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Diálogo entre la historia y la ficción

Comentarios sobre el inicio de la Guerra de Independencia, Hidalgo y la novela Los pasos de López, de Jorge Ibargüengoitia

 

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Luis Rico

 

 

 

Mi formación periodística me predispone a la concisión. Por otra parte, mi perfil profesional, que simpatiza con la minuciosidad y el estudio exhaustivo de los temas, me obliga a ser específico en sacrificio de la brevedad.
Por eso, el título Diálogo entre la historia y la ficción intenta economizar conceptos, y el añadido pretende especificar el rumbo de mi exposición. El primer inconveniente salta desde estas primeras líneas, por lo que me adelanto a matizar para evitar equívocos u objeciones bizantinas.
No voy a poner a dialogar la historia y la ficción —discusión de decenios que, si bien fructífera, no ha proporcionado conclusiones definitivas—, simplemente intentaré bosquejar los primeros pasos que dio nuestra nación hacia la Independencia y presentar, también en boceto, a una de sus imágenes centrales: Miguel Hidalgo.
La justificación para ocuparme de estos temas me la proporciona el tercer punto que desgloso: cómo son recreados en una obra de ficción, Los pasos de López, del dramaturgo y narrador guanajuatense Jorge Ibargüengoitia.

1. Las dudas y la curiosidad: la semilla del conocimiento
Mi punto de partida serán una serie de interrogantes a las que no pretendo dar respuesta, sino sólo tomar como rumbo para dirigir mis reflexiones. De manera general, me pregunto: ¿De qué manera el discurso histórico y el literario plantean un mismo suceso? ¿Cómo configuran a los sujetos que protagonizan los acontecimientos? ¿Qué aspectos subrayan, cuáles minimizan u omiten? ¿En qué términos específicos construyen a unos y otros?
Las cuestiones particulares serían las siguientes: ¿Qué ocurrió durante los poco más de diez meses que duró la campaña de Hidalgo y que se reconocen como los primeros pasos de la guerra de Independencia de México? ¿Quién fue Hidalgo, qué pasó por su cabeza en esos aciagos y turbulentos días? ¿Qué acciones, qué motivaciones lo llevaron a protagonizar los hechos que la historia registra, a reaccionar como lo hizo, a concluir su odisea en las circunstancias que todos conocemos?

2. Propuesta de Bloch
Marc Bloch, en su Introducción a la historia plantea, en la parte inicial de su libro, que «los lectores de Alejandro Dumas no son, quizás, sino historiadores en potencia, a los que sólo les falta la educación necesaria para darse un placer más puro, y, a mi juicio, más agudo: el del color verdadero». (Bloch, 2006, p. 12-13).
Los historiadores aplaudirán y se adherirán sin condiciones a tal afirmación, pero esos lectores a que alude Bloch —y, me parece, los escritores también— no podrán sino sentirse insultados al resaltar su «falta de educación» y lo «impuro» de su placer.
Respecto al «color verdadero» habría muchas más objeciones de índole filosófica, pero para no complicar la discusión los remito a Mario Vargas Llosa, quien de forma brillante subraya la verdad de las mentiras que cuenta la literatura.
De cualquier manera, esta concepción no hace sino evidenciar el divorcio que existe entre ambos discursos, entre la intención que persiguen y su finalidad. Una perspectiva menos apasionada, menos inclinada hacia uno u otro extremo, nos permitiría asegurar que existe complementariedad mutua, que la confrontación entre ambos nos ayudaría a obtener conclusiones más complejas y matizar con mayor profundidad el suceso relatado.
Llama la atención que el propio Bloch defienda, en otra parte de su obra, la necesidad de encontrar el lado divertido de la historia. Destaca que cuenta con «sus propios placeres estéticos» y previene: «cuidémonos de quitar a nuestra ciencia su parte de poesía». (Ibíd.).

