UDG
DIFUSIÓN
DEL@DIFUSIÓN
DEL@DOCENCIA

El retrato literario en

Marcel Schwob y Juan José Arreola

Ir a Pdf

María del Socorro Guzmán Muñoz

 

 

Las líneas que siguen buscan acercarse a la obra de Juan José Arreola, sin duda el mejor prosista nacido en Jalisco, a través de su relación con la obra de Marcel Schwob, escritor francés nacido en 1867. A partir de una descripción no exhaustiva de los principales rasgos de estilo de las Vidas imaginarias, de Schwob, y de una breve mención a propósito de la influencia que este prosista ha tenido en las letras hispanoamericanas, se analizará uno de los textos de Arreola en los que, a nuestro juicio, se advierte mejor la influencia del autor de Corazón doble. Las observaciones estarán estructuradas a partir de una reflexión sobre las particularidades estilísticas del retrato literario.

1. El procedimiento estilístico de Marcel Schwob
En un esclarecedor ensayo sobre la pintura holandesa del siglo XVII, Tzvetan Todorov describe la llamada «pintura de género» como un enaltecimiento de los detalles secundarios del arte religioso anterior al siglo XVI. En las obras de Rembrandt, Fabritius o Vermeer, las flores y frutos, los alimentos, los oficios y las escenas domésticas, así como los rostros de aldeanos, lavanderas y campesinos abandonan el fondo de los cuadros religiosos o históricos para situarse en un honorable primer plano. Nacen así el paisaje, la naturaleza muerta, la pintura de género y el retrato.
            Aunque referidas en torno a una disciplina y a un tiempo distintos al de la literatura francesa de finales del siglo XIX, las reflexiones de Todorov pueden ser útiles para entender algunos aspectos de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Publicada en París en 1896, dicha obra reúne veintidós biografías breves compuestas según un principio que su autor expone detalladamente en el prefacio: «El arte», escribe Schwob, «está en oposición con las ideas generales, no describe sino lo individual, no desea sino lo único. No clasifica, desclasifica». (Schwob, 1991, p. 9).
Inspirado en La leyenda de los siglos (1859), obra poética en la que Victor Hugo había intentado plasmar la esencia de diferentes épocas de la historia a partir de personajes imaginarios, Schwob recrea la vida de personajes reales aunque excéntricos, enfatizando su particularidad gracias a detalles ficticios. Y, al igual que en algunos de los poemas de Victor Hugo, los modelos de las Vidas imaginarias no son los héroes ni los príncipes, sino gente anónima, desconocida, pobre o, en cualquier caso, ausente de los grandes relatos históricos.
Para el novelista Rémy de Gourmont, el arte de Schwob consiste en una atención insólita hacia los figurantes de un decorado que se ha vuelto invisible por la fuerza de la costumbre. «El hombre», escribe de Gourmont, «vive en medio de decoraciones que ni siquiera tiene la curiosidad de golpear con el dedo para saber si son de papel, de tela, o de madera» (Schwob, 1991, p. 2). Esta indagación sobre la biografía de los personajes secundarios de la historia nace de la convicción de que la importancia de una representación no radica en la importancia del modelo elegido, sino de la maestría con que se realice. Según dice el propio Schwob en el prefacio a las Vidas imaginarias: «A los ojos del pintor el retrato de un hombre conocido por Cranach tiene tanto valor como el retrato de Erasmo. No es por el nombre de Erasmo por lo que es inimitable este cuadro. El arte del biógrafo consistiría en dar tanto valor a la vida de un pobre actor como a la vida de Shakespeare». (Schwob, 1991, p. 14).
            Así, Marcel Schwob confiere valor no sólo a seres de épocas oscuras y a personajes enigmáticos de los que no se sabe gran cosa: sus modelos son también individuos marginales como piratas, prostitutas o asesinos. Pero es precisamente entre los intersticios de lo conocido y lo aceptado por la sociedad donde la invención y la especulación de Schwob germinan con más brío, singularizando y animando las ruinas donde se inscriben los pocos datos que se conocen sobre esos hombres y mujeres del pasado.

