UDG
DIFUSIÓN
DEL@DIFUSIÓN
DEL@DOCENCIA

Recitar o no recitar, no hay tal dilema

Ir a Pdf

Ricardo Castillo

 

 

¿por qué va un poeta a decirle sus versos a una ciudad que no le paga por serlo y lo ningunea precisamente como tal?

Gabriel Zaíd

El nombre y el epígrafe de estas notas hace resonar el título de un excelente ensayo de Gabriel Zaíd: un texto incluido en su libro Ensayos de poesía, escrito originalmente para ser leído públicamente (y el dato es importante)  en la ciudad de Monterrey, el año de 1963. Se trata de un pequeño ensayo, Negándose a recitar, con el que Zaid marca la resolución de negarse a leer su poesía públicamente,  (decisión que por cierto data, por lo menos, desde hace más de 45 años).

En aquella ocasión Gabriel Zaid fue invitado a leer su poesía en un evento que, para colmo, llevaba el optimista nombre de Poesía, fundamento de la ciudad.  Es significativo que el poeta y ensayista decida precisamente leer un ensayo, en una noche dedicada a la lectura pública de poesía.

Zaíd no sólo se negará a recitar sino que al ir dando sus razones para no hacerlo, encontrará ocasión de extender sus argumentos hasta las inmediaciones de la sátira, exhibiendo, de manera lúcida y mordaz, la condición social del poeta, así como la nula importancia de la poesía dentro de la ciudad, negando decididamente el supuesto fundamento que ella pudiera encarnar.

«No he venido a decir que escribir versos sea la tarea fundamental de una ciudad», dice en cierto momento y, al final de la lectura del ensayo, no habrá ninguna duda para nadie. En adelante sólo un necio o un incauto podría atreverse a invitarlo a recitar en otra ocasión.

El texto arranca haciendo un elogio del ensayo, «el centauro de los géneros», dice citando a Alfonso Reyes. Y agrega que el ensayo implica el desdoblamiento del autor en la conciencia crítica del lector. Luego, para dar un ejemplo de la excelencia de este género de discurso, Zaíd recurre nada menos que a Platón, quien, como se sabe, excluyó a los poetas de la República perfecta.

En Los Diálogos, nos recuerda el poeta, el verdadero ensayista es Platón pues es él quien se desdobla en Sócrates para escucharlo. Y en este desdoblarse en la conciencia crítica del lector parece centrar Gabriel Zaid, la estrategia satírica de su exposición aquella noche.

Cabe remarcar el hecho de que el discurso está dirigido a un auditorio compuesto por personas que acudieron, al menos por apariencia u obligación, a escuchar poemas. Es decir, familiares y amigos de los poetas lectores, aficionados a la poesía, y además claro, poetas y funcionarios de la ciudad.

El ensayo es una provocación para que todos los que escuchaban esa noche (familiares y amigos, aficionados a la poesía, poetas, etc.) se desdoblen, de manera personal, en su conciencia crítica a través de las palabras que escuchan.

Como se dijo, el texto de Zaíd pasa con toda naturalidad de un tono neutro, serio, a la sátira literaria. La poesía en la ciudad no es más que un adorno de eventos cívicos, y de ninguna manera un fundamento de la ciudad. El poeta es ese señor «que ha aceptado vivir en el margen, que se vuelve un personaje bohemio, que no tiene cabida práctica en el mundo, que lo deja en la calle económicamente, desnudo de una figura viable que ponerse para salir, y andar la ciudad, y cobrar por ejercerla» (Zaíd, 1993, p. 19).

Zaíd extrema la lógica de sus argumentos, como suele hacerlo la sátira, pues a los familiares y amigos de los poetas reunidos aquella noche, les dice (palabras más, palabras menos), que tendrían que mirar con preocupación al ser querido que pretenda no sólo escribir poemas, sino llevar las cosas al punto de aceptar recitarlos en público.

En cuanto a los aficionados a la poesía sentados aquella noche en la sala, Zaíd los invita a pensar que, por su parte, tendrían que aceptar la irrisoria insuficiencia del interés por la poesía, pues en 15 largos años, todos los aficionados a la poesía que existían en México, no habían podido agotar, a un precio invariable de 8 y 10 pesos, respectivamente, mil ejemplares de Libertad bajo palabra de Octavo Paz, o de Subordinaciones, de Carlos Pellicer.  Dos obras capitales de la poesía mexicana. «Si la poesía no vende, es porque no interesa», remata en un despiadado y veraz párrafo.

Respecto a los poetas y a los funcionarios que organizan actos en torno a la poesía, dice:

Supongamos que la poesía, celebrada por pueblos y hasta por alcaldes, que hacen monumentos a los poetas, sea oficio de vagos, quehacer de desocupados. Lo cual no tiene que ser despreciable. Puede tomarse como un signo religioso: una maravillosa cualidad que señale al poeta como ser privilegiado y necesario a la ciudad, para comunicar el carisma del hacer inspirado. Supongamos que la inspiración se llame haraganería.

Pueden suceder varias cosas. Por ejemplo que el haragán, con toda inocencia y seriedad, se dedique a haraganear, y espere naturalmente que le paguen por eso. La ciudad, reverente ante los Altos Valores del Espíritu que en él encarnan, se verá en un problema. Lo natural sería que la ciudad entera se entregase al sublime carisma haragánico. Pero hay que trabajar. ¿Cómo pagarle a un haragán por serlo? (Zaíd, 1993, p. 21).

Hasta aquí el repaso que Zaíd propina a los asistentes a la velada poética. Difícilmente ningún asistente pudo dejar de sentirse aludido. El ensayo del poeta regiomontano es una verdadera vacuna ante la ingenuidad, la complacencia y el exceso de optimismo. Una advertencia ante la vacuidad del ritual poético de la ciudad.

