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Voz narrativa y principio de la identidad mestiza en la Decimotercera Relación deFernando de Alva Ixtlilxóchitl

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Hariet Quint


 

 

La literatura histórica mestiza que surge a mediados del siglo XVI, por un lado, rompe con la tradición histórica indígena y, por el otro, se afilia a los cánones de las crónicas españolas. Surge de este modo un texto híbrido que, según Florescano, demuestra la incapacidad de los cronistas mestizos de crear un discurso propio. Yo quisiera sustituir la palabra incapacidad por adaptabilidad, esto por varias razones, pero principalmente por el contexto en el que los autores mestizos escribieron sus crónicas y los nuevos rasgos de su identidad. Los autores que conforman el grupo de cronistas mestizos son: Diego Muñoz Camargo, Juan Bautista Pomar y Fernando de Alva Ixtlilxóchitl.
Las crónicas indígenas plasmadas en escritura pictográfica, hoy en día resguardadas en bibliotecas y museos en el mundo entero bajo el título de Códices, permitían una lectura, en cierta manera flexible, porque su dirección era impuesta por el tlacuilo o el escribano; permitían, además, la interpretación de los acontecimientos según el léxico y los paradigmas de los indígenas, y estaba dirigido, en primera instancia, al pueblo con la finalidad de recordar su pasado histórico. Los textos, una vez escritos o pintados, por decirlo así, pasaban a ser parte de la tradición oral, porque la historia se difundía entre la población en reuniones. Había, en aquel entonces, una feliz combinación entre la tradición escrita y la oral, mientras la función de los relatos históricos era la de mantener vivo el pasado en la memoria colectiva.
Después de la conquista, la función del texto cambió por completo. Los cronistas mestizos desarrollaron un nuevo estilo de narrar: híbrido, como le dice Florescano. Todos ellos, Camargo, Pomar e Ixtlilxóchitl, descendientes de nobles indios, recibieron educación europea en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, donde, entre otras cosas, aprendieron el castellano, latín y a escribir en letra alfabética el náhuatl. Sus crónicas las escribieron en castellano y estaban dirigidas a las autoridades españolas, sobre todo al virrey. El discurso histórico, por lo tanto, cambia completamente de destinatario y refleja una relación de poder entre dos grupos sociales recientemente instaurados: el conquistador y el conquistado. El que antes gobernaba, de pronto se vio sin derecho político y territorial porque estaba sometido por una nueva autoridad completamente ajena a su idiosincrasia y cultura. Los cronistas mestizos escribieron los nuevos relatos históricos con varios propósitos: primero con el fin de rescatar el pasado indígena, que ya no estaba documentado porque sus anales fueron destruidos; segundo, para presentar una visión indígena de la conquista que los cronistas españoles callaron; y tercero, para reestablecer su estatus quo y el de sus familias ante las autoridades.
Estos textos tienen otros rasgos en común: los autores no fueron testigos oculares de la conquista, nacieron a mediados del siglo XVI; se informaron de los anales indígenas y de los relatos de los ancianos; el tiempo histórico es narrado de manera lineal; y los acontecimientos se refieren a la ciudad o región de donde era oriundo el cronista. En cuanto al estilo, tanto Camargo, Pomar e Ixtlilxóchitl mencionan la cuenta de los años según el calendario cristiano y el indígena, por ejemplo: «Túvose noticia de la venida de los cristianos…. en el año de Ce Acatl, caña número 1 y la nuestra 1519» (Ixtlilxóchitl, 2006: 803). Los tres cronistas marcan una separación entre el narrador y el mundo narrado situándose, al parecer, fuera del ambiente indígena: los españoles son «los nuestros» y los indios son «los otros». Además de la nueva relación de poder que se encuentra en el origen de estos textos y los intereses de los cronistas, se vislumbra un nuevo acomodo de los factores de identidad.
Quisiera, a continuación, referirme en mi análisis de la voz narrativa y los inicios de la identidad mestiza específicamente a la Decimotercera Relación, de la venida de los españoles y principio de la ley evangélica, escrita por Don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl. El cronista mestizo nació en 1578 y murió en 1650, fue descendiente en sexta generación de Nezahualcóyotl, rey de Texcoco antes de la venida de los españoles, y tataranieto de Fernando Ixtlilxúchitl Cortés, rey texcocano que fue bautizado por el mismo Hernán Cortés, y a quien —según el relato del cronista— apoyó incondicionalmente en la conquista de Tenochtitlán. El texto en cuestión, está incluido en el Compendio histórico del reino de Texcoco cuyo origen y finalidad el historiador O’Gorman explica de la siguiente manera:

