UDG
DIFUSIÓN
DEL@DIFUSIÓN
DEL@DOCENCIA

Fragmentación y micro observación del cuerpo humano en Palinuro de México

Ir a Pdf

Gerardo Gutiérrez Cham

 

 

 

En Palinuro de México, de Fernando del Paso podemos encontrar todo un despliegue narrativo en torno al cuerpo humano como entidad escrutada y diseccionada desde la reflexión científica y filosófica, al margen del propio discurso literario. Cualquier cosa relativa al cuerpo y al pensamiento humano es mucho más de lo que revela el universo de las apariencias. Hay varios pasajes en la novela donde se ironiza sobre el hecho de que durante siglos el pensamiento ha sido representado y conceptualizado desde una perspectiva racionalista, es decir, como una clase de sistema natural que en esencia no es diferente de otros fenómenos medidos y observados por la ciencia (Paulson, William, p. 1991). De hecho, la separación misma como procedimiento científico primario es cuestionada, ironizada y colocada en el extremo de un absurdo funcionalismo. A manera de ejemplo nos remitimos a varios pasajes en los que se lleva al extremo la separación de funciones en los hemisferios cerebrales. En un pasaje tenemos a un personaje de barrio llamado don Próspero, quien a raíz de una hemiplejia que le paraliza el lado derecho de la cara, empieza a transformarse en un ser cuyas funciones anímicas, afectivas, mentales y biológicas, literalmente son controladas y «separadas» de manera distinta por cada hemisferio cerebral: «era la mitad triste de su persona con la que abría los ojos para entender al mundo y sus misterios y con la mitad alegre con la que se embotaba para olvidar al mundo y sus absurdos» (p. 178). Más adelante, el primo Walter plantea un grado extremo y desaforado de separación hemisférica:

¿No te hace pensar en un futuro que irá más allá de los horrores concebidos en las utopías de Huxley y de Orwell, y en donde a los esclavos se les cortará el cuerpo calloso para que aprendan a ser fieles a un amo con una mitad de su cerebro, y fieles a otro amo con la otra mitad? [...] en la posibilidad de que creas en Dios con el ala izquierda de tu corazón y seas ateo con el ala derecha? ¿en que le huyas a una pulga con la pierna izquierda y hagas correr a un león con la derecha? ¿en la posibilidad de que le seas fiel a los estudiantes y a tu gente, a tu pueblo, con el ojo izquierdo y los traiciones con el derecho...? (p. 179).

