” o el “Rey de los locos”. Obviamente estos “reyes” dan la bienvenida a un reinado de alegría y ya no son quemados, colgados o enterrados; en su lugar se inmola un muñeco símbolo de lo viejo, de lo pernicioso y del mal humor.
Estas ceremonias fueron, en un principio, cultos relacionados con la purificación y la fecundidad que celebraban el cíclico renacimiento de la primavera tras el letargo invernal. En el espíritu de la fiesta se daba una tregua al enemigo, se suspendían los suplicios, y amos y esclavos compartían el pan. Luego cobraron un carácter orgiástico que degeneraron en un ambiente de desenfreno y promiscuidad. Danzas obscenas y cantos satíricos eran parte de los festejos.
Durante la Edad Media el Papa Gregorio el Grande denominó al domingo antes del inicio de la cuaresma Domenica ad carnes levandas, de donde proviene carnem levare o carnelevarium, del latín vulgar, y finalmente la palabra italiana carne vale cuyas etimologías significan “quitar la carne”. Al respecto señala Ricardo Soca:

En español, Carnaval aparece ya en el Diccionario de Nebrija, en 1495, donde se define «Carnaval o carnes tollendas: carnis priuium» (privación de la carne) [...] Confirma este origen el sinónimo español carnestolendas, del latín tollere, abandonar. Actualmente ha quedado descartada la seudoetimología fundada en el otro sentido de la palabra levare (confortar, consolar) con base en la cual se había afirmado durante mucho tiempo que carnevale o carne levare significaba “confortar al cuerpo para prepararlo para la austeridad de la Cuaresma”. (Soca, 2003)

