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Figuras mitológicas

en Piedra de sol de Octavio Paz

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Gabriel Gómez López


 

 

Figuras mitológicas en Piedra de sol de Octavio Paz


Pienso que la mitología es una de las principales fuentes en las que abreva la Poesía, también creo que la auténtica Poesía se escribe con sangre y que cuando ésta se convierte en piedra se consolida la unificación de los contrarios. La movilidad del río o de la luz, el tiempo contra la solidez de la piedra, el arte; «inmóvil en la luz, pero danzante» dice Paz.
Piedra de sol de Octavio Paz, poema fundamental de la lengua y suma poética del autor, está soportado por dos grandes mitos: el del Eterno retorno y el de la Gran Diosa, sobre los que transitan figuras mitológicas; ciertos textos literarios y referentes históricos son convertidos en mito.
En la primera edición en 1957 el texto se acompañaba de una nota que aludía a estos mitos, pero fue retirada en las sucesivas ediciones. El presente trabajo se apoya en esta nota.
Tres astros iluminan el poema: el sol, que le da el título y remite al Calendario solar azteca; la luna, representada en el epígrafe, que es la primera estrofa del poema Ártemis de Gerard de Nerval, dedicado a Artemisa o Diana, la virgen venerable, la primera y la última, la Muerte o la Muerta, hermana gemela de Apolo, la del arco de plata, cazadora implacable, diosa de la naturaleza salvaje y de los lugares a donde los hombres no se atreven a penetrar; y por último, el planeta Venus. En la nota mencionada, Octavio Paz refiere que los 584 endecasílabos del poema corresponden a la revolución sinódica del planeta Venus, que es Isthar o Afrodita, la deidad del la fertilidad, la augusta coronada de oro, ella está dondequiera que la vida centellee con belleza y alegría. Es la amante de la risa, es la fuerza irrevocable del amor.
Estos tres astros corresponden a la vida, la muerte y el amor. En el poema fluyen la luz y el agua de la vida en busca de la piedra, el recipiente donde tendrá lugar la regeneración, el segundo nacimiento, en la Mujer eterna, virgen, esposa y Madre terrible.
Piedra de sol se refiere al Calendario solar azteca, el monumento tiene en su centro el signo del movimiento con el rostro del dios sol y alrededor las edades del universo y los signos de los días entre dos serpientes mostrándose las fauces: las dos mitades del universo en pugna. Para los nahuas el calendario regía todas sus actividades, con él se asocian el ritmo y la repetición. Cada 52 años los aztecas se renovaban a través del ritual del fuego nuevo, arrojaban todas sus pertenencias y exorcizaban los recuerdos.
El sol gobierna el tiempo y el espacio, el pasado y el presente. El antiguo calendario de los mexicanos se basaba tanto en las observaciones astronómicas como en el simbolismo de los números, los signos de los días I a XX se relacionaban constantemente con los números del 1 al 13. El número 13 aparece en el epígrafe como la treceava, y si bien parece referirse a una carta del Tarot, considero que Paz quiere señalar que se trata del mes primero y último del calendario, habrá que recordar que el poema empieza y termina con el mismo endecasílabo.
En la pirámide de Kukulkán los mayas domesticaron al tiempo. Cada año el dios retorna en el solsticio para saludar a sus devotos con sus triángulos de luz y sombra; Octavio Paz había dicho «La piedra es luz».
Dice Mircea Eliade que una piedra llega a ser sagrada por conmemorar un acto mítico; una piedra, aun la más vulgar, se convertirá en preciosa en virtud de su forma, de su origen, por ser morada de los antepasados, por haber sido teatro de una teofanía o porque le consagraron un sacrificio o un juramento; sea como sea, a partir de entonces la piedra se transforma en centro del mundo, el ómphalos de los griegos.
Los ritos se encargan de repetir simbólicamente el acto de la Creación. Todo rito es una repetición de un acto ocurrido in illo tempore. Gracias al rito todo comienza a cada instante, si en lugar de rito leemos «Poema» y, en vez de oficiante «Poeta», el texto analizado se iluminará, «el instante a pulso levantado letra a letra mientras afuera el tiempo se desboca». El tiempo sagrado del mito no es el mismo que el tiempo lineal de la historia.
Los ritos de fertilidad se practicaban periódicamente con la intención de regenerar las fuerzas de la tierra. Se podía expulsar al pharmakós: la víctima propiciatoria en la cual se recargaban todos los males, o bien, practicar la hierogamia: el matrimonio sagrado entre el rey y la representante de la diosa que garantiza la fertilidad; en los procesos de iniciación, en los ritos de paso, era necesario sufrir una muerte simbólica para lograr el renacimiento.