            Ahora bien, algo fundamental es que a partir de los extremos dualistas que acabamos de mostrar, inmediatamente surge un discurso conclusivo, mediante el cual, nuestro cuerpo y el ser humano que lo habita son representados simbólicamente como entidades múltiples y unitarias al mismo tiempo. Así, se produce un salto cualitativo congruente con el discurso de la historia de la medicina. Después de sus ejemplos en torno a la separación extrema de los hemisferios cerebrales, Walter concluye: «Pero poco consuelo es saber que si no somos uno [...] no somos dos tampoco, sino diez, o mil, quién sabe cuántos, y entre todos no hacemos ese uno que no somos» (p. 179). Aquí encontramos una especie de ranura discursiva por donde se filtran una serie de evocaciones críticas a la noción aristotélica del individuo separado, visto desde fuera. En efecto, desde hace siglos ha imperado la idea común de que el ser humano es un organismo individual, plenamente diferenciado en sí mismo a través de sus órganos y también plenamente diferenciado de otros por el signo límite de su piel (Bourdieu, p. 1999) . Este materialismo espontáneo forma parte de un conjunto amplio de concepciones fisicalistas que han concebido a nuestro cuerpo como un conjunto de unidades discernibles y susceptibles de ser medidas, pesadas, contadas, auscultadas, etc. Se trata de una perspectiva plagada de resabios escolásticos. El cuerpo visto como un organismo-objeto; estudiado, conocido y descrito desde la exterioridad de un espectador. Además, tengamos en cuenta que un cuerpo vivo también funciona como agente individualizador en la medida en que ubica en el tiempo y en el espacio, aisla, separa, señala, escruta, localiza, etc., Al mismo tiempo, todo cuerpo, aún el cuerpo convertido en cadáver, se encuentra sometido a estos procedimientos de individuación, así como a otros de inclusión, selección y ordenamiento. Dicho de otro modo, los cuerpos son entidades invariablemente sometidas a procesos de vigilancia, control y poder (Foucault, p. 2000).
Cabe señalar que, en Palinuro la perspectiva dualista forma parte de un conjunto de saberes ya constituidos por la tradición médica. De igual modo, esa dualidad emerge también, a partir de lo que no se sabe: «nos ignoramos más de lo que nos conocemos» (p. 180), dice lacónicamente Walter. Simbólicamente, el cuerpo es representado como un texto que está inmerso en redes interpretativas de vasta confluencia, a partir de todo aquello que en algún momento fue registrado por los sentidos. En un pasaje por demás ilustrativo, el mismo Walter explica lo que ocurre cuando a una persona que ha perdido un miembro de su cuerpo, al paso de los meses, quizá de los años, un buen día, de pronto, las redes neuronales de su cerebro vuelven a establecer una cierta conexión e intentan reconocer al miembro amputado. Entonces, esa persona puede sentir desesperadamente comezón en la punta del dedo gordo, del pie que ya no existe. Al margen de explicaciones científicas, vemos que en este pasaje, el proceso de separación de una parte del cuerpo humano es analizado desde un conjunto de implicaciones paralelas, donde lo importante no es la ausencia o pérdida, sino los efectos no visibles desde ópticas distintas. Fernando del Paso nos muestra cómo es que hay una gran diferencia de relaciones causales, efectos, sensaciones y perspectivas entre alguien que ha perdido un miembro de su cuerpo y un observador común. Parece advertirnos que sólo quien padece el síndrome del miembro fantasma es capaz de mantener una relación de compleja figurabilidad entre el miembro ausente y la sensación de comezón. Este es un ejemplo de la importancia que en la novela tienen los signos en ausencia. (Marin, L. p. 1978).
En Palinuro lo que ya no está forma parte de otra realidad, existe de otra manera. Cada órgano extirpado será un signo ausente que eventualmente continuará dotando de significación al texto general del cuerpo humano. Cuando se habla de un miembro separado del resto del cuerpo, es decir, cuando tenemos una disección simbólica en Palinuro, de inmediato la narración da un vuelco para focalizar nuestra atención hacia el surgimiento de nuevas visiones del mundo; visiones que bien pueden ser exclusivas, extrañas, deformantes y grotescas, como les ocurre, según afirma el mismo Walter, a los epilépticos, a los drogados, o a quienes padecen pesadillas (p. 180).
Un hecho singular que, desde nuestro punto de vista se desprende de la profunda atención que del Paso dedica a las representaciones del cuerpo como entidad múltiple y unitaria, consiste en la disolución de la primacía de los referentes. El miembro amputado es colocado al mismo nivel de importancia que las reacciones psíquicas derivadas de la amputación. Del Paso plantea este fenómeno como si se tratara de una serie de huecos en la ciencia médica, lo cual, desde nuestro punto de vista, no es un detalle menor. Un neurólogo de gran prestigio como Oliver Sacks ha demostrado en su libro titulado Con una sola pierna (1998) que, en términos generales, la ciencia médica aún no ha sido capaz de describir y estudiar satisfactoriamente los trastornos neuronales que se presentan en pacientes que sufren alguna lesión o amputación de uno de sus miembros. El mismo doctor Sacks constata este hecho tras haber sufrido una lesión en una pierna, a consecuencia de una caída en una desolada montaña en Noruega. Lo que en principio se presentaba como una recuperación de rutina tras la cirugía de rótula, de pronto se transformó en un laberinto existencial, pues tan pronto despertó de la anestesia, empezó a sentir que la pierna se había convertido en un objeto absolutamente ajeno a él. Para su sorpresa, tanto la enfermera, como la fisioterapeuta y los médicos que lo operaron no comprendían el hecho de que para él, esa pierna ya no era suya. Nadie parecía entender lo que realmente quería decir cuando le pide a una enfermera que le coloque la pierna. De pronto se convierte en un náufrago cuando intenta explicar lo que estaba ocurriendo en su cabeza, más allá de la ausencia de impulsos nerviosos en los músculos del cuadriceps. Tampoco era posible comunicar el hecho de que la pierna había pasado a ser un objeto estrambótico, casi como un cadáver colocado junto a él. La misma incomprensión ocurre hacia el final de la convalecencia, cuando el doctor Sacks intenta ponerse de pie y dar unos pasos con la ayuda de dos fisioterapeutas que lo sujetan de los hombros. A continuación reproducimos un fragmento que da cuenta del diferencial entre la angustia interior que experimenta el paciente y la perspectiva mecanicista de las fisioterapeutas:

