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Juego de máscaras en el futuro de México

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Humberto Ortega Villaseñor

 

 

Juego de máscaras en el futuro de México

Me-shi-cco, Mexicó, Mexique, o….acaso,.. ¿Mécsicou? ¿Cómo, ya no recuerdo?. Espérame tantito no me digas, no me digas. Déjame cerrar los ojos y refrescar la memoria. A lo lejos, escucho voces de lenguas distintas, luego la voz ronca y áspera de un único mando en castellano…. Luego, discusiones, un grito de recuperación, la pérdida del rumbo…Luego… silencio…. ¿Qué pasó con el nombre, con la voz, con la acentuación? ¿Qué ocurrió con el ser?
                                                                                                                      HOV

La Historia de este espacio nos muestra un glorioso pasado remoto; cuna de la civilización mesoamericana. Una de las escasas civilizaciones originales del mundo que fuera capaz de forjar múltiples culturas. Al igual que las culturas de otras civilizaciones (como la sumeria, la egipcia, la china o la del Valle del Indo), las culturas que conforman el horizonte mesoamericano presentan diferencias notables entre sí, pero también muestran unidad. Una misma concepción del mundo y de la vida por los más de 3,000 años de desenvolvimiento, en que las creencias, mitos y dioses emergieron bajo nombres diferentes por los distintos rumbos del territorio.

            Al profundizar en el alma de esas culturas, en sus convergencias y divergencias, observamos oleajes que las entrecruzan y ligan a todas. La única alteridad que salta quizá resida en aquel rompimiento de signos que se produjo entre las que florecieron en el primer milenio, fundamentalmente las teocracias teotihuacana, totonaca, zapoteca y maya del llamado periodo clásico (que nutrieron el mito de Quetzalcóatl y que brotaron de la cultura madre, la olmeca), y las culturas místico-guerreras tolteca y mexica del segundo milenio, esto es, del periodo posclásico, las cuales vieron manar el mito de Tezcatlipoca, las guerras floridas y la quemazón de códices ordenada por el emperador Izcóatl, instado por su consejero Tlacaelel.

            Sin embargo, como resume con penetración Octavio Paz en uno de sus trabajos comparativos sobre estética:

la historia de los pueblos es la historia de sus choques, encuentros y cruces con otros pueblos y con otras ideas, técnicas, filosofías y símbolos. Como en la esfera de la biología, la historia es repetición y cambio; las mutaciones son casi siempre el resultado de las mezclas y de los injertos de otras civilizaciones. (Paz, 1987, p. 143) .

            En este sentido, si comparamos a la civilización mesoamericana con otros horizontes originarios, sobresale como particularidad la carencia de influencias exógenas, esto es, de entrecruzamientos civilizatorios o influjos como los que experimentaron la civilización china, respecto de la India, o la India, respecto de los griegos, esto es, el encuentro con el otro. Las sociedades mesoamericanas se movían entre sí, en un proceso retroalimentador, pero circular. Paz vivifica la imagen así:

Con cierta cíclica regularidad; las ciudades-Estados caen, víctimas de trastornos internos o de otras causas; perpetuo recomenzar: pueblos nuevos y semibárbaros asimilan la cultura anterior y comienzan de nuevo. Cada recomienzo fue una re-elaboración y recombinación de principios, ideas y técnicas heredadas. Recreaciones y superposiciones: la historia mesoamericana tiene el carácter circular y obsesivo de sus mitos. Las causas de la circularidad del proceso son numerosas. No obstante […]: la determinante fue la falta de contacto con otras civilizaciones […] La inmensa y prolongada soledad histórica de Mesoamérica es la razón de su grandeza y debilidad. Grandeza, porque fue una de las pocas civilizaciones realmente originales de la historia: nada le debe a las otras; debilidad porque su aislamiento la hizo vulnerable frente a la experiencia capital lo mismo en la vida social que en la biológica. O sea, la experiencia del otro. (Paz, 1987, 143) .