Respecto a la Diosa, sus nombres y títulos son innumerables, es la Dama Blanca o la Diosa Blanca, la Madre de Toda la Vida cuyo abrazo significa la muerte o la vida eterna. Es la diosa imposible de encontrar, un símbolo de la unidad vital en la Naturaleza; su poder estaba en las aguas y en las piedras, en las tumbas, en las cuevas, en los animales, en los árboles; como diosa de la regeneración da y quita la vida; siendo Una, se convierte en muchas. Es virgen y madre y su hijo es su consorte.
En Piedra de sol, el Poeta es el actor, va en busca de la Poesía como el Amante hacia la Amada; el artista se interna en los corredores polvorientos de la memoria, «las heladas calles de sí mismo», en las que el hilo conductor será el amor auténtico, el amor cortés de Lanzarote y Ginebra, el amor delirante de Tristán e Isolda, el amor feroz de Otelo o incluso el amor antinatural del homosexual Wilde o el de la castidad del santo, todo lo que no sea «dar vuelta a la noria» como Sansón, ciego y tal vez castrado. El Poeta busca el cuerpo de la Mujer, vestida con el color de sus deseos y con una falda de agua que remite a Chalchiuitlicue, la diosa regente de la cuarta era, la que terminó con el diluvio, «con el agua se inunda el poema con su dedos de agua con su boca de agua, llueve sobre sus huesos, un árbol líquido».
En el recorrido hay resonancias del viaje de Quetzalcóatl al inframundo, «entre pensamientos afilados como puñales de obsidiana, espejos que revelan su imagen destrozada, el Poeta porta un traje de llamas donde arde sin arder» como Heracles y sufre la muerte por desmembramiento como Dioniso, como Tiamat en Babilonia o como el germánico Ymir, que en las diversas mitologías son mitos cosmogónicos. En fin, atraviesa «como un ciego hacia el centro del círculo» donde Ariadna, la Dama del laberinto, aguarda con su hacha.
Poesía en la que, como Fausto, el Poeta busca el instante en que el tiempo se detenga, el tiempo sagrado que no se rige por ningún reloj; «busco sin encontrar, busco un instante, un rostro de relámpago y tormenta… un rostro desvanecido al recordarlo». Al no encontrar lo que busca se observa por fuera de su cuerpo, como en el mito del nagual, y escribe; un ejercicio proustiano, no en busca del tiempo perdido, sino del tiempo ganado arrancado a la nada; encuentra, en un cajón olvidado, el recuerdo glorioso: a las cinco de la tarde, en la salida del colegio, presenciando la aparición de Ella, la única, su novia, su madre y amante, a quien «el espacio al ceñirla la vestía de una piel más dorada y transparente» y a la que repetirá en cada mujer, la diosa de los mil nombres y los mil rostros.
Hay, en el poema y en la nota, numerosas alusiones y menciones directas a figuras mitológicas o personajes mitificados: Melusina: el hada que arrastraba la maldición de convertirse periódicamente en una serpiente del ombligo para abajo y que al ser descubierta saltó por la ventana trasformada en una serpiente alada lanzando alaridos aterradores. La leyenda nos remite a un rito de fertilidad, semejante al baño con el que Hera renovaba su virginidad. Anfítrite, la esposa de Poseidón, aparece como la «pastora de los valles submarinos; la guardiana del valle de los muertos» no es otra sino Perséfone o Proserpina, raptada por Hades y quien no pudo retornar totalmente a la vida por haber devorado unos granos de granada; comparte la vida con la muerte y cuya madre Deméter, quien la buscaba afanosa, se representa por la espiga. La flor de resurrección puede ser la planta que buscaba Gilgamesh bajo el mar, o el muérdago, el único ser al que se ignoró tomar la promesa de no hacer daño a Balder en la mitología germánica. También está presente la Reina de las Serpientes de las Mil y una noches que, en la Historia de Bulukiya, es quien conoce la planta que llevará a la vida eterna. Aparece Circe hechizando a los amigos de Odiseo-Nadie; Atenea, inventora de la flauta, instrumento al que maldijo por deformarle su belleza causando el fin de Marsias, quien terminó como «un pellejo colgado de unos huesos» al atreverse a enfrentarse a Apolo. Y Hécate la de triple rostro, hija, esposa y madre.
Asimismo, las Musas: Isabel Freire, que rechaza a Garcilaso para casarse con un personaje de caricatura; y Laura de Noves, que más que una mujer de carne y hueso es una creación literaria, pues jamás correspondió al amor de Petrarca, e incluso sus encuentros fueron breves y casuales. Feliz esposa de un gentilhombre y madre de 11 hijos. Ambas, aunque escogieron la vida sobre el arte, han sobrevivido en la poesía.