De pronto, sin previo aviso, sin la menor advertencia, me vi precipitado en un vértigo de apariciones. El suelo pareció hallarse a kilómetros de distancia, y luego a sólo unos milímetros; la habitación se inclinó bruscamente y luego giró sobre su eje. Se apoderó de mí una conmoción intensa en la que había terror y desconcierto. Tenía la sensación de que caía, y grité a las fisioterapeutas:
—¡Sosténganme, tienen que sostenerme!... Estoy completamente desvalido.
—Vamos, equilíbrese usted —dijeron ellas—. Alce la vista. (1998, p. 123).

No es nuestra intención tratar de ahondar más en la complejidad del llamado síndrome de Pötzl, sólo nos interesa mostrar que, a través de experiencias tan inquietantes, como las que describe el doctor Sacks, es posible constatar la gran importancia que del Paso concede a los signos en ausencia, aún incomprendidos del todo por la ciencia médica. Cuando el primo Walter afirma que el dedo gordo ya ha desaparecido con la pierna amputada y que «un buen día existe sólo para ti y para nadie más» (p. 180) nos deja ver que aun en las representaciones internas más triviales, es posible que se generen incomprensiones, huecos, desvíos y desequilibrios entre la visión individual y la perspectiva exterior de un médico especializado. Parte de este continuo diferencial se debe al hecho de que la complejidad contextual de percepciones, sensaciones y nuevas experiencias nunca se detiene: «nosotros nunca somos sino que estamos siendo», dice el primo Walter (p. 181). Esta sentencia forma parte de un repliegue. El médico y a su vez, cada paciente, aun en posesión de sus propios cuerpos, están condenados a convivir con el universo volátil de pensamientos, recuerdos, imágenes sensoriales, estímulos o simples intuiciones, que no pueden ser medidos ni sopesados en todo rigor por la ciencia médica.
A del Paso le interesa mostrar que se trata de un fenómeno hasta cierto punto alejado de nuestra conciencia, pero necesario, a fin de construir nuestra identidad. Así, desde pequeño, Palinuro escucha y produce enunciados convencionales como los siguientes: «A Palinuro le está saliendo un diente, a Palinuro le cortamos el pelo […] Niño, lávate las manos, niño, enséñame la lengua» (p. 271). Estos enunciados le permiten construirse una imagen múltiple y unitaria de sí mismo. Sin embargo, también del Paso nos revela que bajo la simpleza de estos enunciados se esconde el misterio y la angustia de no poder acceder al conocimiento profundo de cada una de esas partes que nos identifican y nos constituyen. Palinuro siente angustia porque a medida que crece se percata de que hay partes dentro de su cuerpo que, aunque indispensables para vivir, tal vez nunca en su vida llegará a conocer. Sólo pensamientos vagos e imprecisos le son permitidos respecto al funcionamiento de sus órganos interiores. Más adelante, Palinuro especula irónicamente sobre la posibilidad de conocernos a nosotros mismos, sólo si el dios Vulcano nos hubiera concedido el prodigio de poseer una ventana secreta en el pecho, a fin de contemplar nuestros pensamientos más secretos, o sólo si hubiéramos tenido desde nuestro nacimiento una barriga de cristal, a través de la cual hubiéramos podido contemplar todos los días nuestras vísceras, como le ocurrió al emperador que nunca existió Shen Nung (p. 331).
Este hecho, desesperante y confuso para Palinuro también se ve reflejado en el lenguaje cercano a su entorno. Por ejemplo, no había la más mínima posibilidad de que un día su madre le dijera algo como: «Niño, no te rasques el hígado, Niño no te muerdas los pulmones, Niño no te metas el dedo en el corazón» (p. 272). Tampoco existía la posibilidad de que dispusiera de sus órganos como podía disponer de otras cosas de su propiedad, es decir, Palinuro no podía decir algo como «Mamá guarda mis ojos en el ropero, mamá cómprame unas manos nuevas, mamá dale cuerda a mi corazón» (p. 272).