De ahí entonces que estos tres días que preceden a la cuaresma se denominen “carnaval” o “carnestolendas” (del latín carnis, carne; y tollendus, participio de tollere, quitar: “carnes que han de ser quitadas”). Mismo significado que guarda los términos alemanes “Faschingszeit” y “Fastnacht” (de fasten, “ayunar”), para designar ese periodo.
Para los católicos, el carnaval son los tres días (domingo, lunes y martes de carnaval) que preceden a la cuaresma cuyo inicio marca el miércoles de ceniza con la imposición de una cruz en la frente que le recuerda al hombre su breve estancia en la tierra y su retorno al polvo de donde fue creado. La cuaresma es una alusión a los cuarenta días y cuarenta noches que permaneció, sin comer ni beber, primero Moisés en el monte Sinaí, cuando le fueron entregadas las tablas de la ley divina; más tarde Elías, para preparar su encuentro con Yahvé; y por último, Jesús, en el desierto donde fue tentado por el demonio antes de iniciar su calvario.
Tiempo de renovación, de meditación y recogimiento, de purificar el alma y arrepentirse de los pecados, la cuaresma es ocasión de renovar los votos de la fe. La Iglesia católica “cristianizó” las antiquísimas fiestas del carnaval mediante ponderar las virtudes del ayuno, señal de luto y tristeza por la pasión y muerte de Jesucristo; de la oración, para calmar la ira de Dios y obtener su misericordia; y de la penitencia y aflicción interior, como una prueba de arrepentimiento y enmienda de los pecados cometidos. Así pues, el hecho de entregarse a un periodo de abstención dio motivo a que, como una última indulgencia, en los días previos se diera rienda suelta a gozar de los placeres a los que se habría de renunciar más tarde, siendo uno de ellos el consumo de carne. Antiguamente se dedicó una semana para ese hartazgo de carne a fin de no echarla de menos durante la cuaresma, razón por la cual al jueves previo al miércoles de ceniza se le denominó “lardero”, adjetivo que proviene de la palabra “lardo” que es la grasa del tocino, llamada también sebo o manteca. El abundante consumo de la carne grasosa, que devino en sinónimo de carne de cerdo, era una de las características principales de esta celebración que iniciaba la preparación del carnaval.
De las festividades paganas, principalmente de las lupercales que coincidían también por febrero muy cerca del equinoccio de la primavera, la cuaresma conserva el sentido de renovación y purificación, y no sólo del alma y del cuerpo, sino también de la vivienda y los enseres, fenómeno del que también dan cuenta las comparsas del jueves lardero, en donde mientras unos, dentro de las casas, piden para la gran comida de ese día, otros barren la entrada de los hogares como muestra de la generosidad del dueño. De esta tradición festiva da cuenta El libro del buen amor (1389) de Juan Ruiz, Arciprestre de Hita, donde se relata de una manera jocosa las festividades del jueves lardero y los enfrentamientos de carniceros y pescateros que, en una singular lucha, defendían y ensalzaban sus respectivas mercancías. Una impresionante proliferación de disfraces acompañaba la labia de los comerciantes para persuadir a los clientes. La derrota de los carniceros era temporal porque el domingo de ramos “Don Carnal” (personificación de la gula y los pecados de la carne) reclamaba sus derechos ante “Doña Cuaresma” (personificación de la penitencia, el ayuno y la abstinencia) quien permanecía victoriosa hasta el sábado santo para luego, derrotada “y de la mano de Dios”, dice el Arcipestre, “por montes e por valles” recobre las fuerzas perdidas para regresar el próximo año, llena de bríos, a retar otra vez a Don Carnal.
No tiene mucho sentido que la palabra carnaval signifique “abstinencia de carne”, pues ésta es muy consumida durante la festividad, de modo que se sospecha entonces que la palabra italiana carnevale viene a significar “carne vale”, es decir “que se puede comer” y se le relaciona con un origen pagano que la explica desde las calendas de junio que se iniciaban con las carnarias, fiestas gastronómicas de las habas y del tocino en honor de la ninfa romana Carna. Ésta, como las demás ninfas, hijas de Zeus, asociadas con la fecundidad y la gracia de la naturaleza, formaba parte del cortejo de Artemisa y se creía que cuidaba de los órganos vitales del hombre, razón por la cual se le honraba comiendo fabada (comida que resulta de la mezcla de tocino y una sopa de habas) ya que se pensaba que este alimento aseguraba la vitalidad de los órganos sexuales durante todo el año garantizando así la reproducción y permanencia del hombre en la tierra. Carna vivía en un gran bosque cerca del Tíber donde se aparecía a los mortales a quienes enamoraba con su belleza y encanto para luego escurrirse de nuevo entre la vegetación; hasta que un día se cruzó en el camino de Jano, el dios de los comienzos , al cual los romanos atribuían dos caras: una que representaba la conclusión de un año y otra, el inicio de uno nuevo. Jano logró engañarla, la poseyó y le arrancó algunos poderes que lo convirtieron en protector de la casa; a cambio le concedió a ella el título de protectora de los niños recién nacidos y le dio poder sobre las bisagras y manijas de las puertas para “abrir lo que está cerrado y cerrar lo que está abierto”. Se le conoce también bajo los nombres de Carnea, Grane, Carma, Cardinea o Cardea.
