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La poética de la contemplación en Sergio Mondragón y José Ángel Valente

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Rafael García

 

 

 

La reflexión en torno al hecho literario dentro de la poesía ha sido un tema vigente durante buena parte del siglo XX y lo que va del presente. La poesía, en muchos casos, es una reflexión sobre sí misma, una metapoesía. Esta reflexión no gira únicamente en torno al poema, sino también al proceso de escritura del mismo. Se trata entonces de una poética —o poiética como prefiere llamarla Paul Valéry— que se concentra en el acto creativo. Pero más allá del hecho de escribir sobre cómo se escribe, en muchos casos, la poética presente en las obras, nos orienta para captar una visión de mundo, un sentir que nos transmite el autor y que puede inscribirse en alguna tradición literaria o sugerir elementos más profundos en el poema. De esta manera, el estudio de la poética, no solamente nos sirve para entender el proceso creativo, sino que en algunos casos, permite vislumbrar algunos elementos sobre la cosmovisión del autor para obtener una mejor lectura de nuestros poetas. ¿Cómo se hace literatura? ¿Cómo se gestan los poemas?, son algunas de las preguntas que los mismos textos nos responden, frecuentemente, en los casos de Sergio Mondragón y José Ángel Valente.
Lo cóncavo, la luz, los pájaros, de un poeta como Valente, frente a los follajes, los bosques frondosos, la loca poesía y el principio del alma que nos revela Mondragón en su obra poética, se nos muestran como símbolos diversos de poetas que en distintas tierras nos presentan una visión estrechamente relacionada sobre la naturaleza de la palabra poética. A través de su obra, Mondragón y Valente plantean una relación entre la actividad de la creación poética con la contemplación y el silencio, en aras de expresar una poética influenciada por el taoísmo y la obra de San Juan de la Cruz. Partiendo de las reflexiones sobre la escritura plasmadas en sus propios poemas, en esta ponencia pretendemos mostrar cómo en estos dos poetas prevalece una poética del vacío, de la no acción, frente a la cual se crea un espacio para la revelación de la poesía. Para ello será necesario responder a las preguntas: ¿Cómo conciben la escritura de tal poesía? ¿De qué fuentes o pensamiento abrevan estos dos autores? En este trabajo, nos concentraremos en el último poemario de Mondragón, Hojarasca, publicado en 2005, y en dos obras de José Ángel Valente, El fulgor (1984) y la tercera sección de Mandorla (1982), aunque haremos referencia a algunas obras anteriores de ambos poetas, para destacar ejemplos específicos.

 

I. El copista, el cantor: huecos donde se revela la poesía
«Los dedos y sólo los dedos hacen el poema», afirmaba ya Mondragón en el título de un poema de Pasión por el oxígeno y la luna (1982). En esta imagen, la visión del poeta-creador, constructor, se ve reducida. La figura del autor pierde importancia y, en cambio, se admite una enorme deuda con el mundo externo. Se plantea una escritura más intuitiva, irracional, y que sitúa al autor como un medio a través del cual se canaliza una realidad externa o anterior a él mismo para transformarse en poesía. Para Mondragón, son las manos, no la cabeza, lo que escribe la poesía. «Magia de las manos», poema con que inicia el poemario Hojarasca, nos muestra más claramente esa concepción:

Reverdecen las espaldas de paisajes asombrosos
en unas páginas yertas
aparecen
tiestos frescos en las hojas azotadas
con los látigos del habla:
textos que muestran el rostro por la magia de las manos
(Mondragón, 2006, p. 10).
 
Las manos del poeta, elemento que aparece en distintos pasajes de Mondragón —y también en Valente—, representan aquí una disminución del papel activo del poeta frente a la revelación de la poesía. La contemplación es un motivo que en Mondragón aparece en repetidas ocasiones, particularmente en Hojarasca. En el poema «La naturaleza es un lenguaje»; se representa al mundo como un «discurso de las raíces» (Mondragón, 2006, p. 11). Los seres que pueblan el mundo, hablan, se comunican. Frente a ese lenguaje, el poeta es un contemplador y luego un mero transcriptor.
Mondragón plantea una poética donde la recepción del mundo abre un espacio para la revelación del poema. La apertura de ese espacio se produce mediante la actividad contemplativa. En «Cerebelo y corteza del escriba» se plasma esta concepción sobre la naturaleza del arte poético y el mundo. El poema está dividido en dos secciones. En la primera, titulada Contemplación, se afirma: «El escriba observa». Frente a la contemplación, el raciocinio se muestra como un factor que irrumpe en un universo, ya en sí poético:

El paisaje aclara
  y el intelecto rumia
como el arroyo entre las piedras
enamorado de su propio ruido.