Todo este juego de expresiones bien pueden parecernos simples ocurrencias de lo imposible. Sin embargo, a del Paso le sirven para hacernos reflexionar sobre un hecho crucial: dada la imposibilidad que tenemos de explorar nuestra constitución interior, sólo nos queda deducirnos, imaginarnos y en última instancia observar otros cuerpos, a fin de inventarnos a nosotros mismos. Cada uno de nuestros sentidos depende de un complejo sistema de espejos laterales. De hecho, del Paso parece decirnos que sí podemos conocernos físicamente, pero sólo de un modo extremadamente oblicuo y tangencial. La mayoría de las veces terminamos representándonos a través de rastros, señales y signos ajenos, que son susceptibles de ser incorporados a nuestro universo perceptivo. De ahí la fascinación y el horror que podemos experimentar cuando vemos ciertos flujos interiores de nuestro cuerpo. (Sawday, 2006, p. 8) . En este sentido, a todos nos corresponde jugar un cierto rol de pacientes. Debemos soportar y mantener en silencio nuestra presencia interior. Hay, en este hecho algo de actitud estoica, una suerte de cancelamiento vital. Cuando, por alguna razón, llámese una herida o una cirugía, nuestras cavidades internas son expuestas, entonces se produce una especie de fractura social. Se rompe nuestra cáscara protectora y las miradas exteriores se asoman a ese mundo que presagia descomposición, oquedad, muerte. De ahí que el médico siga siendo visto como un mediador de prestigio que además de curar, debe proveer ciertas condiciones para que el tránsito de miradas entre nuestro mundo interior y exterior no sea conflictivo. Hoy en día, buena parte de las consultas médicas, y más aún, las cirugías gozan de un cierto halo de intimidad hermética. Básicamente los pacientes revelan mundos interiores y los médicos son autorizados a colocarse en una posición privilegiada que les permite observar y analizar esos mundos, más allá de las miradas comunes. Así, cuando el médico explica a un paciente lo que ocurre dentro de su cuerpo, también hace las veces de filtro contra visiones «desautorizadas». Este solo hecho hace que el médico pueda colocarse al centro de un poder envolvente y abarcador. Él diseña métodos, elije técnicas, dispone de herramientas y espacios hospitalarios para abrir y asomarse a nuestro interior. Cada una de nuestras cavidades ventrales podrá ser auscultada, analizada y finalmente mostrada, pero sólo bajo ciertos filtros de control. De manera que en nuestra opinión, no es una exageración afirmar que en cierto sentido, vivimos excluidos del interior de nuestro propio cuerpo.
Esta exclusión juega un papel crucial en la percepción de nuestro cuerpo como una entidad múltiple y unitaria. Aunque invariablemente sospechamos que llevamos un interior nuestro como parte de una unidad discreta y divisible en términos platónicos, sólo podemos asomarnos a ese interior mediante miradas múltiples y especializadas. Durante siglos, tal imposibilidad ha dado lugar al refuerzo de miedos y tabúes. Hoy en día es común que tanto en el consultorio, como en la sala de disección se disponga de lo mínimo necesario para que el paciente no vea y no sienta. De manera que no tenga la necesidad de enfrentar por sí mismo, sus miedos y tabúes ancestrales respecto a lo que ocurre dentro de su propio cuerpo. He aquí una de las funciones no del todo explícitas, que cumplen las mamparas y la anestesia. No es raro que una de las preocupaciones de quien va a someterse a cirugía, sea precisamente no ver y no sentir lo que ocurre en sus cavidades interiores. El mismo Sawday, (2006, p. 12), a manera de ejemplo, narra cómo en cierta ocasión un paciente que estaba siendo operado bajo anestesia espinal, de pronto vio, en un reflejo sobre la superficie pulida de una lámpara, la abertura que dejaba al descubierto el interior de su cuerpo. Al percatarse de ello, el cirujano inmediatamente se movió para obstruir el reflejo y así apartar al paciente de esa mirada perturbadora. Irónicamente el cirujano dice: “I am no longer a surgeon, but a hierophant”. Oliver Sacks (2006, p. 127), ya mencionado, narra cómo en cierta ocasión se sintió muy extrañado de ver cómo, en plena operación, un cirujano decide mostrarle a su paciente el melanoma recién extraído: «Pero yo no sabía qué pensar del hecho de que Bennett le hubiera enseñado un trozo de carne extirpado a la paciente (“¡Aquí está!”). Uno puede enseñarle un cálculo biliar a un paciente, ¿pero enseñarle un trozo de carne y grasa sangrante y deforme? Estaba claro que ella no quería verlo».