Respecto a María, dice Robert Graves en la Diosa Blanca, que Ma-ri significa «la madre fecunda», Ma-ri-enna es «la madre fecunda del Cielo», alias Miriam. Mariam es la antigua diosa pagana del mar, la patrona de los poetas y enamorados.
Así están mencionadas tanto las Musas como María: reina del cielo, Perséfone: reina del Averno y Melusina: patrona de la renovación.
Los nombres de lugares desfilan y se multiplican hasta llegar a una fecha y lugar precisos, España 1937, que marcó el fin de las esperanzas de toda una generación. Una Madrid bombardeada es escogida para realizar la hierogamia, el sagrado matrimonio que renovará la Tierra Baldía; pueden ser Adán y Eva, Gilgamesh e Ishtar, Quetzalcóatl y Quetzalpétlatl o dos amantes cualquiera; «todo lo que los amantes tocan fosforece, los raídos tapetes son mausoleos del lujo, cada puerta da al mar, el tiempo inútilmente los asedia», viven el tiempo fuera del tiempo, «el centro del mundo en cada cuarto, estallan las leyes, las cárceles, las máscaras podridas que dividen al hombre de los hombres, al hombre de sí mismo», supremo momento del amor, cuando el péndulo se detiene y da paso al tiempo de la vida; por un instante se vislumbra la unidad perdida, «la gloria de ser hombre, el compartir el pan, el sol, la muerte, el olvidado asombro de estar vivos»; entre tanto, por fuera de los muros del Tiempo Sagrado, se extiende el gris mundo de Alfred Pruffrock: oxidado, lluvioso, detestable.
«El mundo cambia cuando dos se miran y se reconocen porque amar es desnudarse de los nombres», ya no es Eloísa, la valiente musa, sino una puta libertina que suplica amor a un esclavo indigno de ser su esposo. Eloísa expresa lo mismo que el poema gnóstico:
Truena, mente perfecta: Yo soy la primera y la última. Soy la honrada y la escarnecida. Soy la puta y la santa. Soy la esposa y la virgen. Soy la madre y la hija. Soy conocimiento e ignorancia. Soy desvergonzada, estoy avergonzada. Soy necia, soy sabia. Yo no tengo Dios y soy una cuyo Dios es grande.
Todo tan bello, pero el sueño termina: un parpadeo liquida el mundo de Fausto, se desvanece Eurídice, el tiempo regresa «con su horario carnicero, se cambian los minutos por monedas», mugido de Agamenón al ser sacrificado como un buey en su pesebre, lamento balbuceante de Casandra; mojones de la historia, los primeros-últimos: Bruto que al besar a su madre tierra cambió el curso de Roma, Sócrates, Madero, Trotsky, Robespierre, Lincoln, los que vieron caer su imperio: Moctezuma, Churruca en Trafalgar, «¿no pasa nada cuando pasa el tiempo?», el mundo se ha derrumbado en un instante al despertar; «¿por qué me matan?», grito de Cristo en Viernes Santo seguido de un silencio poblado de signos, «cementerios de frases que los perros retóricos escarban, la boca espumeante del profeta y el grito del verdugo», todos son llamas, es el Sermón del fuego de Budha. De nuevo somos nada, somos Nadie, no hay redención, no vuelve atrás el tiempo de la historia, la flecha va en una sola dirección,
Los muertos están fijos en su muerte y no pueden morirse de otra muerte, cada minuto es nada para siempre; el monumento somos de una vida ajena y no vivida, la que nos han obligado a vivir, la vida que nunca fue nuestra, no somos sino vértigo y vacío, muecas en el espejo.
Una fugaz antorcha que se extingue, el cuento de un idiota lleno de sonido y furia que nada significa, la vida que no es nuestra, sino la de los otros que somos todos. Para que pueda ser he de ser otro, salir de mi, buscarme entre los otros que me dan plena existencia, no soy yo, no hay yo, la vida siempre está en otra parte, los convencionalismos y todo lo que representan, todo cuanto nos hace no vivir, «nos inventa un rostro y lo desgasta, cara de solitario colectivo».
La letanía dedicada a la Diosa recuerda la de Apuleyo en El asno de oro:
Señora de la noche, torre de la claridad, virgen lunar, que eres todas las diosas, todas las mujeres, entiérrame en tu tierra; puerta del ser, despiértame, llévame al otro lado de la noche donde yo soy tú somos nosotros. Puerta del ser ten un rostro para mirar mi rostro y que te mire para mirar la vida hasta la muerte.
Los instantes se colapsan,«son sueños de piedra que no sueña, la sangre encarcelada», el poema nace como un rumor de luz, las barreras ceden y las murallas se desmoronan, «el sol entraba a saco por mi frente, desprendía el ser de su envoltura, me arrancaba de mi, me separaba de mi dormir siglos de piedra…», la sangre vuelve a circular desde la herida seca. Al leer el Poema, el lector es ahora el oficiante del rito que revive la experiencia del Poeta con la Mujer eterna, la luz ilumina la piedra, el tiempo recomienza, Kukulkán ha retornado.

 

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