Sea cual fuere la explicación etimológica de la palabra carnaval, la única certeza es que se trata de la fiesta que precede la despedida de la carne, y no sólo de los platos, sino del cuerpo mismo prohibiéndose todo tipo de placer. Por esa razón se procurar gozar intensamente esos tres días que preceden a los cuarenta de abstinencia.
El tiempo carnavalesco se vive como un lúdico juego de oposiciones y contradicciones en donde la equidad tiene un profundo significado; incluso cobra sentido el apretujamiento de los cuerpos, pues el individuo se siente parte del gran cuerpo colectivo: el contacto con el otro reafirma el propio ser como un engrane importante en la compleja ingeniería social.
Cada región tiene una particular manera de celebrar el carnaval: sin duda, el más fastuoso es el de Río de Janeiro, Brasil, cuya característica distintiva es el movimiento sensual de escultóricos cuerpos al ritmo de la samba; las mejores escuelas de baile acuden al “sambódromo”, el enorme estadio abierto de la avenida Marqués de Sapucai, para competir entre sí por el título de la mejor; las calles se engalanan con la magnificencia de carros alegóricos presididos por la airosa reina que año con año se elige para esta ocasión; y tanto participantes como espectadores, disfrutan de una de las bebidas nacionales que más se consume en esta fiesta: la “caipiriña”, preparada con cachaca, un licor destilado con caña de azúcar. En el carnaval de Río, es común ver a “favelados” disfrazados de dioses griegos o emperadores romanos a bordo de carros alegóricos empujados o tirados por funcionarios y empresarios.
En Venecia, Italia, la máscara y el disfraz son elementos carnavalescos por antonomasia, porque de lo que se trata es de dejar de ser uno para ser otro y disfrutar de la fiesta sin limitaciones en un juego de ocultamientos. Nadie tiene identidad durante el carnaval donde es frecuente escuchar entre senderos y plazuelas de esta mágica ciudad de los canales, el particular saludo “Buon giorno, signora maschera” (“Buenos días señora máscara”) y acompañar las viandas con los vinos dulces de la zona del Venetto y los “chiacchere”, crujientes capas de pasta frita escarchadas con azúcar. El típico disfraz veneciano se conoce como “bauta” y consta de un amplio vestido blanco, un velo negro y un gorro del mismo color con tres puntas. La máscara es blanca y el compartimento destinado para la nariz, si bien la recibe holgadamente, ejerce sobre ella cierta compresión que provoca un cambio en el timbre de la voz para que nadie pueda reconocer a su portador aun cuando éste hable. El disfraz y la máscara permiten esconder la identidad para disfrutar plenamente de esta fiesta sin temor a ser juzgado.
Algunos lexicólogos, como Corominas, relacionan la palabra disfraz con el verbo catalán desfressar que quiere decir “borrar huellas” y que luego adquirió también las acepciones de “disimular” o “falsear”. Otras etimologías la vinculan con la palabra frazada con la que se designa además a la manta, capa o embozo; o con el verbo latino disfactiare, derivado de facere (hacer) que significa “desfigurar”. El teatro y el culto a los antepasados recién fallecidos parecen ser los orígenes del disfraz que en ambos casos implica la trasmigración de la personalidad, la representación del otro. En muchas culturas ancestrales que celebraban la despedida de un ciclo para iniciar otro nuevo, estaban presentes los artífices y guías muertos a quienes se les rendía homenaje caracterizándolos lo más fielmente posible: se trataba de que los vivos cedieran sus cuerpos a los difuntos para que ellos viviesen y actuasen durante la fiesta, como un último tributo a la vida de la que debían despedirse sin congoja. Las máscaras y disfraces del carnaval de Venecia dejan que la alegría interna salga con toda su intensidad permitiendo a sus portadores, salirse de sí mismos como un ejercicio de examen de conciencia, para mirarse desde fuera.
En la Ciudad de Nueva Orleáns, en Louisiana, EU, a pocos kilómetros antes de la desembocadura del río Mississippi, el saxofón marca los ritmos del jazz que ameniza el carnaval, temporada de bailes y desfiles que se celebran a partir del 6 de enero (la Epifanía o día de los Reyes Magos) hasta el Mardi Gras (“martes gordo” o “grasoso”), día previo al miércoles de ceniza según el calendario cristiano. El término alude a la costumbre parisina del boeuf gras o becerro engordado que representa la estación de plenitud que precede a la de escasez, y que encabezaba los desfiles del carnaval durante la Edad Media, ahora presente generalmente en una figura de papel maché. En los coloridos desfiles de Nueva Orleáns, es común ver atuendos verdes, dorados y morados que son aquí los colores del carnaval, y que quienes van desfilando arrojen a su paso una lluvia de monedas de metal, todo tipo de juguetes pero sobre todo, de collares con cuentas de plástico a los espectadores que, frenéticos, no cesan de gritar throwme something (“tírame algo”). Dicen que el viajero que visita Nueva Orleáns olvida sus problemas porque en esta ciudad, sugieren sus habitantes de alegre descendencia hispano francesa y vudú africano, laissez les bons temps rouler (“deja que los buenos tiempos rueden”), y caminando por la Bourbon Street, al compás de las notas del saxofón, un gran tarro de cerveza en la mano y degustando un buen trozo de king cake, esos tiempos efectivamente “ruedan”, y muy bien.