No debemos perder de vista, en efecto, que la obra […] es un memorial para probar la legitimidad dinástica de Don Fernando Ixtlilxóchitl Cortés, el ilustre ascendiente del autor, y para hacer valer sus extraordinarios servicios que dice prestó a Cortés en la conquista de la ciudad de México, en exploraciones posteriores y en la expedición a Hibueras. El Compendio histórico del reino de Texcoco, no es, pues, primariamente una «obra histórica», sino un documento destinado a la autoridad real y el objetivo de las diligencias fue preconstruir una prueba jurídica para apoyar una decisión favorable al otorgamiento de algún premio o merced en recompensa de aquellos servicios y reconocimiento de señorío indígena (O´Gorman, 1975, tomo I: pp. 123).

Aquellos indígenas que querían recuperar después de la conquista sus derechos territoriales y políticos, debían, según las nuevas reglas de la clase dominante, comprobar a través de documentos históricos la antigüedad de su linaje. Es en este sentido como debemos entender el origen del texto de la Decimotercera Relación. Fernando de Alva Ixtlilxóchitl lo escribe en 1608 en castellano para rehabilitar a su antepasado ante la corte española, con la clara intención que se le reestablezcan a su familia los bienes que tenían.

Que mi intención (dice él mismo) no es sino hacer historia de los señores de esta tierra, especialmente de D. Fernando Ixtlilxúchitl y de sus hermanos, y deudos, porque están muy sepultados sus heroicos hechos, y no hay quien se acuerde de ellos, y de la ayuda que dieron a los españoles […]
En resolución, fue grandísimo y excesivo el gasto que tuvo Ixtlilxúchitl en estas conquistas, o conversiones de esta tierra, como se ha visto, que no fue pequeño servicio a Dios, y a su S. M. El rey de Tezcoco quedó sin capa, o, y sin premio, y el día de hoy se ven sus descendientes sin ningún abrigo, sólo el de Dios, y la clemencia de Felipe III nuestro señor. (Ixtlilxóchitl, 2006, pp. 840 y 855).

En la aquí mencionada Decimotercera Relación, el cronista mestizo utiliza los mismos cánones de los cronistas españoles, primero: le da dimensiones colosales al héroe y, segundo: narra los acontecimientos históricos en orden lineal, abriendo espacios para sus propios comentarios. Se muestra como narrador contemplativo, heterodiegético o externo, como diría Genette. No siendo él mismo personaje de la historia contada, tiene una visión externa de los hechos, y estetiza, de este modo, el pasado. Con el uso del pronombre personal, utilizando el «ellos» para los «indios», «naturales», «mexicanos», «enemigos», o «bárbaros»; y el «nosotros» para los «hijos del sol», «castellanos» y «cristianos», el cronista Ixtlilxóchitl, a primera vista, marca dos territorios culturales diferentes, escindidos entre sí: el del indio y del español, nótese no del mestizo, porque él, en su época histórica no se consideraba como tal. Sin embargo, nosotros hoy en día, con nuestra propia idiosincrasia notamos ciertos rasgos en el texto que nos hacen pensar que se trata de un nuevo discurso, el del mestizo.
Lourdes Endara Tomaselli, investigadora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales con sede en Ecuador, considera que tres aspectos son los que «articulan toda identidad colectiva: la propia imagen, la imagen que los otros tienen de nosotros, y la imagen que nosotros tenemos de los otros». Clasificando según estos criterios, lo dicho por el cronista Fernando de Alva Ixtlilxóchitl en su Decimotercera Relación, podemos resaltar lo siguiente:
a) La propia imagen:
Llama la atención que utiliza el pronombre personal en tercera persona plural «nosotros» cuando habla de los españoles, como si se considerara uno de su raza. Los españoles se caracterizan por varios calificativos: son astutos; son buenos guerreros que luchan con ahínco; son benévolos, son crueles, desconfiados e injustos: apresan a Moctezuma sin ningún motivo real, matan a Cuahtémoc y a otros gobernantes sin ninguna razón y culpa «sólo para que la tierra se quedase sin señores naturales» (Ixtlilxóchitl, 2006, p. 847); son avaros y son hostiles: «robaban indios para sus minas»; pero sobre todo, los españoles en la figura de Hernán Cortés son traidores y mal agradecidos:
Cortés a esta ocasión despachó a España al emperador, con cantidad de oro, plumas, mantas y otras joyas […]; y lo mismo hizo Ixtlilxúchitl y los demás señores, rogando a Cortés escribiese en nombre de ellos, ofreciéndole sus servicios, reinos y vasallos para lo que les quisiere mandar. Cortés dijo que así lo haría […]
Y me espanta de Cortés, que siendo este príncipe (Ixtlilxúchitl) el mayor y más leal amigo que tuvo en esta tierra, que después de Dios, con su ayuda y favor se ganó, no diera noticia de él ni de sus hazañas y heroicos hechos siquiera a los escritores e historiadores para que no quedaran sepultados, ya que no se le dio ningún premio; sino que antes lo que era suyo y de sus antepasados se los quitó, y no tan solamente esto, sino aun las casas y unas pocas de tierras en que vivían sus descendientes aun no se las dejaron, lo cual si diera aviso de todo ello al emperador nuestro señor, yo entiendo que no solamente le confirmara lo que era suyo y de sus antepasados, sino que le hiciera muchas mercedes y bien señaladas (Ixtlilxóchitl, 2006, pp. 337 y 817).