3. Propuesta de Fadanelli
En un ensayo reciente, el narrador Guillermo Fadanelli abordó la cuestión en los siguientes términos: «Como los escritores no están ceñidos a una estructura jurídica o a un conjunto de normas rígidas que los limiten a la hora de observar o contar el mundo que los rodea, pueden obtener de la contradicción, el desorden y la mirada propia un conocimiento que es narrado desde el arte, no desde una ciencia o un método preciso» (Fadanelli, 2009, p. 50-51).
La historia, claro, enfoca también esa contradicción y ese desorden, pero por su pretensión de ciencia aspira a exhibir y explicar esas contradicciones y a poner orden en el caos; es su naturaleza, qué remedio. Y los lectores, también, buscan el consuelo de un destino o una finalidad para sus actos.
Continúa Fadanelli:
La literatura al estar formada de palabras es en sí misma un saber de las cosas que no debería hacerse a un lado, ni tampoco sustituirse por un puñado de conocimientos parciales, especializados y analíticos que habrán de llevarnos de nuevo a la edad de las cavernas. Tengo la impresión de que sin esa noción del todo a la que aspira el desorden subjetivo de cada obra literaria será aún menos sencillo unir o dar sentido a las partes que forman el saber de los hombres». (Idíd.).
¿La narración documentada, el conocimiento de los hechos históricos puede regresarnos a la edad de las cavernas? Antes de que disparen sus doctas balas académicas permítanme añadir una aclaración del propio autor: su conclusión es parcial y extremista, y, por tanto, sujeta a polémica.
¿Entonces, por qué la expongo en esta mesa de discusión? Trato de evidenciar el contrapunto que exhiben la perspectiva de Bloch —historiador— y la de Fadanelli —narrador—, que representan los dos extremos de mi tema de estudio, entre los cuales fluyen un sinfín de matices. Precisamente, insisto, trato de poner el énfasis en ambos extremos porque muestran con nitidez el espacio en el que discurre el diálogo de ambos discursos: el histórico (científico) y el literario (artístico) como formas diferentes y complementarias de aproximarse a la realidad (palabra polémica por sí misma).