Y bien, si recorremos con mirada rápida los vestigios de los antiguas culturas que nos circundan, nos damos cuenta que lugares como Paquimé, Cacaxtla, Palenque o Guachimontones, aunque no se parezcan mucho entre sí, guardan correspondencias inconfundibles. Por ejemplo, la forma piramidal de sus templos abiertos a los cuatro vientos, denota una visión del mundo común. Un lenguaje que articula todas las formas artísticas, las técnicas y los mitos y que revela el carácter cerrado de la civilización. A la sucesión de la civilización mesoamericana y la ausencia de cambios de orientación significativos, se advierte, en efecto, un movimiento redondo, no por ello ausente de momentos de apogeo, rupturas y cambios.

Todas las obras mesoamericanas poseen […] un espíritu común que las anima. Así, no hay que caer en la trampa de la historia de los estilos o en la más obvia del catálogo de las técnicas. Las formas artísticas, las técnicas y los mitos son el lenguaje cifrado de las civilizaciones. ¿Cómo descifrar ese idioma? La civilización mesoamericana es un hecho estético, histórico, económico, religioso, y algo más: una visión del mundo. Si nos aproximamos al arte de México desde esta perspectiva veremos una danza sorprendente.

A la sucesión de los días en el año corresponde la aparición, la desaparición y la reaparición de los dioses enmascarados. El «juego de pelota», parte esencial de todos los centros religiosos, es un arquetipo cósmico: los dioses juegan y ese juego culmina en un sacrificio. La máscara del dios revela sus atributos y oculta su vacío. No hay nada detrás: el dios también es una invención del tiempo. Todo es una representación; la lluvia, el trueno, el rayo, la vida colectiva y la individual, el nacimiento de un niño y la construcción de un templo, la llegada de la primavera y la guerra ritual. La ciencia más alta, el saber sagrado (la cuenta y el peso de los días, el calendario y la astronomía), es un rito, un baile de enmascarados. ¿Qué hay detrás de cada máscara? Otra. Un juego, un rito, una visión rítmica del cosmos, una representación .

Estas ventajas del aislamiento físico que poseía el nuevo mundo, a la larga, se convertirían en su flaqueza, razón por la cual esas culturas, según muchos, sucumbieron casi totalmente a la llegada de los españoles, al convertirse en áreas dominadas por primera vez por un poder foráneo que hizo descansar su empresa sobre una misma matriz ideológico-política: la idea de salvar a los pueblos conquistados para convertirlos a la verdadera fe. Como nos lo hace ver Aníbal Quijano en una visión retrospectiva de conjunto desde otra perspectiva:

América se constituyó como el primer espacio/tiempo de un nuevo patrón de poder de vocación mundial y, de ese modo y por eso, como la primera identidad de la modernidad. Dos procesos históricos convergieron y se asociaron en la producción de dicho espacio/tiempo y se establecieron como los dos ejes fundamentales del nuevo patrón de poder. De una parte, la codificación de las diferencias entre conquistadores y conquistados en la idea de raza, es decir, una supuesta diferente estructura biológica que ubicaba a los unos en situación natural de inferioridad respecto de los otros. Esa idea fue asumida por los conquistadores como el principal elemento constitutivo, fundante, de las relaciones de dominación que la conquista imponía .

Esta misión patriarcal de los españoles sería moldeada sagazmente en el siglo XVI como telón de fondo por la corona, con el propósito de validar ante el pensamiento moderno de la época una acometida que no guardaba parangón con ninguna guerra de expansión y dominio de ningún otro pueblo conquistador del que se tuviera memoria. Se trataba de la ocupación de vastísimas extensiones territoriales, de la explotación de millones de seres humanos y su incorporación o sometimiento a condiciones laborales de semi-esclavitud .

De esta manera, durante los tres siglos de colonización española, la población indígena sería explotada como mano de obra barata por los colonizadores y, obviamente, diezmada por esa explotación y por las enfermedades traídas de la metrópoli. Asimismo, sería obligada a mezclarse y a convertirse a una nueva religión, padeciendo la opresión de un régimen de castas que definió en gran parte sus relaciones económicas, su posición política y la occidentalización de muchas de sus costumbres.