b) La imagen que los otros tienen de nosotros:
Se dividen los indios en dos bandos: los texcocanos con su rey Ixtlilxúchitl, quienes consideran a los españoles sus amigos y los apoyan con víveres y guerreros para la lucha contra los mexicanos y la conquista de Tenochtitlan; y los demás indios quienes consideran a los españoles sus enemigos, y a Ixtlilxúchitl un traidor a su patria.
c) La imagen que nosotros tenemos de los otros:
El indio es descrito, al igual que el español, a través de diferentes calificativos. Es orgulloso: después de la caída de Tenochtitlán, Cuauhtémoc preso ya,
echó mano al puñal de Cortés, y le dijo: ¡Ah capitán!, ya yo he hecho todo mi poder para defender mi reino, y liberarlo de vuestras manos; y pues no ha sido mi fortuna favorable, quitadme la vida, que será muy justo, y con esto acabaréis el reino mexicano, pues a mi ciudad y vasallos tenéis destruidos y muertos (Ixtlilxóchitl, 2006, p. 825).

El indio además es noble, leal y valiente en la figura del príncipe Ixtlilxúchitl, quien le perdona a Cortés el hecho de haber querido matar a su hermano, al contrario, hasta le salva la vida en una ocasión. Otros indios, como los tlaxcaltecas, son igual de vengativos y destructores como los españoles:

Hiciéronse este día (de la caída de Tenochtitlán) una de las mayores crueldades sobre los desventurados mexicanos que se han hecho en esta tierra. Era tanto el llanto de las mujeres y niños que quebraban los corazones de los hombres. Los tlaxcaltecas y otras naciones que no estaban bien con los mexicanos, se vengaban de ellos muy cruelmente de lo pasado, y les saquearon cuanto tenían (Ixtlilxóchitl, 2006: 825).