4. Cada quien su historia
Ahora quisiera apelar a la buena fe de mis lectores; les pido que depositen su confianza en mis conclusiones. Por razones de espacio no puedo llenar estas páginas con citas de las diferentes versiones que he leído sobre los sucesos del inicio de la guerra de Independencia y sobre la figura de Hidalgo.
Me parece que no hay dificultad para trazar la ruta que siguió nuestro prócer. Dentro de las diferencias, omisiones y contradicciones existe un consenso que permite elaborar una radiografía de los incidentes más relevantes, y con los cuales se reconstruyen, sin muchas objeciones, los primeros meses del camino hacia la independencia; lo mismo se puede afirmar de la vida de Hidalgo, aunque sobre el personaje resulta más notorio el contraste en los puntos de vista.
Pero fuera de este mapa general de incidentes y de caracteres encontramos escasas coincidencias. La primera razón de historias tan dispares obedece a la manera como influye la personalidad y la formación de quien relata los sucesos. Aunque su pretensión de objetividad diga lo contrario, el inconsciente lo traiciona. Castoriadis emplea el concepto de imaginario para referirse a este fenómeno. Asegura: «Lo antiguo entra en lo nuevo con la significación que lo nuevo le da y no podría entrar en lo nuevo de otra manera». Es decir, el imaginario de los liberales del siglo XIX, de los positivistas, de los especialistas del siglo XXI contamina la visión de los albores del XIX; se trata de la reinterpretación de esa época con los ojos del historiador actual. En los textos consultados, una y otra vez brotan (como pez que salta en aguas tranquilas) lapsus que revelan las intenciones ocultas de sus odios, afectos y emociones personales.
Así, cuando se pretende rescatar el pensamiento de Hidalgo y referirlo al contexto de la Enciclopedia y de la revolución francesa —arena dispuesta para el debate— y se pretende fundamentar en ellos su preocupación por los problemas sociales y los sufrimientos de los humildes y los desheredados, lo que en realidad se hace es proyectar conceptos definitorios de la retórica paternalista e hipócrita de los políticos del México priista. El PAN ya eliminó esos temas de su discurso.
Ibargüengoitia también proyecta su perspectiva sobre la historia de 1810, pero no se escuda en la «objetividad» o en la «cientificidad»; el juego de desdoblamiento de su personaje enfatiza la defensa que en cierta ocasión hizo de su historia: «Yo la escribo como me da la gana» (Ibargüengoitia, 1990, p. 88). En Los pasos de López el protagonista no es Hidalgo; el lector pensaría «se trata de Domingo Periñón», pero estaría equivocado: el protagonista es López.
Se debe tomar en cuenta, para entender la relación de hechos, la intención de la historia: ¿Se quiere minuciosa, esquemática, se hace el énfasis en los sucesos o en los personajes? Lo mismo podemos encontrar una batalla narrada con una leve pincelada que descrita con una minuciosidad de cuadro por cuadro. Me llama la atención el hecho de que la mayoría se enfoca en los incidentes de septiembre de 1810 a julio de 1811, y los antecedentes los despachan en dos párrafos. En la novela ocurre lo contrario: dos terceras partes del relato se ocupan de esos antecedentes y los meses aciagos se llevan el resto de la historia. La estrategia es obvia: el énfasis está puesto en los protagonistas, en sus motivaciones, anhelos, virtudes y debilidades, porque el desarrollo de los acontecimientos sería inexplicable sin la comprensión profunda del ser humano que los ejecuta.
De acuerdo con la fuente que se consulte, entonces, las batallas están presentadas con mayor o menor extensión, y se subrayan unos u otros rasgos, enfatizando —o minimizando— la intensidad del suceso. Algunas obras históricas sólo dan pinceladas, hechos escuetos del inicio de la guerra que apenas sugieren el dramatismo de la lucha. ¿Por qué esta exposición tan esquemática en la relación histórica? Por su carga emotiva, rasgo reñido con la perspectiva científica.
Notoria también la cuestión de mercadotecnia: todos nos quieren vender su versión. El sujeto del discurso es el dueño de la verdad, y lo que cuentan el resto no son más que invenciones nacidas del prejuicio, la mala intención y la incapacidad de interrogar adecuadamente a sus fuentes. La moneda corriente entre ellos es la desacreditación mutua, y una y otra vez encontramos la frase «se dice…» para añadir en seguida «pero lo que en verdad ocurrió…».
Aunque debo matizar: hay de historiadores a historiadores. Ibargüengoitia hace blanco de su crítica, de su aguda ironía, a los «pintores chambistas [complemento de los historiadores del régimen] de la Escuela Mexicana que aprovecharon el contrato para explicarnos por enésima vez cómo les vibran las almas al unísono con la cultura oficial», reprueba los «dogmas de la SEP» y, sobre todo, subraya la torpeza narrativa, la incapacidad para convertir la historia en un suceso interesante:
Con el culto a los héroes, lo único que se ha logrado es volverlos aburridísimos. Tanto se les ha depurado y se han suprimido con tanto cuidado sus torpezas, sus titubeos y sus debilidades que lo único que les queda es el pañuelo amarrado en la cabeza, la calva, o alguna frase célebre. (Ibargüengoitia, 1992, p. 40).