Como dice Bonfil Batalla,

La dominación colonial intentó reducir el espacio social de las culturas indias y lo constriñó, en muchos aspectos, a la comunidad local. De esta manera, fueron destruidas las instituciones que permitían una organización social y cultural que abarcaba a muchas comunidades y aseguraba un nivel superior de desarrollo; se estimularon, en cambio, los conflictos y las rivalidades entre comunidades vecinas para impedir que cristalizara una peligrosa solidaridad frente al colonizador, enemigo común .

Sin embargo, parte de la población indígena conservó su pureza racial, se diseminó, se aisló o fue confinada a territorios específicos, atesorando sus creencias, tradiciones, órdenes jurídicas, sistemas de vida y costumbres ancestrales. Lo que explica en parte la asombrosa diversidad étnica y riqueza cultural de México comparada con la de otros países colonizados .

            ¿Por qué tiene tanta importancia detenernos en estos ingredientes? Porque quizás gestaron un patrón común que condicionó o siguió operando con eficacia a lo largo de la vida independiente del país en diversos ámbitos, para empezar el geopolítico, como lo han resaltado algunos teóricos del colonialismo y la modernidad . Con base en dicho planteamiento, los argumentos esgrimidos para renovar y justificar el discurso de la dominación de cada etapa histórica vivida por el país con posterioridad (siglo XIX a XXI), coinciden con las transformaciones de la retórica de la modernidad a escala planetaria .

Desde 1492 se inicia la recíproca formación de América y de Europa como las primeras identidades históricas de un nuevo patrón de poder mundial, cuya culminación se denomina hoy globalización. Dicho patrón de poder fue constituido sobre dos ejes centrales: de un lado, la clasificación social básica y universal de la población mundial en torno de la idea de «raza», como el nuevo sistema de dominación social; del otro lado, la articulación de todas las formas conocidas de control y de explotación del trabajo, entorno del capital y del mercado mundial. Tales ejes son, por su origen y por su carácter, elementos de colonialidad en el actual patrón de poder mundial .

Este argumento crítico vale para colegir que, pese a los eventos y vicisitudes acaecidas a lo largo del tiempo, no sólo las relaciones geopolíticas engendrarían, a partir de la Independencia (1821), una serie de invariables hasta el presente, sino también las relaciones socio-culturales y los mecanismos de despojo de los recursos naturales de los pueblos indígenas.

Por una parte, la dominación a nivel interno cristalizaría en modelos persistentes de exclusión, marginación y racismo hacia la población autóctona, mismos que confluirían en el llamado proceso de desindianización, que consistía en quitarle lo indio a aquellos indios que migraban del campo a las ciudades (incluyendo nombre, lengua, vestido y origen). Proceso que a la larga se convertiría en un mecanismo de presión social efectivísimo, que aseguró la perpetuación de la obediencia en el lenguaje cotidiano, la adopción de las formas, estilos de vida y creencias occidentales y, obviamente, el desdibujamiento del linaje e identidad aborigen. Una fuerza que Bonfil calificó como etnocida, porque garantizó no sólo la replicación inveterada del proceso, sino la bifurcación del cuerpo social en la fase colonial y en el periodo independiente. Lo que explica en parte, no obstante las etapas evolutivas, variaciones y matices, la historia recurrente de una sociedad siempre urbana, moderna y de mentalidad colonizada a lo occidental; frente a otra rural, tradicional, depauperada y culturalmente devastada.

            Claro que ésta es una parte de la historia, si se toma en cuenta la contrapartida. Es decir, los mecanismos de resistencia y reproducción desarrollados por aquellas comunidades autóctonas que conservaron su pureza racial y lograron apartarse y sobrevivir al holocausto. Dichos mecanismos se manifiestan hasta la actualidad a través de la reafirmación continua de usos y costumbres, el lenguaje, la transmisión selectiva de un cuerpo de conocimientos propios ligados a su cosmovisión y capacidad adaptativa y transfiguradora donde está cimentada su visión del mundo.