El pensamiento salta tensando al habla
  con arcos en las manos; de inmediato poda
los setos en desorden;
  agobia con razones al jacinto
y termina con el tema del poema.
(Mondragón, 2006, p. 27).

En esa lucha entre intuición y razón, Sergio Mondragón otorga el privilegio a la primera.
Estos indicios de una creación poética contemplativa, se manifiestan luego en la figura del poeta como «copista» en Mondragón y «cantor» en Valente. Para Sergio Mondragón, la inspiración surge a partir de una relación con el mundo. El poema Copista, amplía esta visión sobre el proceso creativo:

El Verbo retoña en mis comarcas
Y madura huertas y cantos en mi manos de copista.

El copista:
Ese ser que aprende a escribir y a mirar con paciencia
en la naturaleza de las cosas.
(Mondragón, 2006, p. 36).

En el poema «Aves que regresan» a casa se repite esa imagen del poeta: «Es un pasadizo el alma del copista / y por él resbala el sentimiento del paisaje» (Mondragón, 2006, p. 51).
Las manos, la contemplación y el concepto del poeta como copista: se trata de un proceso donde el papel del autor queda reducido. Sin embargo, no estamos ante un arte de imitación fiel, sino que existe una decisión consciente que consiste en reducir la acción. Es en la escritura contemplativa donde se crea un vacío, un espacio —pasadizo— para que por sí sólo se revele un lenguaje particular de la naturaleza, la cual, a su vez, se encuentra íntimamente ligada con una realidad interior, ajena al raciocinio.
La postura de Valente, la del «cantor», es similar, e incluye como aspecto fundamental la contemplación, o la no-acción. «En Cinco fragmentos para Antoni Tàpies», sección incluida en el poemario Material memoria, publicado en 1977, ya Valente reconocía este elemento en el proceso creativo: «El estado de creación es igual al wu-wei en la práctica del Tao: estado de no acción, de no interferencia, de atención suprema a los movimientos del universo y a la respiración del universo». (Valente, 2001, p. 41). El principal trabajo del poeta es el de crear el silencio, el vacío donde se pueda revelar la forma. En la tercera sección de Mandorla, se trata con detenimiento este tema. En el tercer poema se profundiza el tema del acto de escritura desde el punto de vista de Valente: «Escribir es como la segregación de las resinas; no es acto sino lenta formación natural. Musgo, humedad, arcillas, limo, fenómenos del fondo y no del sueño o de los sueños, sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan. Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar». (Valente, 2001, p. 115) Para Valente, el rol del poeta frente a lo escrito también consiste en reducir la actividad. Se recogen elementos que lo anteceden y que se acumulan para desembocar en el poema, pasando por el «cantor» o el poeta.
La imagen de la concavidad es frecuente en Valente. Se trata de un símbolo que en la obra de este autor representa el vacío o el silencio. Este espacio vacío es el que puede ser llenado con la palabra, en este caso la poesía. La imagen de las manos que forman el poema, que mencionamos más arriba en Mondragón, también se presenta en Valente. En este caso también vinculado a esa concavidad, a la ausencia que puede ser habitada por la poesía:

Con las manos se forman las palabras,
con las manos y en su concavidad
se forman corporales las palabras
que no podíamos decir.
(Valente, 2001, p. 174).

Esta imagen del no poder decir, existe en Mondragón como el lugar libre de la lógica, la estancia donde el pensamiento no corresponde al razonamiento verbal. En el poema Escape leemos:

hay una estancia en el pensamiento
tranquila y limpia
donde el entendimiento
desarticula.
(Mondragón, 2006, p. 13).

Cabe destacar que, no obstante se hable de una escritura «no activa», se trata de una decisión activa el hecho de ejercerla. Es decir, que existe una consciencia en ese hacer, un esfuerzo para no intervenir. En estas visiones donde el poeta actúa como pasadizo o concavidad, encontramos parte fundamental de una poética que presenta fuertes vínculos entre estos autores. En estas poéticas, así como en el contenido de sus respectivos poemas, se presentan elementos que los acercan a otras tradiciones literarias y de pensamiento, entre las cuales destacaremos únicamente el taoísmo y la poesía mística española, de la cual trataremos, en forma concreta, a San Juan de la Cruz.