Toda esta correlación sistemática de controles, miedos y tabúes que nos impiden asomarnos al interior de nuestros cuerpos constituye, en buena medida, parte de nuestra multiplicidad. Somos el resultado de una suma prolífica de miradas bajo el impulso de la política, de las artes y por supuesto de la ciencia. Tengamos en cuenta que las representaciones y el conocimiento de nuestras cavidades interiores forman parte de una larguísima serie conformada por miles de acontecimientos científicos cruciales, como los que se produjeron durante el siglo XVI. Sólo por mencionar algunos de estos acontecimientos recordemos que Andrea Vesalio realiza descripciones detalladas de una gran cantidad de huesos, ligamentos, músculos y vasos sanguíneos, a partir de disecciones de cadáveres. Bartolomeo Eustaquio dibuja los ramales interiores del oído, Gabriel Falopio observa y describe el órgano reproductor femenino. Mateo Realdo realiza una descripción completa de la circulación de la sangre en los pulmones, etc.
            Ahora bien, el problema de la multiplicidad unitaria de nuestro cuerpo, en el discurso ontológico de Palinuro, forma parte de un conjunto inherente a la noción misma de condición humana. En el fondo, Walter trata de hacerle ver a Palinuro que la vida misma empieza a desintegrarse a partir del momento en que se origina. Esta observación de Walter podemos tomarla como una lección de principio. Nuestra condición humana transcurre desde sus inicios hasta llegar a su fin, bajo el tejido sutil de una serie de multiplicidades que se integran y se desintegran sin cesar. Somos una constelación de uniones y desintegraciones. Nos constituimos como un ser vivo en la medida en que nos transformamos en otro ser decadente, próximo a la muerte. Walter explica a Palinuro cómo es que los procesos degenerativos de arterioesclerosis crónica se inician, desde el mismo instante en que se conforman nuestros tejidos arteriales. También le explica que, al recibir los primeros flujos nutritivos, nuestro organismo empieza a librar mil batallas contra invasiones fagocitarias y envenenamientos propios de las toxinas intestinales. Así, de manera conclusiva Walter le dice a Palinuro: «En realidad tu vida comienza a dejar de ser tu vida cuando se inicia, desde que naces» (p. 275).
Pero además, para volver aún más compleja esta perspectiva, el primo Walter, haciéndose eco de la teoría del caos, le hace ver a Palinuro que un hecho tan natural e inevitable como la muerte, no depende exclusivamente de contingencias biológicas, sino de una cantidad prácticamente infinita de pequeñas e impredecibles circunstancias. De manera que, tal y como ocurre con el famoso efecto mariposa, bajo el cual, la más mínima perturbación en un sistema, bien puede desencadenar una serie de sucesos cuyas consecuencias pueden ser muy grandes o incluso catastróficas, Walter le hace ver a Palinuro que probablemente su vida empezará a dejar de ser su vida, a partir del momento en que se empiece a gestar un cáncer dentro de su cuerpo, o bien cuando de manera microscópica empiece a sedimentarse el agregado de plaquetas que al cabo de un tiempo acabará por transformarse en un trombo fatal. O también es posible que la vida empiece a terminarse cuando alguien dé los primeros pasos hacia la calle donde será atropellado, o bien cuando alguien, después de haberse excedido en alcohol decida, ya de madrugada, cortar camino por un callejón donde habrá de morir apuñalado.
Indudablemente sentimos que Walter podría hacer una lista larguísima de eventos semejantes, donde una mínima alteración del azar puede conducir a la muerte de alguien. A nosotros, sin embargo, no nos interesa tanto el andamiaje narrativo como el énfasis en lo contingente, en los saltos constantes y reiterados hacia la condición de multiplicidades que se mueven como dados. Walter también desea enseñarle a Palinuro que todas y cada una de las posibles muertes que podamos tener, también son negaciones de otras muertes que no son nuestras. Una embolia, un cáncer «te salvará de morir congelado en el lago Michigan, de morir atravesado por la flecha de un comanche hace cien años, de morir de ingravidez a bordo de un cohete espacial» (p. 275). Como puede apreciar el lector, no se trata de buena o mala suerte, de muertes afortunadas o desafortunadas. Lo importante son las derivaciones múltiples, el conjunto de posibilidades siempre abiertas, que hacen de la vida un caos de entidades múltiples y unitarias.