En más de un autor se percibe un tono especulativo, dubitativo, más allá de las lagunas naturales que los documentos o los testimonios no pueden subsanar. El inicio de la guerra de Independencia y la figura de Hidalgo, por su trascendencia para nuestra historia, seducen a muchos improvisados, novatos o aficionados que se apuntan a abordar el tema (o que lo hacen porque les pagan por ello). El resultado: estos historiadores al vapor incurren en imperdonables errores no sólo de exposición, sino también de método, y son incapaces de conciliar las contradicciones, o de realizar una investigación a fondo para descubrir qué se esconde detrás de ellas. Por otra parte, los especialistas, muchas veces orillados por la necesidad —doscientos son muchos años para contar la misma historia—, atomizan los hechos o los rasgos de los personajes, lo que vuelve su versión parcial y no permite al común de los mortales hacerse una idea clara de lo que se investiga.
Se da el caso extremo —por no decir ridículo— de que muchas veces, al leer estas versiones, parece que los autores juegan al teléfono descompuesto: se escucha una versión y el segundo oído la acomoda según su capacidad o su entendimiento le permiten; un tercero, basado en esta relación, la reinventa con el mismo criterio, de tal manera que llegamos a nuestros días con más dudas que certezas.
De la misma forma, mientras se repasan los textos, uno se pregunta: ¿son fiables las fuentes documentales que presumen muchos historiadores, o la interpretación que se hace de ellas? Prevalece, muchas veces, la falta de rigor documental y de objetividad, lo cual lleva al autor a incurrir en errores y en omisiones notables que distorsionan tanto los hechos como la personalidad de Hidalgo.
Los silencios son elocuentes: permiten distorsionar y manipular los hechos al gusto del expositor. Así ocurre con el primer destierro (claro, yo también hago mis propias interpretaciones) de Hidalgo, cuando es asignado al curato de Colima. Este hecho no se menciona en todas las fuentes. Su inserción o ausencia depende de las intenciones del narrador: si se desea hacer el panegírico no se explica la razón del traslado; si, en cambio, se busca denigrarlo, se subrayan los líos de faldas y la discreción con que las autoridades eclesiásticas manejaron el tema para evitar escándalos. Para algunos, se trató de un castigo; para otros, de un ascenso. Si no se callan las razones se hace énfasis en su trato poco decoroso con algunas mujeres, en que era un bocón y cuestionaba la autoridad de la iglesia y los dogmas de fe. Para respaldar el argumento del ascenso hacen el comparativo entre el sueldo del rector y las rentas anuales del curato de Colima, mayores éstas que aquél.
Hay otras razones para no hablar del destierro (¿o del ascenso?): los panegiristas nos presentan a un sujeto histórico casi perfecto, un héroe que avanza hacia la «senda de la inmortalidad», sin mancha, porque de esa manera debe ocupar el pedestal de la historia: sin nada que reprocharle.
En otros momentos atestiguamos esta polarización tan marcada: Hidalgo es lo mismo un dirigente con costumbres espartanas que un sibarita que vive como jeque oriental —harén incluido—, un hombre vigoroso en plena madurez o un «venerable anciano de pelo cano»; un villano asesino e incluso un héroe que debe ser inmortalizado y entronizado en los altares de la patria. Incluso se va más allá: el hombre de carne y hueso se transforma primero en héroe y al final termina como personaje mítico.
Los historiadores emplean recursos fáciles y poco efectivos: descripciones escuetas y generales que no permiten formarse una idea precisa sobre los acontecimientos y la personalidad de Hidalgo; se dificulta, también, obtener conclusiones suficientes al respecto. Se insiste en una adjetivación que enfatiza rasgos acartonados, parciales, como reconoce Ibargüengoitia: sólo se crean estereotipos.
Un simple repaso por algunos de los títulos que se ocupan del tema permite corroborar lo dicho hasta ahora: «la vida del héroe», «hacia la senda de la inmortalidad». Una de las obras de Luis Castillo Ledón justifica el empleo del apelativo: su rigurosidad documental, su minuciosidad expositiva no sólo presenta al héroe —es decir, un ser con rasgos casi divinos— sino también al hombre que sufre penurias, arrogante en ocasiones, irreverente ante la autoridad y las instituciones, e incluso capaz de infringir los principios sagrados que fundamentan su ser: un sacerdote que engendra cuatro hijos (tema puesto en duda por otros especialistas). Sin embargo, no deja de subrayar el carácter heroico de los actos de Hidalgo.
Como se ve, el discurso de la historia recurre incluso a los conceptos de la mitología y de la ficción, que en cierto momento se erigen en verdad irrebatible; con ello, claro, se destruye la supuesta objetividad que fundamenta dicho discurso.
¿Y si yo fuera historiador, qué visión tendría del inicio de la guerra de Independencia y de Hidalgo? No lo sé, pero de seguro diría que mi versión es la más exacta y desapasionada. Desde luego, estaría equivocado.