2. Las Vidas imaginarias: biografías ficcionales o retratos literarios
Desde el punto de vista genérico, las Vidas de Schwob se sitúan en un terreno fronterizo entre la biografía, el cuento y el retrato literario. Si se considera que en ellas se narra la existencia de hombres y mujeres reales, las narraciones de Schwob deben ser consideradas como textos biográficos, independientemente del grado de ficcionalización que exista en ellos. Sin embargo, la invención de anécdotas y la relación que de ellas se hace en el tiempo inscribe a las Vidas imaginarias en el terreno de lo ficcional. En este sentido, pues, es lícito considerarlas como relatos de ficción basados en hechos reales.
En líneas anteriores hemos advertido la inclinación de Schwob por establecer paralelos entre la literatura y la pintura. De manera natural, esta inclinación lo conduce a sugerir equivalencias entre las nociones de «biografía» y «retrato» y a descalificar el vínculo de pertenencia que suele establecerse entre la biografía ¾en la acepción que a él le interesa¾ y la historia. «Desgraciadamente», escribe Schwob en el «Prefacio» a las Vidas imaginarias, «los biógrafos han creído por lo común que eran historiadores. Nos han privado de retratos admirables». (Schwob, 1991, p. 14).
Ahora bien, conviene tener en cuenta que, aunque en su origen el concepto de retrato literario se asocia con la descripción ―entendida como término opuesto a la narración―, su desarrollo como género demuestra que la aparente dicotomía entre relato y descripción es más bien irrelevante: un retrato puede formar parte de una narración sin menoscabo de su intención fundamental, a saber: la de presentar a un personaje en cuanto imagen autónoma, aislada en el tiempo, independiente del devenir y el desarrollo que supone la narración. Tal como afirma Margarita Iriarte, si bien el retrato en tanto procedimiento remite a la descripción, como género «está directamente relacionado con la biografía o la autobiografía». (Iriarte, 2004, p. 39).
La vocación conceptualizadora del retrato literario es evidente en las Vidas de Schwob en buena parte gracias a los subtítulos de las mismas. Cito algunos ejemplos, en sus versiones españolas: “Clodia: matrona impúdica”, “Cecco Angioleri: poeta rencoroso”, “William Phips: pescador de tesoros”, “Catherine la encajera: muchacha de la vida”. Al definirlos de esta manera, Schwob no solamente identifica a sus personajes con los atributos propios de su oficio o principal actividad en la vida ―como es común hacerlo en la tradición del retrato pictórico―, sino que hace evidente una elección estética y moral por los rasgos que, a su juicio, capturan la esencia de los biografiados.
No es irrelevante observar, por otra parte, que además de presentar a los personajes en lo que tienen de permanente, el uso de los subtítulos permite al escritor cumplir con una de las convenciones retóricas del retrato, a saber: la representación de rasgos típicos y conocidos de un individuo que permitan al observador el reconocimiento del retratado. Sin embargo, el carácter inusual de los epítetos atribuidos a cada personaje es también una puesta en evidencia del carácter extravagante y atípico de sus modelos.
           