            Sin embargo, a partir de estas puntualizaciones, yo me pregunto dos cosas, en lo cual disiento de varios historiadores, si la visión del mundo de este país, cuyo nombre no podemos pronunciar aún correctamente, sucumbió totalmente. Yo creo que no. Pienso, en todo caso, que las culturas heredadas de la etapa precolombina perecieron para nosotros, las generaciones de los mexicanos modernos, pero no para los pueblos indígenas que sobrevivieron a la debacle y que conservaron su cultura y su propia perspectiva y versión de las cosas. De ello da cuenta la sobrevivencia de 62 culturas que siguen manteniendo vivos mitos, rituales, tradiciones y, sobre todo, lenguas desde ese pasado remoto.

            Por otra parte, creo que no se han calibrado aún ciertas analogías y correspondencias que señala con perspicacia el mismo Paz al escudriñar la complejidad de ese mundo pasado y que denotan un hilván fino, que bien liga a los pueblos mesoamericanos y a los pueblos indígenas contemporáneos, a través, precisamente, de la supervivencia de mitos, creencias profundas y rituales. Lo que nos manifiesta que, pese a todo, aquél no fue un mundo de ruinas y fantasmas y no lo es hoy. Paz entreteje mitos, imágenes y datos históricos de ese pasado remoto, que para nosotros están muy vivos en la mentalidad y tradiciones de esos pueblos autóctonos que nos circundan hoy.

Las pasiones eran fuertes y terribles, la sensualidad estaba siempre despierta, el placer no era una abstracción, ni el amor, el odio o la cólera. Los mayas eran moderados pero amaban el lujo; los huastecos eran libertinos, pero sus dioses eran los patrones del ascetismo. Pueblo realista e iluso, tenaz y apático, feroz y suave. Aunque casi siempre estas contradicciones desgarran a los hombres, hay una esfera en la que la lucha se convierte en danza, el caos en orden, el movimiento en ritmo. El arte de los antiguos mexicanos nos revela que para ellos la vida se resolvía en imagen danzante: los cuatro puntos cardinales que giran en torno a un sol de vida. Si el hombre no es el centro del universo, participa en la danza de los elementos. La muerte noble lo transforma en estrella. Volver a ser sol: destino de los mejores, sin excluir a los prisioneros inmolados en la piedra del sacrificio. Transfiguración: tal vez la palabra concentra el sentido de su arte y el significado que otorgaban a la vida. Si queremos juzgarlos, usemos esta medida. Es la única que conocían .

Ahora bien, yo me pregunto si el periodo de colonización logró sepultar totalmente el conocimiento alcanzado por ese pasado remoto incluso entre nosotros, los mexicanos posmodernos. Bueno, mucho se ha investigado sobre las aportaciones de la cultura árabe-hispánica, la efectividad inquisitorial de la evangelización y el sincretismo tolerado, la pérdida de la lengua autóctona y sobre la adquisición de una nueva en términos de identidad. También del mestizaje y los híbridos culturales resultantes. Sin embargo, ¿habremos perdido esa visión del mundo, mágica, imaginativa, sabia y consciente de su fugacidad o se halla sumergida en nuestro inconsciente?

            Los mexicanos urbanos sospechamos, aunque no lo admitamos a flor de piel, el doloroso artilugio que introyectó el proceso colonizador y las diferentes etapas de disociación de la personalidad que nos han acompañado desde la independencia. Mecanismo que hace oscilar ese sentimiento de orfandad que no termina de cicatrizar y que tanto preocupó en el siglo pasado a Vasconselos, Uscanga, Ramos, Reyes y otros pensadores más. Una suerte de péndulo que nos obliga a renegar de nuestra paternidad hispánica y a avergonzarnos de la herencia indígena, a solazarnos como seres superiores y a compadecernos como seres inferiores. Y, por ende, a movernos del nacionalismo al malinchismo; del autoritarismo al servilismo, del paternalismo a la subordinación, del triunfalismo al fatalismo.

            Se trata de una herida abierta que, por una operación analógica, nos hace enorgullecernos de tener esos vestigios precolombinos entre nosotros, aunque los contemplemos como curiosidades físicas ocurridas al territorio; como meros añadidos que son parte del pasado muerto de esos espacios y que no tienen que ver con nosotros, sus nuevos habitantes, ni con nuestras preocupaciones de vida cotidiana. El mismo mecanismo de desvinculación también pareciera impedirnos procesar que es plausible que los 62 horizontes culturales que sobreviven a los embates de la asimilación en boga, tengan alguna liga con ese pasado mítico espectacular; esto es, puedan representar abrevaderos vivos de conocimiento encerrado o eclosionado inteligentemente.