5. Los pasos de López
Las diferentes lecturas de la novela que he realizado en los últimos años, siempre me han conducido a la misma conclusión: la coherencia narrativa de Ibargüengoitia es impecable, no tiene fisuras.
Me atrevería a decir que sus fuentes primarias fueron la Historia de Lucas Alamán, la versión de los liberales (México a través de los siglos, dirigida por Vicente Riva Palacio) y el testimonio de Pedro García, miembro del ejército de Ignacio Allende y que estuvo muy cerca de él durante su odisea.
A partir de estas obras, los incidentes de Los pasos de López se apegan a lo que en otro momento identifiqué como el consenso para elaborar la radiografía del inicio de la guerra de Independencia.
Pero como el resto de las historias, verídicas o ficticias, la organización de los hechos obedece a las necesidades narrativas de su versión. En el caso de la obra del guanajuatense, se enfatiza el lado humano de los personajes —en consonancia con su perspectiva, expuesta páginas atrás—, de ahí que se detenga con minuciosidad sobre aspectos que la mayoría de los historiadores pasan por alto o que presentan de manera esquemática y superficial.
Ya mencioné cómo se desdobla el personaje, pero transformar a Hidalgo en Periñón y a éste en López subraya el carácter transgresor de su discurso. Ibargüengoitia enmascara a su personaje detrás de las palabras. ¿Somos capaces —parecería preguntarse— de conocer, al paso de los años, a un personaje histórico?
López es el personaje de una obra teatral —La precaución inútil— que preparan, para ser representada durante el cumpleaños de Carmen Aquino (la corregidora), los miembros de la tertulia de la casa del Reloj (los conspiradores que asisten a la «Academia Literaria» del presbítero José María Sánchez, de acuerdo con la versión de la historia). «Periñón era López, criado de Lindoro y el personaje más interesante de la comedia, él enredaba y desenredaba la acción, resolvía todos los problemas y al final recibía todos los castigos» (Ibargüengoitia, 1986, p. 37). El día de la representación todo sale mal. «El desenlace fue grotesco: el elenco cantó “Toda precaución es inútil” y el telón cayó con Periñón encadenado y Juanito en libertad cuando debería haber sido al revés». (Ibíd: 71).
A lo largo de la novela el papel de López es muy relevante, aunque fuera de la obra teatral sólo se le menciona en dos momentos más: cuando se van al burdel de la tía Mela y al final, cuando firma su acto de contrición, antes de ser ejecutado.
La primera aparición de López —el alter ego del cura se tira una cana al aire— es una concesión del narrador de la novela a ciertos datos que recogen las fuentes históricas; la segunda, subraya las convicciones del personaje: es plenamente consciente de sus actos y no se arrepiente de lo que hizo.
A propósito de la tía Mela (¿será casual este apelativo para una prostituta?) y de las concesiones a la historia, los nombres de los personajes fluctúan entre la historia y la ficción. Algunos son una transcripción de lo que registra la historia: Quintana, administrador de correos, el alcalde de Querétaro, Ochoa; otros aluden indirectamente a algún personaje histórico, con el cambio de algunas letras: Trujillo / Bermejillo; Aldama / Aldaco.
Pero los que me parecen más interesantes son, sin duda, los netamente ficticios, porque en ellos el autor despliega su rasgo más característico: el humor. El padre Pinole (¿a quién le gustaría no ya que le dijeran así, sino que tal fuera su nombre?), Eligio Topete, a quien le decíamos así, explica el narrador, «para no tener que decirle Eligio de Puta» (Op. cit.: 24), Pepe Caramelo, Cuartana…
Al cuestionarle en cierta ocasión el tema de los nombres, contestó lo siguiente:
La idea de que ciertos nombres son de farsa y otros no, puede ser aristotélica pero no es interesante. Si uno de mis curas se llamara el Abate Melcachote admitiría que el nombre estaría fuera de lugar en la novela, pero Pinole y Manubrio me parecen tan sobrios como Chandón y Periñón [que son marcas de champaña]. (Ibargüengoitia, 1990, p. 88).