II. Las fuentes: taoísmo y poesía mística española
Las posturas de estos autores, definitivamente no constituyen actitudes aisladas, sino que ambos han compartido algunas de sus fuentes. En este caso, nos centraremos únicamente en esbozar algunos puntos en común de estos poetas con el pensamiento taoísta y la poesía de San Juan de la Cruz. Si bien, en el caso de Mondragón, los estudios académicos no son muy abundantes, en Valente, la bibliografía crítica sobre su obra es extensa, y las relaciones de ésta con el taoísmo y la poesía mística son ya un lugar común. Por lo que aquí nos enfocaremos en mostrar más bien algunas de las relaciones entre esta poética y algunos conceptos fundamentales de sus influencias. Citaremos solamente ejemplos representativos.

Taoísmo
El texto más conocido de la tradición taoísta, el Tao Te Ching, ha sido objeto de numerosas traducciones, o más bien, versiones en otras lenguas. Pero más que las palabras específicas, lo fundamental son los conceptos. Dos de ellos, la no-acción y el no-ser, cuentan con correspondencias importantes en las poéticas de Mondragón y Valente.

  1. La no-acción

Uno de los principales conceptos del taoísmo constituye un ejercicio enfocado en evitar interferir conscientemente en los resultados de una acción, en dejar que las cosas sigan un orden natural. En palabras de Stephen Mitchell:

Un error muy común es malinterpretar su insistencia en «no hacer nada» (traducción literal de wei wu wei), asimilando ese concepto a pasividad. Un atleta puede entrar en un estado de conciencia corporal tal que el golpe apropiado o el movimiento correcto suceden por sí mismos, sin esfuerzo y sin voluntad consciente… es el propio juego quien juega el juego; el poema se escribe a sí mismo. (Mitchell, 2008, p. 8).

Un ejemplo representativo lo encontramos en el texto 48 del libro de Lao-Tse:

La verdadera maestría se alcanza
Dejando que las cosas sigan su curso.
No puede alcanzarse interfiriendo.
(Lao Tse, 2008, p. 107).

La no-acción del Tao Te Ching encuentra su equivalente en la actitud del copista y del cantor, quienes dejan que la poesía se revele por sí misma.

B) El no-ser
También referido a veces como lo intangible o lo incorpóreo, está ligado al vacío y sin él lo corpóreo no existe ni tiene uso. En el texto 11 del Tao Te Ching leemos:

Hincamos estacas para construir una cabaña,
pero es el espacio interior lo que la hace habitable.

Trabajamos con el ser,
Pero es el no-ser lo que usamos.
(Lao Tse, 2008, p. 33).

El no-ser encuentra un eco en la concavidad o el silencio, donde florece el lenguaje poético. Esta actitud la encontramos en la espera de las palabras de José Ángel Valente,  así como en la contemplación, o «la estancia donde el pensamiento desarticula» de Sergio Mondragón.
La no acción del poeta, la creación de un vacío o hueco, son el espacio de la revelación de la poesía, donde se permite que las manos escriban la poesía.

San Juan de la Cruz
Uno de los principales exponentes de la poesía mística, este autor ha sido ampliamente estudiado y comentado. El mismo José Ángel Valente lo citó en varias ocasiones y realizó ensayos sobre la obra del místico español. Igualmente, Sergio Mondragón presenta citas y referencias de San Juan de la Cruz en algunos poemas anteriores a Hojarasca.
Para los propósitos de la definición de nuestra poética, nos concentraremos en dos de los motivos principales de San Juan de la Cruz: la oscuridad y el «entender no entendiendo», los cuales están estrechamente vinculados con las manifestaciones de los poetas que aquí tratamos.

A) La oscuridad
El concepto de oscuridad, de ceguera, es frecuente en San Juan de la Cruz y se acerca a ese vacío o silencio del cual nos hablan Sergio Mondragón y José Ángel Valente. En el místico español, es en la oscuridad del alma frente a los bienes terrenales donde aparece una luz relacionada con el contacto o un conocimiento de Dios, que no puede explicarse en términos mundanos. En la oscuridad, en la negación del mundo y del yo se presenta ese contacto, o experiencia mística:
 
Y aunque tinieblas padezco
en esta vida mortal,
No es tan crecido mi mal
porque, si de luz carezco,
tengo vida celestial;
porque el amor de tal vida,
cuando más ciego va siendo
tiene el alma rendida,
sin luz y a oscuras viviendo.
(De la Cruz, 2006, p. 272).