3. Presencia de Schwob en Hispanoamérica: la prosa de Juan José Arreola

Al hablar de Marcel Schwob, importa tanto referirse a sus precursores como a sus herederos. En la literatura escrita en lengua española, la importancia de Schwob no sabría entenderse sin Jorge Luis Borges, quien no sólo difundió la obra del escritor francés sino que hizo suyos algunos de sus procedimientos literarios. Tal como queda consignado en las páginas de su Biblioteca personal, en efecto, los textos que integran Historia universal de la infamia (1954) deben considerarse deudores de las Vidas imaginarias.
            Pero Borges no fue el único en maravillarse ante la filigrana verbal de la obra de Schwob. Según refiere José Emilio Pacheco, el primer escritor mexicano que leyó y difundió (entre 1909 y 1911) las Vidas imaginarias entre sus contemporáneos fue Julio Torri, quien se encargó de hacer circular su ejemplar entre los miembros del Ateneo de la juventud, propiciando al mismo tiempo sus primeras traducciones al español. En las obras de Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán y del propio Julio Torri pueden rastrearse las huellas de esta lectura. Las letras jaliscienses, por su parte, tienen en el escritor Juan José Arreola a uno de los principales herederos del escritor francés ya que, como afirma él mismo en «Memoria y olvido», Marcel Schwob debe considerarse como uno de los fundadores de su estilo (Arreola, 1971, p. 9).
            Aunque la presencia de Schwob es perceptible en varios textos de Arreola, hay en su obra algunos títulos particularmente cercanos al espíritu de las Vidas imaginarias. Entre ellos se cuenta «Nabónides» (1949). Se trata de un texto breve y de difícil clasificación genérica que cabría en lo que Arreola llamó «varia invención», y que para Felipe Vázquez es el género que mejor define a la obra del escritor jalisciense. Por otro lado, como bien señala Luis Vicente de Aguinaga, el carácter poético de la prosa de Arreola ha sido reconocido por los autores de Poesía en movimiento y otros críticos e historiadores de la época (De Aguinaga, 2002, p. 14D). La obra de Arreola, pues, se sitúa en un terreno fronterizo muy similar al que ocupa la prosa de Marcel Schwob.
La prosa de Juan José Arreola, por otra parte, no podría entenderse sin tomar en cuenta su pasión por la lectura y la traducción de textos escritos en lengua francesa. Basta con echar un vistazo a los textos que componen Aproximaciones para entender que el escritor jalisciense buscaba adentrarse, mediante la traducción, en la musicalidad propia de cada uno de los autores que admiraba. Como un aprendiz de pintor que se apropia de las destrezas de sus maestros a medida que imita sus trazos, Arreola reescribió textos de Paul Claudel, Henri Michaux o Jules Renard para captar sus entonaciones, descubrir sus secretos y hacerlos suyos.
Como afirma Sara Poot, las huellas de estas lecturas en la obra de Arreola son perceptibles en los títulos, epígrafes o frases calcadas de los textos originales, pero también en alusiones encubiertas que se manifiestan en sus textos sin ser demasiado explícitas (Poot, 1992, p. 23). A este último caso corresponde «Nabónides».

4. «Nabónides» o la obsesión restauradora
El trabajo de reescritura patente en «Nabónides», con respecto a las Vidas imaginarias, parte de una comprensión profunda del afán poético que sostiene las prosas de Marcel Schwob y de su procedimiento principal, a saber: la reconstrucción imaginaria a partir de fragmentos de relatos biográficos. Este principio gobierna «Nabónides», un texto en el que el proceso de construcción y el tema coinciden como en una pieza de orfebrería. Como lo indica su título, esta prosa evoca la figura del último rey de Babilonia: un personaje oscuro y misterioso que no parece haber dejado más legado que la pérdida de un imperio grande y poderoso, ciertos relatos consignados en un cilindro de arcilla, y la duda sobre las razones que lo llevaron a abandonar su puesto de mando ante los enemigos persas.
Acerca del personaje histórico, se sabe que Nabónides llegó al poder sin pertenecer directamente a la familia real y luego de que dos de los sucesores al trono fueran asesinados. Probablemente con el fin de unificar a las tribus arameas bajo su reino, impulsó una reforma religiosa que le valió la reprobación de los sacerdotes babilónicos. No hay certeza sobre la causa por la que cambió de residencia a la ciudad de Teima, al norte de Arabia central, dejando la responsabilidad del gobierno a su hijo Baltasar. Los documentos históricos consignan que Nabónides dedicó esfuerzos a la reconstrucción de templos, que erigió grandes edificios con el fin de legitimar su reinado, y que cuando el imperio fue atacado por los enemigos persas no sirvió de nada su presencia en Babilonia.
Aunque basado en datos históricos, el texto de Arreola modela la figura de este rey enigmático hasta convertirlo en un personaje melancólico y humanista. Ahí donde las interpretaciones de los historiadores declaran desconocimiento o duda, el autor de Confabulario introduce la certeza de que el exilio voluntario del rey babilónico fue una consecuencia de su creciente interés por la restauración de documentos antiguos. Con el fin de lograr la credibilidad acerca de los hechos que se cuentan, la historia de Nabónides es referida por una voz anónima y pretendidamente objetiva ¾que podría ser la de un divulgador científico o un profesor de historia¾ cuya principal fuente es un estudio erudito consignado en nota al pie. Cito a continuación un fragmento de «Nabónides» que da cuenta de la devoción del rey por su labor restauradora, y de las consecuencias fatales que su vocación tiene para el imperio:

El propósito original de Nabónides, según el profesor Rabsolom, era simplemente restaurar los tesoros arqueológicos de Babilonia. Había visto con tristeza las gastadas piedras de los santuarios, las borrosas estelas de los héroes y los sellos anulares que dejaban una impronta ilegible sobre los documentos imperiales. Emprendió sus restauraciones metódicamente y no sin una cierta parsimonia. Desde luego, se preocupó por la calidad de los materiales, eligiendo las piedras de grano más fino y cerrado.
                        Cuando se le ocurrió copiar de nuevo las ochocientas mil tabletas de que constaba la biblioteca babilónica, tuvo que fundar escuelas y talleres para escribas, grabadores y alfareros. Distrajo de sus puestos administrativos un buen número de empleados y funcionarios, desafiando las críticas de los jefes militares que pedían soldados y no escribas para apuntalar el derrumbe del imperio, trabajosamente erigido por los antepasados heroicos, frente al asalto envidioso de las ciudades vecinas. Pero Nabónides, que veía por encima de los siglos, comprendió que la historia era lo que importaba. Se entregó denodadamente a su tarea, mientras el suelo se le iba de los pies. (Arreola, 1991, p. 65).

Cabe precisar que los datos verificables sobre la reconstrucción de los templos y las edificaciones emprendidas por Nabónides proceden de un cilindro de arcilla con inscripciones cuneiformes que se conserva en el Museo Británico, y que corresponde a la descripción que Juan José Arreola hace de él, si bien ni la fórmula de la arcilla ni el cilindro mismo parecen haber sido inventados por el rey babilónico, como señala el texto literario. En éste, la devoción que Nabónides siente por los textos antiguos lo lleva a diseñar un material «más indestructible que la piedra», destinado a asegurar su conservación a través de los siglos.
Al mismo tiempo, la historia de Nabónides refleja, revelándolo, el procedimiento que guía la propia escritura de Arreola. Si tomamos en cuenta que las ruinas materiales del reinado de Nabónides se reducen a una estela en donde se aprecia su figura de perfil y el cilindro al que se refiere el texto, puede establecerse una comparación del historiador babilónico con el escritor que, literalmente, restaura y reconstruye esos fragmentos biográficos que parecen desvanecerse en el tiempo.
Asimismo, el procedimiento de Nabónides recuerda al de Arreola en la medida en que, fundamentalmente, la tarea de ambos empieza por la copia de documentos ya existentes. Se trata, como puede leerse en el texto, de un ejercicio de conservación que conlleva un aprendizaje: el de la pasión que los primeros escribas pusieron en su trabajo. Del mismo modo, ante las obras de Marcel Schwob, el escritor jalisciense opta por escribir una especie de pastiche cuyo referente principal son precisamente esas biografías reconstruidas que componen las Vidas imaginarias. Sin embargo, como le sucede al monarca de Babilonia, la imitación no es sino el comienzo de una devoción personalísima y absorbente por la propia escritura, que en un momento se deslinda de cualquier intento de veracidad.
Así, una vez concluida su tarea inicial, Nabónides redacta o hace redactar la historia de sus propias e inexistentes hazañas militares. «En el fondo», explica el narrador, «tal historia era un pretexto más para esculpir tabletas, estelas y cilindros.» Resuenan aquí las palabras de Schwob acerca de la poca importancia que tienen los hechos reales en comparación con la invención: «El arte del biógrafo consiste precisamente en la elección. No debe preocuparse en ser verídico; debe crear en un caos de rasgos humanos». (Schwob, 1991, p. 14).
Entre las características del retrato, ya sea pictórico o literario, se encuentra su capacidad para representar no solamente al modelo sino también al autor mismo de la representación. Lo anterior se verifica porque, en principio, la realización de un retrato supone un proceso de conocimiento del mundo y del sujeto mismo. (Iriarte, 2004, pp. 69-70). Hemos visto que esa especularidad se verifica en el propio proceso de escritura, entendido como una apropiación, como una interpretación personal de Arreola en relación con la obra de Marcel Schwob. Ahora bien, es posible reconocer un proceso similar entre el personaje retratado ¾el rey Nabónides¾ y el autor de la representación, es decir, Juan José Arreola.
En primer lugar, conviene observar que el retrato de Nabónides propuesto por Arreola parte del tópico literario de las armas y las letras, y de la discusión acerca de los beneficios que unas y otras representan para el Estado. En este contexto, la historia de Nabónides constituye un ejemplo bastante claro de cómo el empleo de los recursos en obras humanísticas supuso la caída de uno de los más grandes imperios de la historia.
Las referencias citadas anteriormente cobran sentido en las líneas finales de la prosa, donde se alude a la naturaleza melancólica y apacible de Nabónides y al carácter críptico de la historia referida. Ante las diferentes versiones que proporcionan las fuentes históricas, la voz enunciadora elige una basándose no en el grado de objetividad y veracidad de las fuentes, sino en la adecuación de la versión elegida con lo que él ¾autor y retratista al fin¾ juzga convenir mejor al talante del personaje:
 