            Frente a este círculo vicioso, por fortuna, uno rememora que hubo interregnos. Momentáneamente, la Revolución nos refrescó la memoria a los modernos. Nos recordó, por una parte, que los indios no podían ser una categoría generalizable, que entre ellos había grandes diferencias de orden físico, biológico y cultural. Al menos supimos agregar adjetivos para distinguir a los formidables corredores rarámuri, a los valientes yaquis, a los desinhibidos huastecos, a los enhiestos zapotecos, a los nahuas comerciantes, a los orgullosos mayas, a las matronas tehuanas, a los sensibles otomíes o a los rebeldes tzetzales y tzotziles. Develamos un mosaico colorido. Desde entonces, creo, sospechamos que en México las ideas de progreso, desarrollo, modernización y globalidad nunca han sido las mismas para todos, pese a décadas enteras de discursos e instituciones que machacaban, una y otra vez, a los indígenas su necesaria anexión a la felicidad del México de la razón casi hasta el final del siglo XX. Nos dimos cuenta de que su alma es un alma vieja, polícroma y empecinada, y que dichas culturas —cultivadas por más de 12 millones de mexicanos que se negaban a borrar su diferencia— de alguna manera, encerraban o resguardaban los prodigios de ese mundo extinto.

            Como lo corrobora Miguel León Portilla, es necesario ponderar las relaciones del Estado y la sociedad en general con los pueblos indígenas. Dichas relaciones, observan rasgos evolutivos comunes, los que parecen sincronizarse con los ajustes de la condición periférica de México dentro del patrón de poder de la modernidad. De ello da cuenta este pensador, que con notable sencillez e ironía rememora el fenómeno en los párrafos que a continuación preferimos :

Las relaciones de los pueblos indígenas de México con los distintos gobiernos y la sociedad nacional han sido, desde que se consumó la Conquista hasta el presente, adversas en grado sumo para los dichos pueblos […] Después de tres siglos de sometimiento, consumada la independencia del país, cuando pudo esperarse que esas relaciones se transformarían en beneficio de los indígenas, la situación se tornó en muchos aspectos más adversa para ellos. Al establecerse plena igualdad entre los habitantes del país, se borró el reconocimiento legal de su presencia. Se proclamó que no había ya indios y se ignoraron sus diferencias y requerimientos.

Las relaciones de los pueblos indígenas con los gobiernos y la sociedad nacional empeoraron aún más con el paso del tiempo. La Constitución federal de 1857, al suprimir la propiedad comunal, abrió el camino para el despojo de sus tierras y territorios ancestrales. Muchos pueblos indígenas quedaron arrinconados en las que se han llamado zonas de refugio. Otros, desarticulados socialmente, fueron a parar como trabajadores encasillados en las haciendas. En las tiendas de raya de las mismas quedaban endeudados de por vida, en condiciones no muy alejadas de la esclavitud.

Las relaciones de los pueblos indígenas con la sociedad nacional y los caudillos de la Revolución de 1910 fueron en general adversas. Como había ocurrido antes en otras revoluciones y en guerras extranjeras, grandes contingentes indígenas fueron manipulados como carne de cañón. Hubo excepciones, pero pocas. Una memorable la ofrece Emiliano Zapata, que luchó por la restitución de las tierras de los indios y demás campesinos.
Las relaciones de los pueblos indígenas con los gobiernos y la sociedad nacional, consumada la Revolución de 1910, siguieron siendo desfavorables para los dichos pueblos. De modo paralelo a lo que había ocurrido en los siglos coloniales, se buscó entonces su absorción en la cultura nacional. Se pensó que, sólo suprimiendo sus diferencias culturales y sus lenguas, se lograría que el país se integrara cabalmente. Se siguió negando de hecho y de derecho la realidad insoslayable de que México es un país pluricultural y multilingüe.
¿Son otras hoy las relaciones de los pueblos indígenas con el gobierno y la sociedad nacional? El Poder Legislativo, que se ha rehusado hace muy poco a prestar oídos a las demandas indígenas en términos de los acuerdos de San Andrés Larráinzar, nos está mostrando con su actitud que las relaciones con los pueblos indígenas continúan siendo adversas para ellos.