 

 

Obras citadas:

Bourdieu, P. (1999). «El conocimiento por cuerpos», en Meditaciones pascalianas. Barcelona: Anagrama. Capítulo 4, pp. 169-214.

Del Paso, F. (1977). Palinuro de México. México, D.F.: Diana.

Foucault, M. (2000). Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión. México, D.F.: Siglo XXI. (Publicación original en 1976).

Marin, L. (1978). Estudios semiológicos (la lectura de la imagen). Madrid: Comunicación.

Paulson, W. (1991). “Literature, Complexity, Interdisciplinarity”, in Chaos and order. Complex Dynamics in Literature and Science. Chicago: Katherine Hayles (ed.), The University of Chicago Press., pp.37-54.

Sacks, O. (1998) Con una sola pierna. Barcelona: Anagrama. (Publicación original en 1984).

Sacks, O. (2006). Un antropólogo en Marte. Barcelona: Anagrama. (Publicación original en 1997).

Sawday, J. (2006). The body emblazoned: dissection and the human body in Renaissance culture. London; New York: Routledge. (Publicación original en 1995).


Bourdieu (1999, p. 172) va más allá respecto a las visiones escolásticas del cuerpo humano. Su crítica va dirigida hacia las rutas subrepticias que han mantenido vigentes los prejuicios escolásticos : «estamos dominados por una larga tradición teórica sostenida y reactivada de modo permanente por la situación escolástica, que se perpetúa mediante una mezcla de reinvención y reiteración y, en lo esencial, no es más que una laboriosa teorización de la “filosofía” semicientífica de la acción. Veinte siglos de difuso platonismo y lecturas cristianizadas del Fedón inclinan a considerar el cuerpo no como un instrumento del conocimiento, sino como un obstáculo para el conocimiento, y a ignorar la especificidad del conocimiento práctico, tratado ora como un mero obstáculo para el conocimiento, ora como una ciencia que todavía está en mantillas».

Aunque el mismo Swaday (2006, p. 7) reconoce que a pesar de la imposibilidad que tenemos para conocer el interior de nuestros propios cuerpos, cada uno de nuestros órganos interiores lleva consigo marcas de diferenciación e individualidad, las cuales podrían valorarse de manera semejante a como hacemos con nuestros signos exteriores de diferenciación “Our bodies, then, carry within themselves signs of their own individuality to an extent at least comparable with the visible signs of differentiation carried on our surfaces”.

 

 

Sobre nosotros | Mapa de Sitio | Políticas de privacidad | Contacto |

©2007 Departamento de Estudios Literarios. UdeG