B) «Entender no entendiendo»
Este concepto, se refiere a una compresión o una forma de conciencia ajena al raciocinio y es también uno de los principales motivos en San Juan de la Cruz, quien privilegia las formas no racionales del pensamiento y concibe en ellas una verdad más profunda, de manera semejante a Sergio Mondragón en el poema «Cerebelo y corteza del escriba», que citamos más arriba. San Juan de la Cruz, en uno de sus poemas más conocidos, el cual normalmente leemos bajo el rótulo significativo de «Coplas hechas sobre un éxtasis de harta contemplación», trata precisamente este motivo:

Este saber no sabiendo
es de tan alto poder
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer
que no llega su saber
a no entender entendiendo
toda ciencia trascendiendo
(De la Cruz, 2006, p. 265).

III. Una conclusión

La poética en Mondragón y Valente se presenta como la búsqueda de una esencia, que en la escritura sólo puede encontrarse a través de una actitud no-activa, no racional, donde se reduce el valor del autor, o del yo, y se busca más bien acercarse al vacío o al silencio, convertirse en un pasadizo o concavidad para permitir esa revelación de la poesía por medio de las manos. El estudio de la poética en estos dos autores, nos permite vincularlos con una tradición poética y de pensamiento, que no podemos reducir a los aspectos mencionados aquí, pero sí que contienen elementos en común y que concretamente en el caso de los autores que aquí tratamos han cobrado un cauce en la concepción de la poética. Se trata de corrientes del pensamiento que siguen produciendo frutos en la poesía contemporánea. Si bien, más que revelar influencias sobre las frases o expresiones específicas, estas influencias están en la naturaleza de la creación y del sentido de la palabra poética. Estos autores nos recuerdan el taoísmo y la tradición mística no sólo como referentes para las citas y reescritura de los mismos poemas, sino como fuentes del pensamiento donde se abrevan actitudes frente a la poesía, pero también a la  vida, aún en la actualidad.


Fuentes citadas

Lao tse (2008). Tao Te Ching. Versión de Stephen Mitchell (trad. al castellano por Jorge Viñes Roig). Madrid: Alianza Editorial.

Mitchell, S. (2008). «Prólogo», en Lao Tse (2008). Tao Te Ching. Versión de Stephen Mitchell (trad. al castellano por Jorge Viñes Roig). Madrid: Alianza Editorial.

Mondragón, S. (2006). Poesía reunida (1965-2005). México, D.F.: UNAM.

De la Cruz, S. J. (2006). Poesía (ed. Domingo Ynduráin). Madrid: Cátedra.

Valente, J. Á. (2001). Obra poética 2. Material memoria (1977-1992). Madrid: Alianza Editorial.

Valente, J. Á. (2001). Variaciones sobre el pájaro y la red. Precedido de La piedra y el centro (2ª ed.). Barcelona: Tusquets Editores.

Valéry, P. (1998). Teoría poética y estética. Madrid: Visor.


Paul Valéry habla de dos momentos en el estudio de la literatura: la estética y la poética, a las cuales prefiere llamar estésica y poiética. La estésica se refiere a la percepción, a las sensaciones que provoca en el lector la recepción de una obra de arte, mientras que la poiética, consiste en «todo lo que concierne a la producción de las obras; y una idea general de la acción humana completa, desde sus raíces psíquicas y fisiológicas, hasta sus empresas sobre la materia o sobre los individuos.» (Valéry, 1998, 64-65) La poiética nos remite a la invención o la composición, el azar, la reflexión, la cultura y el medio, las técnicas y procedimientos.

Todas las referencias bibliográficas de los poemarios de Sergio Mondragón y José Ángel Valente citados en este trabajo se encuentran en las colecciones de obras reunidas de ambos autores: Poesía Reunida (Mondragón, 2006) y Obra poética (Valente, 2001).

El poema Contemplación muestra una vez más este concepto como la apertura a las señales: «Un clamoreo de señales en cada hoja de las frondas invade los sentidos.» (Mondragón, 2006: 33) En Inmóvil punto obscuro, el mundo se abre paso, «empuja para hacerse de un sitio / en el inmóvil punto obscuro del ojo que los mira…» (Mondragón, 2006, p. 35).

La actitud es la espera de las palabras, que se observa en el segundo poema de esta sección: Aguardábamos la palabra (Valente, 2001, p. 114).

Ver Juan de la Cruz, el humilde del sin sentido y Juan de la Cruz: umbral de un centenario en Valente, 2001: 71-75; 221-227.

Ver el epígrafe del poema Posadas en las ramas de helechos interiores, en Pasión por el oxígeno y la luna (Mondragón, 2006, p. 165) y el poema Un plato de lata que relumbra en El aprendiz de brujo (Mondragón, 2006, p. 264).

En diversos poemas de San Juan de la Cruz existe este concepto. Ver: “Noche oscura”  y “Aunque es de noche” (De la Cruz, 2006: 261-262; 277-279)

 

 

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