Por fortuna, luego de 200 años de afirmar que ya se habían acabado los indígenas de México, al grado de negar la palabra indígena en el vocabulario de todas y cada una de las Constituciones, cuando menos, hemos reconocido con la reforma de la Carta Magna de 2001 (luego del movimiento zapatista), que somos un territorio habitado por blancos, mestizos e indígenas y que éstos últimos, son los mexicanos originarios que en realidad pueblan costas, valles y montañas desde antes de la conquista de España. Esta declaración es inaudita porque además de ese reconocimiento, se declara que los pueblos indígenas gozan de ciertos derechos de igualdad, precisamente por ser diferentes al resto y que ese reconocimiento se extiende para otros grupos que son diferentes en razón de sus ideas, creencias religiosas, género, o preferencia sexual.

            Quizás quepa ahora preguntarnos si en el horizonte del futuro, corresponda a los mexicanos urbanizados aprender a conocer, re-conocer y disfrutar su diversidad originaria. Si la civilización mesoamericana pudo ser totalmente devastada o si conservamos latente nuestra visión de vida y mundo y nuestra ansia por transfigurarnos, que quizás resulte más fresca, complementaria y a la vanguardia, si nos atrevemos a reconocer que esos 62 pueblos indígenas del país constituyen culturas diferenciadas, es decir, tienen rostro, corazón y una historia que nos hemos negado a escuchar. Y que quizás ellos sí sepan bien a bien la frecuencia que se nos escapa para decir el nombre de nuestro país.

            Otra vez, refiriéndonos a los por qué de la ruptura civilizatoria a la llegada de los españoles, Paz nos comparte esta última reflexión:

Me falta por mencionar lo más grave y decisivo: la parálisis psicológica, el estupor que los inmovilizó ante los españoles. Su desconcierto fue la terrible consecuencia de su incapacidad para pensarlos. No podían pensarlos porque carecían de las categorías intelectuales e históricas en las que hubiese podido encajar el fenómeno de la aparición de unos seres venidos de no se sabía dónde. Para clasificarlos no tenían más remedio que utilizar la única categoría a su alcance para dar cuenta de lo desconocido: lo sagrado. Los españoles fueron dioses y seres sobrenaturales porque los mesoamericanos no tenían sino dos categorías para comprender a los otros hombres: el civilizado sedentario y el bárbaro. O como decían los nahuas: el tolteca y el chichimeca. Los españoles no eran ni lo uno ni lo otro; por lo tanto, eran dioses, seres que venían del más allá. Durante dos mil años las culturas de Mesoamérica vivieron y crecieron solas; su encuentro con el otro fue demasiado tardío y en condiciones de terrible desigualdad. Por esto fueron arrasadas .

Ahora no son los mesoamericanos, sino los mexicanos posmodernos, los que parecemos sufrir de esa parálisis psicológica para aceptar y asimilar con soltura la diversidad cultural que nos caracteriza y nos condena. Por un mecanismo de transposición, acaso ¿no resulta válido hacernos las mismas interpelaciones? Acaso, la indiferencia, menosprecio o conmiseración que sentimos por las culturas originarias mesoamericanas, ¿no delata nuestra incapacidad para pensarlas? No podemos pensar a los indígenas porque carecemos de las categorías intelectuales e históricas que nos permitan encajarlos cada vez que aparecen en escena de no se sabe dónde. Para clasificarlos no tenemos más remedio que utilizar la única categoría a nuestro alcance para dar cuenta de esos desconocidos: el espejo que nos refleja.