Los nombres de los espacios —que tienen su referente histórico— también se impregnan de humor: Ajetreo (Dolores), el marquesado de la Hedionda, el condado de la Garnacha, valle de Cuijas, Paso del Macho, Nacogdoches, el convento de la Santa Redengada…
Estas referencias espaciales apelan a la economía narrativa, no a las referencias históricas. Encontramos relatos esquemáticos que apenas mencionan las ciudades más importantes o los sitios relevantes para algún suceso; otros, tan minuciosos que, como baraja de lotería, repasan los pueblos y las rancherías que atravesó el vendaval del ejército insurgente. En el caso de la novela, las escenas históricas (sobre todo el relato de las batallas) se restringen a los lugares conocidos de la geografía ibargüengoitiana: Cuévano (Guanajuato), Cañada (Querétaro), Huetámaro (Valladolid).
Lo mismo ocurre con los acontecimientos históricos, que muchas veces se mencionan de manera incidental o general, como parte de la lógica narrativa, pero sin una correspondencia específica mutua; los hechos históricos aparecen sólo como un pretexto para que el autor exponga su perspectiva de la historia: los hechos de la historia están supeditados a la lógica narrativa.
El énfasis está puesto en la defensa que Ibargüengoitia hace de su obra. Sobre uno de sus pasajes explica: «Ésta trata la toma de Cuévano y de la Troje de la Requinta, no la toma de Guanajuato y de Granaditas. Son dos batallas diferentes, y la que yo inventé la escribo como me da la gana». (Ibíd.). Aunque esta última afirmación no es tan exacta, es decir, no es tan caprichosa o arbitraria como pudiera pensar un lector ingenuo, pues esa invención se apega a las reglas de la técnica de la creación literaria, a partir de las cuales nos ofrece su interpretación del inicio de la guerra de Independencia y de la figura de Hidalgo.