Depende de los lugares en donde se celebren, las fiestas del carnaval tienen una duración distinta. En muchos sitios tienen lugar inmediatamente después del solsticio de invierno o de la Navidad; en otros, a comienzos del año nuevo, pero generalmente inicia con el “jueves gordo o lardero”, previo a la cuaresma cristiana y continúa el domingo, lunes y martes “de carnaval” (cuando llega a su plenitud) para concluir el miércoles de ceniza con el “entierro de Juan Carnaval”, en donde se emula un cortejo fúnebre que recorre las calles principales del lugar mientras la viuda (que es la reina del carnaval) llora la muerte de Juan y antes de la inhumación lee públicamente su testamento: un documento chusco dedicado a figuras públicas y ciudadanos locales populares.
En España, esta ceremonia se conoce como el “entierro de la sardina” en cuyos inicios se celebraba con la sepultura de un costillar de cerdo en señal de la carne que se dejaría de comer durante los días de cuaresma. Con este rito se pretendía atraer fertilidad en los animales ante un nuevo ciclo de reproducción. Luego el costillar dio paso a ese pez denominado sardina. En algunas regiones españolas el rito se celebra al inicio de la cuaresma para que la pesca sea abundante (y la sardina no se entierra sino se libera en las aguas de donde salió). En lugares como Murcia, la celebración se hace al término de la cuaresma para indicar el fin de la abstinencia.
“El entierro de la sardina” parodia un cortejo fúnebre por las calles del pueblo que encabeza un fiscal encargado de despejar el camino por donde pasará el entierro. Un sacerdote y un monaguillo son seguidos por una carroza adornada con flores y ofrendas en cuyo interior viaja una enorme sardina. Detrás van las viudas del pez, que no son sino un grupo de hombres, exageradamente maquillados y ataviados con grotescos atuendos femeninos quienes, entre llantos y gritos de dolor, van confesando sus pecados al falso sacerdote. En medio de la procesión, el personaje del Diablo danza de un lado a otro para obstaculizar el paso del entierro y tratar de raptar a la sardina, cosa que impiden los personajes que representan a los policías quienes mantienen el orden hasta llegar al sitio donde, una vez leído su jocoso “testamento” se libera lanzándola a las aguas o se entierra, con lo que se pone fin a los festejos carnavalescos.
En nuestro país, para disfrutar del carnaval es preciso, primero, quemar el mal humor materializado en una mojiganga (una enorme muñeca de trapo) que representa las dificultades, los malos ratos y las preocupaciones que desaparecen mientras arden al compás de la música popular de cada región. El carnaval mexicano más antiguo es el de Campeche, que data de mediados del siglo XVI, pero sin duda alguna los más populares son los que se celebran en Mazatlán y en Veracruz.
En el carnaval mazatleco se despliega un espectacular desfile de carros alegóricos cuya única temática cambia cada año. Se hace coincidir el carnaval con un importante concurso de poesía y una suculenta muestra gastronómica que se presenta en las más importantes plazas de la ciudad. Mientras la vista disfruta del intercambio de fuegos artificiales entre los que lanzan los guardacostas anclados en la bahía y los que se encienden en tierra firme, el gusto se deleita con los típicos tacuarines, rosquillas horneadas de piloncillo, harina, manteca y anís, espolvoreadas con azúcar.
En la ciudad de Veracruz, el mal humor generalmente es encarnado por la figura de un personaje público aborrecido quien, tras intentos fallidos por esconderse y huir, es atrapado y sometido a un chusco juicio y sentenciado a la hoguera. Entonces una serie de detonaciones y pirotecnias multicolores anuncian que el carnaval ha iniciado y la algarabía es total: preocupaciones y problemas se dejan atrás para abrir paso al regocijo de estar vivo. Los tradicionales “toritos” (bebidas típicas elaboradas con leche, guanábana, alcohol y cacahuate) corren de mano en mano y salen a relucir antifaces, gorritos, serpentinas y una lluvia de confeti que da la bienvenida al reinado del “Rey Feo”, rey de la alegría, y las tarimas retumban con los zapateados al compás de jarabes y huapangos.
En Jalisco, por ejemplo, son famosos los carnavales que se celebran, desde 1917, en Sayula, un poblado que se localiza al sur, y que han materializado el “mal humor” en la figura de Apolonio Aguilar, un personaje de la literatura popular famoso por la célebre leyenda de “El ánima de Sayula” que desde hace varias décadas se mantiene viva en los versos de la tradición oral.
Para preparar el ánimo de los sayulenses hacia los festejos del carnaval, cuatro personas disfrazadas de “momias” cargan un ataúd (en cuyo interior se cree, yacen los restos del mal humor), que van paseando por las calles para anunciar al pueblo su muerte. Detrás va el “duelo” conformado por un grupo de personas disfrazado de una heterogeneidad de personajes casi siempre de la política, la farándula y la vida pública. Cuando el cortejo fúnebre llega a la plaza principal, se coloca el sarcófago en una pira donde se incinera con el mal humor dentro; y mientras se consume, se prepara la lectura del festivo “testamento” de Apolonio Aguilar/Mal Humor como ilustran los versos leídos que, para esta ocasión, se leyeron en el Carnaval de 1988:

es costumbre en carnaval
y se toma con fervor,
para no sentirnos mal
enterrar el mal humor.
[...]
mas también es la costumbre,
a su debido momento,
aunque algunos echen lumbre,
redactar mi testamento.

 

En este documento testamentario se recrean las costumbres de la vida cotidiana de los sayulenses, y principalmente se ofrecen semblanzas caricaturescas de las personalidades de la localidad a quienes no sólo Apolonio hereda bienes y consejos,  sino que además, saca “sus trapitos de la bruma”, desenmascarando defectos en una mezcla de solemne jocosidad como se advierte, por ejemplo, en una estrofa del “Testamento del Mal Humor” leído en el Carnaval de Sayula de 1969, dedicada a un hombre llamado don Luis Calvario, cuya tacañería era conocida por todos sus paisanos:

            Le dejo allí en el mercado
            dos centavos de verduras,
            las escamas de un pescado
            y algunas tortillas duras.
             Y pa’ su mal de ser codo,
            las cataplasmas de lodo.

 

Evidentemente el humor es un recurso efectivo que no sólo cautiva y entretiene sino que también desenmascara y denuncia, recurso muy eficaz en estas jornadas festivas donde la multitud se abre sin reservas al desenfreno lúdico y jocoso, olvida tabúes e infringe reglas en una profunda carcajada que, como una válvula de escape que libera tensiones, da rienda suelta a una transitoria utopía de libertad e igualdad entre los hombres.

BIBLIOGRAFÍA CITADA
Arnal, Mario. (2002) “Carnaval”, “Prosopopeya del carnaval…”, El carnaval en la Edad Media…”, “El ciclo de las celebraciones pascuales…” (10 de febrero de 2002. Fecha de consulta: 02 de mayo de 2005). En Logo PRENSA DIARIA DE OPINIÓN. Barcelona, España: http://www.elalmanaque.com/carnaval/carnaval.htm

Soca, Ricardo (2008) La fascinante historia de las palabras


Como ha sido el caso del más famosos de los locos de la literatura universal, el caballero andante, Don Alonso Quijano, mejor conocido como el Quijote de la Mancha. El Elogio de la locura (Seu laus Stultitiae, 1511) de Erasmo de Rotterdam, con discreta ironía y buen humor presenta la locura como elemento necesario para hacer posible la vida de los hombres.

Mario Arnal, investigador del tema, señala que “En las saturnales romanas, 30 días antes de la culminación de las fiestas, los soldados elegían como rey al más bello de entre sus compañeros. Durante 30 días tenía poder absoluto sobre ellos. Y el último día le obligaban a matarse en el altar del dios Saturno, de quien era personificación. En Creta, Olimpia y otros pueblos griegos, se inmolaba cada año a Cronos un hombre. En Rodas se le embarraba y se le daba muerte. Los judíos, en la fiesta de los Purím crucificaban una efigie de Amán y después la quemaban”. (Arnal: 2005)

Actualmente, la mayoría de los católicos (por lo menos de nuestro país) evita este tipo de alimento sólo el miércoles de ceniza, los viernes de cuaresma y los días santos de la semana mayor. Los menos ortodoxos se abstienen de comer carne nada más el miércoles de ceniza y el viernes santo.

Razón por la que se le dedica el primer mes del año, “January”, en inglés.

Con algunas modificaciones, el entierro de la sardina se sigue celebrando en distintos lugares no sólo de España sino también de Latinoamérica. A fines del siglo XIX el escritor español Leopoldo Alas “Clarín” en el relato que titula precisamente “El entierro de la sardina”, refiere una variante: luego de una gran cena en la que participan numerosas familias, ya entrada la noche se atavían con capuchas blancas, enorme narices y antorchas en mano para participar en el cortejo luctuoso donde se lleva una sardina de metal blanco que se obsequia al valiente que se atreva a pronunciar ante la multitud, una gustada oración fúnebre del humilde pescado. Entonces, el propietario de la sardina metálica, se la regala a la mujer que más le agrade de entre las concurrentes.

Al “Rey feo” también se le conoce como “Rey Momo” en honor de aquel dios de las chanzas y las burlas, hijo del sueño (Hipnos) y de la noche (Nix o Eris), al que se le rendía culto en la antigua Roma y que con chistes, travesuras y bromas, divertía a los dioses del Olimpo. Era considerado protector de escritores y poetas. Generalmente se le representa vestido de arlequín, escondido tras una máscara y con un palo pequeño, tosco y mal labrado, en cuyo extremo tiene la forma de cabeza de muñeco, símbolo de la locura.

Sobre el “El ánima de Sayula”, véanse los trabajos que Clara Cisneros ha presentado en los congresos anuales de la Sociedad Internacional para los Estudios del Humor Luso Hispano celebrados en las ciudades de Guadalajara (2002), San Juan de Puerto Rico (2003) y el Distrito Federal (2004). Ella ha recopilado, tanto en archivos municipales como en bibliotecas privadas, estos testamentos jocosos que originalmente se escribían a máquina, en papel cebolla y copias al carbón.

 

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