Las culturas indígenas son presencias subterráneas porque los mexicanos posmodernos no manejamos sino dos categorías nada más para comprender a esos hombres: el civilizado y el equivocado. O, ¿cómo podríamos expresarlo de una forma más actual?: el globalizado y el que se queda atrás. Ojalá que esta limitante para procesar la otredad, otra vez, no resulte demasiado tardía en el mundo del mañana y, con ello, la oportunidad de enlazar la cintura, la historia y la diversidad cultural de Mesoamérica; hilvanar las superposiciones, sanar las heridas y superar los complejos que nos han dejado las huellas que hemos querido borrar con tanto ahínco. Una tarea que es necesario terminar de armar para rememorar con plenaria resonancia, convicción y orgullo la palabra México.

 

Fuentes consultadas

Berraondo López, M. (2005) «Pueblos indígenas y recursos naturales bajo el sistema interamericano de derechos humanos. Entre la privatización y el ejercicio de los derechos humanos», en Revista Jurídica Jalisciense, Nueva Época, Derecho, sociedad y medio ambiente. Año 15, N° 1, enero-junio.

Bonfil Batalla, G. (1989). México profundo, una civilización negada. México, D.F.: Grijalbo-CONACULTA.

_____, Pensar nuestra cultura. México, D.F.: Alianza.

Duverger, C. (2007). El primer mestizaje, la clave para entender el pasado mesoamericano. México, D.F.: Santillana y varios editores más.

Iparraguirre, H. Campos Goenaga, I. (coords.). (2008). Presentación del Simposio La modernización en México. Siglos XVIII, XIX y XX. México, ENAH - INAH. Disponible en:
http://www.52ica.com/52ICA- HISTORIA. pdf, p. 16. Consulta de octubre 20, 2008.

León-Portilla, M. (2002). «Hacia una nueva relación», palabras pronunciadas en la presentación del Programa Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas 2001-2006 en la Mesa del Nayar, Nayarit, el 6 de marzo de 2002. La Jornada, (15 de marzo, 2002). Disponible en:
http://www.jornada.unam.mx/2002/03/15/index.html. Consulta de julio 24, 2008.

Olivé, L. (2006). «Discriminación y pluralismo», en Derecho a la No Discriminación, Carlos de la Torre Martínez (coord.). México: Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM.

PAZ, O. (1989). «Obras maestras de México en París», en Los privilegios de la vista. Arte de México. (Obra completa, T.III, Vol. I, 2ª ed.). México, D.F.: FCE. c1987, pp. 62-72.

_____, (1989) “Reflexiones de un intruso. Post-scriptum”, en Los privilegios de la vista. Arte de México. (Obra completa, T.III, Vol. I, 2ª ed., FCE, México, D.F.), c1987, pp. 126-146.

Quijano, A. (2008). «Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina», publicado en versión electrónica por:
http://www.clacso.org/wwwclacso/espanol/html/libros/lander/10.pdf.Consulta octubre 24, 2008.
_____, (2002). «Colonialidad del poder, globalización y democracia», en Trayectorias, Año 4, No. 7 y 8, septiembre 2001 - abril 2002, en:
http://w3.dsi.uanl.mx/publicaciones/trayectorias/7y8/colonialidad.html. Consulta de octubre 18, 2008.

Regino Montes, A. (2004). «Diversidad y autonomía, un aporte desde la experiencia indígena mexicana», en Renglones. N° 56, enero-abril, 2004.


Véase «Reflexiones de un intruso. Post-scriptum». (1989). En Los privilegios de la vista. Arte de México. (Obra completa, T.III, Vol. I, 2ª ed.). México: FCE. c1987, p. 143.

Ídem.

Cfr. Paz, O. (1989). «Obras maestras de México en París», en Los privilegios de la vista. Arte de México. (Obra completa, T.III, Vol. I, 2ª ed.). México: FCE. c1987, pp. 70-71.

 

Aníbal Quijano, «Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina», publicado en versión electrónica por http://www.clacso.org/wwwclacso/espanol/html/libros/lander/10.pdf. Consulta octubre 24, 2008.