En este sentido, el ensayo de Zaíd debería ser un texto obligado para un poeta en formación y, pensándolo bien, para cualquiera que decida leer poemas en público. No tanto para negarse a leer, sino para desdoblarse en su propia conciencia crítica, como lo propone Zaíd. Ya luego, que cada uno haga lo que pueda o le parezca.

Casi 50 años después de esta moderna negación a recitar por parte del poeta regiomontano, y después de la imperfecta expulsión de los poetas de la República perfecta, pues los poetas siguen en la ciudad y han verificado desde 1963 miles de recitales en todo el país. Y se han recitado millones de poemas en la historia de la poesía. La gran mayoría de los poetas no se pregunta si negarse a decir los poemas públicamente sea una opción. Lo natural es hacerlo, y negarse, en todo caso, es sólo un derecho.

Por otra parte, apenas es necesario mencionar la invaluable importancia de los recitales para la poesía y su publicación. Pues además de mantener vivo un género con dificultades crecientes para llegar a la imprenta, o bien con serios problemas de distribución; también ha sido un baluarte (casi el único si no mencionamos a las revistas), para la promoción del libro y de la poca o mucha actividad económica que pueda generar la poesía.

El dilema acerca de recitar o no recitar responde a un hecho literario moderno.  El texto de Zaíd es sin duda una reacción ante el hastío de la vida literaria y sus costumbres, en la que muchas veces el recital de poesía es sólo un reflejo de la hoguera de vanidades y su teatro social. Un rito sin un fundamento real. Sin una intención real de que el poema sea escuchado tal como lo pide el sonido de su escritura.

Sin embargo, en el fundamento del poema tal dilema no puede existir, pues el poeta está obligado, por naturaleza de su oficio,  a recitar. Así sea para sí mismo, o para un poeta amigo o para el amor. Se sabe que toda historia del poema tendría que empezar en su carácter oral. Antes de la invención de la escritura y por lo tanto todavía fuera del libro. Basta pensar en el chamán, el bardo druida, en el rapsoda, en el juglar o el trovador, para recordar que los primeros poetas consideraban el poema como una forma rítmica y sonora que estaba sujeta a las exigencias de la palabra oral, una composición de atributos rítmicos y melódicos, que es finalmente el soporte verdadero de toda poesía escrita.

De hecho, el mismo Zaíd lo reconoce en su texto cuando dice: «el verso es para leerlo con voz, pues los versos se presentan al poeta de este modo».  Por otra parte, podrá el poeta moderno tener buena o mala voz, aceptar o incluso negarse a recitar con todo derecho, pero la licencia no es tan amplia como para no saber leer en voz alta el propio poema, así sea para uno mismo, al escribirlo. Leer el verso con voz, aunque sea inaudible. Esa sigue y seguirá siendo la exigencia que fundamenta al poema y por lo tanto al oficio de poeta.

Otra cosa es que el que escribe versos tenga que resignarse a ganarse la vida de cualquier manera, excepto escribiendo poemas. Ya han pasado muchos años como para que los poetas sigan encontrando motivo de decepción en el saludable hecho de que los poetas han bajado del Olimpo. Ni siquiera representa ya una tragedia que la poesía no sea el fundamento de la ciudad, o que la poesía no sea negocio o un trabajo como «Dios manda». Esas son cosas que a estas alturas un poeta debe tener bien claras. En realidad resultan ya ajenas a la falsa encrucijada entre recitar o no. En todo caso lo importante, lo central del ensayo de Zaíd, creo yo, es que el poeta que acepte recitar, lo haga con fidelidad a una voz que no es suya, sino la voz del poema, más allá de hacerlo exclusivamente por la necesidad de un público, o por la mera promoción de un libro o de una persona.

El individuo que recita poemas es el único responsable de que sus palabras sean un acto embarazoso o rutinario, o de que por el contrario la voz del poema se concentre en el recitativo, escuchar esa voz que no es la misma de todos los días. Sólo de él dependerá que se respete o no la representación sonora del poema. Tal como la figura del ensayista que encomia Zaíd, el decidor de poemas pueda también desdoblarse en la conciencia crítica y estética de quienes escuchan, como un ejemplo, si bien nada rentable, del hacer inspirado, ese concepto que propone Zaíd para llevar la poesía a la práctica, y la práctica a la poesía. Esto es, atendiendo a lo que manda el oficio, base de todo hacer inspirado.

El recital de poesía es la modalidad sonora del poema y no se antepone a la escritura ni a la lectura en soledad. Sonido y escritura, lectura para los demás y lectura en soledad, son lo mismo y dos cosas distintas a la vez. Formas diferentes de lo mismo. Y en esta sintonía quiero interrumpir por ahora la reflexión acerca de los recitales de poesía, no sin antes terminar de la mano de Alberto Manguel quien escribe en su Una historia de la Lectura, en el capítulo titulado: leer para los demás.

La ceremonia de escuchar priva al oyente de la parte de libertad inherente en el acto de leer —elegir el tono, subrayar un punto, volver a un pasaje preferido— pero también proporciona al versátil texto una identidad respetable, un sentido de unidad en el tiempo y una experiencia en el espacio que pocas veces posee en las manos caprichosas de un lector solitario (Manguel, 2006, p. 136).

 

 


Bibliografía

ZaÍd, Gabriel (1993). Ensayos sobre poesía. México: Colegio Nacional.

Manguel, Alberto (2006). Una historia de la lectura. México: Joaquín Mortiz.

Sobre nosotros | Mapa de Sitio | Políticas de privacidad | Contacto |

©2007 Departamento de Estudios Literarios. UdeG