Pero es el indio, sobre todo, educado en la obediencia y a respetar las órdenes de sus gobernantes, «que si no fuera por amor de sus señores como tengo dicho, los naturales desesperadamente, viéndose perseguidos, no dejaran español con vida» (Ixtlilxíchitl, 2006, p. 840). Las tropas texcocanas apoyan por órdenes de Ixtlilxúchitl al ejército español y a los misioneros en la evangelización de la población.
De algunas citas arriba mencionadas y de esta breve clasificación que hice sobre los aspectos de la identidad, notamos que el autor crea un espacio simbólico entre el «nosotros» y el de los «otros». En el espacio de los «nuestros» que es el de los españoles, se permean los texcocanos, a los que el cronista considera partícipes en la caída de México-Tenochtitlán porque lucharon hombro a hombro con los españoles y además los superaron numéricamente. Es decir, este «nosotros» aparentemente tan confuso, en realidad quiere decir: nosotros texcocanos y españoles, somos los conquistadores y vencedores. Desde luego, tomando en cuenta esta posición, se perfila ya uno de los rasgos del nuevo grupo étnico del mestizo: el de sentirse defraudado. Porque, dice el cronista: «los primeros cristianos que vinieron a esta tierra se dan a ellos solos el triunfo de la victoria, los naturales soldados eran siempre los primeros en todos los trabajos, como es notorio, y parece en las historias como gente de pan y naranja, o por mejor decir, carne de vaca» (Ixtlilxóchitl, 2006, p. 855). De ahí, también, su gran desencanto como heredero de Ixtlilxúchitl, el personaje histórico, y como texcocano que es, de ver a su familia sumida en la ruina después de haber sido parte de la nobleza, de sentirse conquistado en vez de conquistador.
Notamos, pues, cómo se forma una imagen colectiva de una nueva raza, el mestizo, sobre todo del mestizo descendiente de la nobleza, que se considera injustamente despojado de sus derechos políticos y territoriales, que en su reclamo se dirige a una nueva autoridad considerada por él poderosa, justa y dadivosa, y lo hace a través de la forma impuesta por los españoles, es decir, en su propia lengua y por escrito. Me parece, entonces, que no se trata de una «incapacidad» de Ixtlilxóchitl de desarrollar un estilo propio de narrar, como lo afirma Florescano —en general de los cronistas mestizos— sino más bien, de una extraordinaria capacidad de «adaptación» a las nuevas exigencias de su vida real, que utiliza para restaurar su posición en la sociedad.
            Por un lado defiende una causa suya y por el otro trata de complacer a los españoles. Les da por su lado, me atrevo a decirlo de este modo, si tomamos en cuenta otro aspecto: primero, que en la Decimotercera Relación no se cansa de subrayar el gran afán de su antepasado por bautizarse, su mérito en la ayuda a los misioneros —que llegaron a enseñarles a los indios «bárbaros» la «verdadera luz» de una nueva fe cristiana—, y segundo, cuando observamos que en su acta de defunción al margen dice: «Don Fernando de Alva, […] no testó ni dejó misas» (O´Gorman, 1975, p. 370). Tomando en cuenta estos datos y relacionándolos, por ejemplo, con el hecho de que su padre, Juan Pérez de Peraleda, siendo español dejó en su testamento cuarenta misas «cantadas y rezadas», su madre, Ana Cortés Ixtlilxóchitl, que era india, dejó las misas al criterio de su familia y él, en cambio, ninguna. Me parece que podemos hablar de otra característica del mestizo, la de mostrarse en apariencia obediente y sumiso, cuando en el fondo, su sangre india sigue latiendo con el mismo fervor.
La combinación de las dos voces: la india educada por la española, tiene por un lado el propósito de rehabilitar al mestizo en una sociedad cuyas reglas marca un nuevo poder ajeno a su cultura; y por el otro, contribuye al rescate de la visión de los que en el fondo se consideraron traicionados, y que durante muchos siglos fue ignorada por la historia oficial. El estilo híbrido de esta literatura histórica mestiza, entonces, no es imitativa y no resulta de la falta de originalidad de los nuevos cronistas, sino al contrario, es una muestra de su pericia y adaptabilidad.


Bibliografía:

Alva (de) Ixtlilxóchitl, Fernando. (1975). Obras históricas, Tomo I y II, (Edición, Estudios introductorio y Apéndice documental por Edmundo O´Gorman, Prefacio: Miguel León Portilla). México: UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas. Serie de historiadores y cronistas de Indias: 4.

_____, (2006). «Decimatercera Relación, de la venida de los españoles y principio de la ley evangélica», escrita por Don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, en Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, (Edición, anotaciones y apéndices por Ángel María Garibay). México: Porrúa, Col. “Sepan Cuantos…” No. 300, (pp. 803-857).

Endara Tomaselli, Lourdes. (2009). «Ciudadanos vs. Caníbales: la construcción de la identidad mestiza», en Flacso, publicación electrónica de la Facultad de Ciencias Sociales Sede Ecuador, (URL:
http://www.flacso.org.ec/docs/sfrancedora.pdf), (29.10.2009).

Florescano, Enrique. (1995). Memoria mexicana, (1ª reimpresión). México: Fondo de Cultura Económica.

O´Gorman, Edmundo. (1975). «Estudio Introductorio a Fernando de Alva Ixtlilxóchitl», Obras Históricas, Tomo I. México: UNAM (pp. 5-257).

Pérez de Peraleda, Juan. (1975).

 

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