Cabe recordar que los indígenas quedaron sometidos al régimen de encomiendas y corregimientos. Allí se les impusieron las duras cargas de los tributos y los servicios personales, desde los domésticos hasta los de la agricultura, la ganadería y los más extenuantes de las minas y los obrajes. Sus diferencias culturales, de modo especial sus creencias religiosas, tenidas como inspiradas por el demonio, fueron vistas como algo que era necesario erradicar. Miguel León-Portilla, «Hacia una nueva relación», palabras pronunciadas en la presentación del Programa Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas 2001-2006 en la Mesa del Nayar, Nayarit, el 6 de marzo de 2002, La Jornada, 15 de marzo, 2002. http://www.jornada.unam.mx/2002/03/15/index.html. Consulta de julio 24, 2008.

Bonfil Batalla, G. (1991). Pensar nuestra cultura. México: Alianza, p.73.

México fue un país donde florecieron muchas culturas que por largo tiempo compartieron un espacio geográfico llamado Mesoamérica (3000 años AC a 1324), cuna de una de las cinco civilizaciones originarias del mundo. (Consultar el magnífico estudio de Christian Duverger intitulado El primer mestizaje, la clave para entender el pasado mesoamericano, Santillana y varios editores más, México D.F., c2007). Por otra parte, como lo expresa el abogado de origen mixe, Adelfo Regino Montes, refiriéndose a la situación actual de México, «esta diversidad está alimentada por la presencia de 62 pueblos indígenas con una población aproximada de 12 millones 707 mil habitantes, que constituye 10.5% del total de la población mexicana. Según datos del gobierno mexicano, los pueblos indígenas vivimos en diversas regiones del país cuya superficie abarca la quinta parte del territorio nacional, en donde la propiedad es mayoritariamente comunal y ejidal». (Cfr. «Diversidad y autonomía, un aporte desde la experiencia indígena mexicana», en Renglones N° 56, enero-abril, 2004, p.15).

«La globalización en curso es, en primer término, la culminación de un proceso que comenzó con la constitución de América y la del capitalismo colonial/moderno y eurocentrado como un nuevo patrón de poder mundial. Uno de los ejes fundamentales de ese patrón de poder es la clasificación social de la población mundial sobre la idea de raza, una construcción mental que expresa la experiencia básica de la dominación colonial y que desde entonces permea las dimensiones más importantes del poder mundial, incluyendo su racionalidad específica, el eurocentrismo. Dicho eje tiene, pues, origen y carácter colonial, pero ha probado ser más duradero y estable que el colonialismo en cuya matriz fue establecido. Implica, en consecuencia, un elemento de colonialidad en el patrón de poder hoy mundialmente hegemónico. En lo que sigue, el propósito principal es abrir algunas de las cuestiones teóricamente necesarias acerca de las implicancias de esa colonialidad del poder respecto de la historia de América Latina». Aníbal Quijano, «Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina», op.cit., (s/p, versión electrónica).

La modernidad vista como un fenómeno global, que llega a todas partes, que afecta a todas las estructuras de la sociedad (productivas, sociales, jurídicas, institucionales, religiosas, mentales y culturales), atraviesa todas las fronteras de la geografía, la etnia, la clase, la nacionalidad, la religión y la ideología y genera procesos de asimilación, pero también procesos de resistencia. Las relaciones y consecuencias no son paritarias, son asimétricas: para algunos es dominación, progreso, descubrimientos científicos, tecnología, industrialización; para otros, explotación, carencias, destrucciones, empobrecimientos; pero que responde a las fluctuaciones del capitalismo mundial. Cfr. Hilda Iparraguirre e Isabel Campos Goenaga, (coords,). Presentación del Simposio La modernización en México. Siglos XVIII, XIX y XX, ENAH - INAH, México, 2008. Puede consultarse la versión electrónica en http://www.52ica.com/52ICA-HISTORIA.pdf, p. 16. Consulta de octubre 20, 2008.

Quijano, A. «Colonialidad del poder, globalización y democracia», en Trayectorias, Año 4, No. 7 y 8, septiembre 2001- abril 2002, en http://w3.dsi.uanl.mx/publicaciones/trayectorias/7y8/colonialidad.html.
Consulta de 18 de octubre, 2008.

 

Ídem.

«Hacia una nueva relación», op. cit., (s/p, versión electrónica). Consulta de julio 24, 2008.

 

Véase «Reflexiones de un intruso. Post-scriptum», en Los privilegios de la vista. Op.cit., p.144.

 

 

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