La historia nos ha trasmitido dos oscuras versiones acerca de la muerte de su fiel servidor. Una de ellas lo sacrifica a manos de un usurpador, en los días trágicos de la invasión persa. La otra nos dice que fue hecho prisionero y llevado a una isla lejana. Allí murió de tristeza, repasando en la memoria el repertorio de la grandeza babilonia. Esta última versión es la que se acomoda mejor a la índole apacible de Nabónides. (Arreola, 1991, p. 67).

            Al elegir el ángulo en el que ha de ser representado su modelo, el retratista que es Arreola descarta las fuentes históricas que muestran a Nabónides como un monarca con algunas dotes militares, y prefiere destacar en su personaje aquello que más se asemeja al trabajo del biógrafo y del escritor. En Arreola, Nabónides pasa a la posteridad literaria como un hombre que, al igual que el caballero melancólico de Durero, prefiere escrutar los abismos del pasado antes que mirar al presente; como un rey enamorado de la escritura y de la invención.

     En conclusión, puede decirse que «Nabónides», de Juan José Arreola, comparte una serie de características con las Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Si bien el texto de Arreola presenta rasgos de hibridación genérica, puede ser entendido como un ejercicio retratístico en la medida que presenta a un personaje histórico desde una perspectiva personal. Lejos de interesarse por un rey vencedor, Arreola retrata a un monarca melancólico y enemigo de las armas que no deja de evocar la figura del escritor contemporáneo.
Basado en la invención más que en la investigación histórica, pues, «Nabónides» funciona como un espejo capaz de reflejar no sólo al autor del retrato sino a su composición. De esta manera, la escritura poética se revela como una empresa de reinvención, de restauración creativa de fragmentos destinados al olvido, y como un acto melancólico en el que el escritor prefiere, como Nabónides, perderse en la pasión por la palabra antes que atender a las exigencias de verosimilitud del biógrafo.

 

Bibliografía

Arreola, J. J. (1991). Confabulario. México: Joaquín Mortiz, 163 pp.

De Aguinaga, L. V. (2002). «Juan José Arreola, poeta», en Mural, sección «Cultura», Guadalajara, 25 de agosto, p. 14D.

Iriarte, López, M. (2004). El retrato literario, Anejos de Rilce, No. 49. Navarra: Universidad de Navarra, 301 pp.

Poot Herrera, S. (1992). Un giro en espiral. El proyecto literario de Juan José Arreola, Guadalajara: Editorial Universidad de Guadalajara, 238 pp.

Schwob, M. (1991). Vidas imaginarias, México: Porrúa, 134 pp.

Todorov, T. (1997). Éloge du quotidien. Essai sur la peinture hollandaise du xviie siècle. Paris: Éditions du Seuil, 158 pp.


Las cursivas son nuestras.

Sobre nosotros | Mapa de Sitio | Políticas de privacidad | Contacto |

©2007 Departamento de Estudios Literarios. UdeG