6. Final
Ahora quiero recurrir a un acto de pusilanimidad: el de Pilatos. En ningún momento ha sido mi intención entrar en disputa con nadie; cada quien tiene sus razones para justificar una u otra interpretación. En lo personal —a estas alturas resulta innecesario querer ocultar mis inclinaciones— simpatizo con la perspectiva de Jorge Ibargüengoitia, quien es capaz de mirar por encima de la miopía y la distorsión que dan las pasiones (fanatismos) de quien abraza una causa, de las limitantes del acartonamiento academicista, de la manipulación oficialista, y propone una figura humana, un Hidalgo de carne y hueso, emotivo, pasional, impulsivo, propenso a los errores, con vicios y limitaciones; un Hidalgo que se parece más a las personas con las que convivo todos los días, un Hidalgo que me hace pensar en mí mismo: un sujeto inmerso en un tiempo y en un espacio que al paso de los años hará historia, aunque algunos de nosotros quedemos excluidos.
Lo primero que parece claro es que al margen de similitudes o diferencias, tanto el discurso histórico como el literario permiten interrogar nuestra realidad —o lo que se identifica con ese nombre—, actual o remota. Si pretendemos destacar el valor que en este sentido representa la literatura, habría que recurrir a su conceptualización, a su función social, y esta perspectiva —al margen de discusiones estériles— subrayaría su importancia y la necesidad de valernos de ella para colocar en la mesa de la discusión la vigencia de sucesos o personajes olvidados o distorsionados por la propia historia. Se requiere, como sostiene Fadanelli, la «noción del todo a la que aspira el desorden subjetivo de cada obra literaria».
Ahora, ¿por qué no puede la literatura complementar el trabajo de la historia, más allá de lo que le concede Marc Bloch? ¿Por qué ese prejuicio de juzgar lo que hacen los otros como incorrecto o definitivamente malo? Si se superara tal prejuicio sin duda la reflexión en torno a los actos de los hombres sería más completa y enriquecedora.
Queda fuera de toda duda que el sujeto histórico tiene una existencia independiente del historiador. La manera como éste expone su carácter, sus acciones, el contexto en que se halla inmerso, dependerá de su rigor «científico», de su «objetividad», pero ya sabemos que tales supuestos son difíciles de alcanzar y que siempre están mediatizados por un sinnúmero de intereses, prejuicios, formación profesional, cuestiones ideológicas, etc.
El escritor cuenta con una mayor libertad para la creación de su personaje, siempre dentro de los límites de las peculiaridades con que define a dicho personaje. Pero una vez establecido el ámbito que lo configurará, no puede infringir las leyes de esa lógica, ya que como señala Emilio Carballido, «cada obra es un universo con sus leyes» (Carballido, 1982, p. 11) y Vicente Leñero añade, ampliando la cita: «Cada obra establece sus propias leyes, su propio régimen, su propio juego o su propio fin» (Leñero, 1985, p. 25).
En este sentido, Ibargüengoitia parece destacar sobre todo los rasgos que humanizan a su personaje: su buen humor, su carácter bromista y la impasibilidad con que enfrenta los sucesos desafortunados. Este carácter se antoja no sólo distante, sino opuesto a la imagen seca, agria, con que uno se imagina que los curas ven el mundo pecador.
Parece que su papel en la guerra obedece más a su carácter que a sus ideales, y muchas de sus actitudes corresponden a actos de rebeldía. Indefectiblemente, sus empresas terminan mal, a diferencia de lo que la historia dice de él: las uvas que cosecha y el vino que produce son agrios, nunca consigue hacer «un buen hilo» de seda, y su guerra termina con su ejecución.
Pero aun en este momento da muestras de su capacidad de burlarse, de ser irreverente ante las autoridades y las instituciones: Periñón no murió, o más bien, Periñón no se arrepintió de sus actos, sino que quien lo hizo fue López, aunque la sutil ironía de este hecho no se descubrió sino dieciséis años después de su ejecución.
Este comentario me lleva de nuevo a las observaciones que hice respecto de los títulos de las obras consultadas. Se destaca «la vida del héroe» y se habla de «la senda de la inmortalidad». Estos epítetos y esta solemnidad están ausentes por completo de la novela; el título, como vimos, alude a la última burla del personaje hacia las instituciones.
Otro punto que se puede derivar de lo anterior es que la historia se niega a que la despojen de la seriedad de su discurso, rechaza que se cuestionen las figuras o los sucesos que ha sacralizado, de ahí que cuando alguien confronte la historia convertida en institución, corra el riesgo de sufrir la ignominia pública, la desacreditación general, el ostracismo social. La historia, en particular la que se nos enseña en las escuelas, tiende a esquematizar las figuras y los acontecimientos, lo cual los empobrece. Elimina todos los matices y las aristas que definen todo suceso humano.
Las especulaciones de los historiadores podrían interpretarse en un sentido diferente al que ellos pretenden darle; no resulta muy convincente la manera como procuran ajustar dichas especulaciones a los personajes o a los sucesos.
Muy elocuentes, en este sentido, las afirmaciones de Castillo Ledón respecto a Lucas Alamán. Encomia, en primer lugar, su carácter de «testigo presencial» por haber vivido los acontecimientos que relata, es decir, los antecedentes, el desarrollo y las consecuencias de la guerra de Independencia, destacando su «magnífico método y muy buen estilo».
Sin embargo, censura su criterio «extraviado y lleno de pasión», y su ahínco para desprestigiar a Hidalgo y la Independencia. «Según él no debió haberse hecho la Independencia, ni menos glorificarla». Y remata:

La esclavitud y la ignominia, según Alamán, eran preferibles a la libertad; pero muchas de sus ideas no eran sino encubridoras de su provecho personal. Odió la revolución, principalmente porque lesionó la industria minera. […] Hombre de ascendencia noble, rico comerciante, y hábil como Secretario de Estado del primer gobierno independiente, hizo escuela en el manejo de la política y vino a ser el fundador sobre cuyas bases se asentó el Partido Conservador, del que conocemos bien sus frutos. (187).

¿Qué más puedo añadir a tan agudo comentario sobre el discurso histórico?
¿Hasta qué punto podemos confiar en los historiadores? Además de los prejuicios, muchas veces debemos añadir la escasa documentación, que los conduce no sólo a omitir información importante, sino a falsear o equivocar su relación. ¿Y qué ocurre cuando dos autores se contradicen? ¿A quién debemos darle la razón, a quién debemos escuchar?
La historia, por otra parte, es el ámbito de los grandes acontecimientos, no de las nimiedades. Se nos refiere la gran duda de Hidalgo, de la razón inexplicable que lo hizo regresar sobre sus pasos en lugar de avanzar hacia la ciudad de México. De haberlo hecho, la historia habría sufrido un vuelco radical, se especula. Sin embargo, nada se dice de las pequeñas incertidumbres que lo asaltaron durante sus años estudiantiles, en sus funciones como pastor de almas, la madrugada del 16 de septiembre, cuando tuvo la certeza de todo el alud de sucesos que se derivarían de su gesto…
Muchas preguntas sin respuesta: ¿Cómo eran las mujeres que amó Hidalgo? ¿Cuál fue su relación con su padre? ¿Con qué ojos lo veían los ricos de Dolores, los españoles, los criollos, los pobres, los indígenas, los campesinos, los mineros…? Si por una parte la historia tiene mucho de especulación, o definitivamente arrumba ésta por subjetiva, la literatura la asume como un instrumento poderoso que le permite configurar un gesto, un tono de voz, una actitud, un conjunto de pensamientos que crean un ser tridimensional, con vida propia, que puede no ser más que una «versión libre» del sujeto histórico en que se inspira.
Eso es lo que pasa con el Domingo Periñón de Jorge Ibargüengoitia. Podemos identificar, sin mucho problema, rasgos que corresponden al sujeto histórico que ha trascendido su tiempo con el nombre de Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga. Sin embargo, pese a esa similitud, también se resaltan diferencias. ¿Por qué? Reiteramos: aunque se tome como modelo un personaje histórico, el personaje de ficción tiene vida propia, su construcción obedece a la lógica narrativa que crea el propio autor con la intención de presentarnos su propia versión de los hechos.
¿Y cuál es la que nos presenta Ibargüengoitia? Descubrimos, en Los pasos de López, una historia desprovista de retórica, ausente de figuras estereotipadas que obedecen a los moldes que las instituciones han fijado al paso del tiempo, sin posibilidad de cuestionarlos o de hacerlos blanco de críticas.
¿Con qué recurso se transgrede el discurso de la historia? Con el humor. Estoy convencido que nada choca a los historiadores chambistas más que el hecho de reírse de sus héroes y de sus palabras, nada los incomoda más que colocar a los próceres de nuestra historia en situaciones ridículas, grotescas, porque todo esto magnifica la figura humana que encarna los personajes que esos historiadores crean, con el fin no de presentarnos los acontecimientos con toda su carga emotiva y humana, sino con la sacralización que configura la rígida historia nacional.
Esta perspectiva la engendra mi perfil profesional: periodista, lector consumado, más inclinado a la ficción; si fuera doctor en historia, sin duda vería con poca simpatía o, si acaso, con una sonrisa condescendiente los devaneos de los artistas y me arraigaría en la irrefutabilidad de los documentos, me inclinaría por las conclusiones derivadas de mis razonamientos científicos. Mi perspectiva, por tanto, como la de Ibargüengoitia, está demasiado arraigada en el aquí y en el ahora, lejana de la sequedad, de los devaneos, las especulaciones o las perspectivas disparatadas de tantos maniqueístas disfrazados de investigadores. Me conformo con vivir el momento.


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