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Una lectura de la idea de la Gran Europa en la novela Noticias del Imperio de Fernando del Paso

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Mirjana Polić Bobić

 

 

 

En este trabajo me propongo compartir con el lector un aspecto de mi lectura de la novela Noticias del Imperio, la cual, en su momento —y eran los finales de los años ochenta del siglo pasado—, produjo en mí una sorpresa de doble orden.
En primer lugar, la novela del autor mexicano Fernando del Paso aparece en los años ochenta y viene a ser una de las novelas que van a efectuar un cambio en la novela hispanoamericana con respecto a las tendencias predominantes en la novelística hispanoamericana de los años sesenta y setenta, a la vez que sorprender a los que habían seguido con asiduidad su decurso: la historia de los países hispanoamericanos, como temario de la novela en aquel sentido en que aparece en los ochenta, sorprende a los lectores y admiradores de las innovaciones al nivel de la estructura narrativa, de la representación desmenuzada de las situaciones sociales dadas, casi por regla de la podredumbre social o de la mitificación, en una palabra, de las prácticas discursivas de los grandes del boom, ofreciendo, en cambio, como tema los procesos históricos que —casi por regla— han suscitado y siguen suscitando polémicas en las sociedades hispanoamericanas. Mencionaremos para este propósito Guerra del fin del mundo del peruano Mario Vargas Llosa del año 1981, una novela que tematiza acontecimientos históricos resueltos en la novela con un grado importante de alejamiento de lo verídico de los acontecimientos, Santa Evita, novela escrita por el argentino Tomás Eloy Martínez en 1995, que problematiza la historia personal y colectiva relativamente reciente: la del período peronista. Es éste el esbozo del amplio marco en que aparece la novela del autor mexicano.
Noticias del imperio, que se publica en el año 1987, tiene por tema uno de los acontecimientos más discutidos de la historia mexicana relativamente nueva o por lo menos no-antigua: si entre el acontecimiento y la escritura de la novela pasaron un poco más de cien años, espero no caer en error al afirmar que este lapso temporal, para un país tan preñado de historia y de la conciencia del decurso histórico nacional como lo es México, no es especialmente largo. El texto literario probablemente suscitó gran interés y tal vez reacciones de orden distinto de las que hubiera podido suscitar una novela sobre el siglo de la conquista, por ejemplo. Por desgracia, no las conozco tan de cerca debido a que mis años de estudiante en México se vencieron una década antes de la aparición del libro. Se puede imaginar, sin embargo, su intensidad, dado que el tema de la intervención francesa y del efímero imperio de Maximiliano de Austria en México siempre ha suscitado polémicas.
Noticias del Imperio es una novela histórica. Obedece a la razón de ser y a las prácticas narrativas conocidas de lo que es este género, porque la historia es su tema en el pleno sentido de la palabra. Contra el fondo de la novelística hispanoamericana anterior, se la percibe como uno de los fenómenos que cambian el paradigma, combatiendo las estrategias narrativas que acabo de mencionar y que se arriasgan a salir de una línea ya arraigada de expectativas, cosa que siempre representa un desafío para los dos involucrados: tanto el autor como el lector. Sin embargo, lo que en ella se evita es, por igual, obedecer a las estrategias narrativas propias de la novela histórica en su sentido tradicional. Otros investigadores (tales como Michael Rössner entre otros) ya han elaborado este aspecto esencial de la misma, y, en resumen, reinciden en que esta novela histórica no ambiciona construir una identidad colectiva ni apuntar a las raíces nacionales o colectivas de acuerdo con el patrón de la novela histórica en su forma clásica. Por otra parte, ella tampoco descree de lo que González Echevarría, refiriéndose a los dos puntos extremos que a su modo de ver delinea el péndulo de la narrativa hispanoamericana, denomina «el archivo» por oposición al «mito». Lo que vemos en Noticias del Imperio es justamente una nueva valoración del tema del «archivo». Es bien conocido que Fernando del Paso, para poder escribir la novela, había emprendido una investigación a fondo de la multitud de fuentes escritas de distinto orden y que estudió las realia, tales como la indumentaria, el protocolo, los hábitos diarios de los estamentos y las clases de la época, de los personajes históricos que convertiría en sus personajes, etc. Ahora, se plantea la pregunta: ¿qué uso hace Del Paso de todo el material investigado? Tratándose de un tema tan importante en la historiografía y en el imaginario colectivo mexicano, cabría añadir inmediatamente otra pregunta: ¿y por qué?
En primer lugar, supongo que lo investiga porque desconfía de los planteamientos que la problemática había tenido en las historias con las que primero se encontraba: la nacional y oficial. Además, logro suponer que la curiosidad (según la edad del autor) pudo haber despertado por las historias orales a las que es muy dado México, así como por la posición y relevancia del acontecimiento histórico en el imaginario nacional (utilizo el singular para el propósito, aunque me parece más apropiado hablar de imaginarios colectivos y no tan sólo de un imaginario). Es decir, la que se pone en entredicho dentro de la novela es la famosa «verdad histórica», noción con la que todos hemos tenido problemas en algún momento de nuestras vidas, independientemente de nuestro origen. Cabe volver a la estrategia del autor, para recordar como se enfrenta la «mole» de la intervención francesa y su peso en el patrimonio nacional escrito y no escrito. Ya se ha dicho, con otras palabras, que esta novela no participa de la ya algo, o bastante, desteñida aseveración de que la «literatura dice lo que la historia encubre, olvida o mutila». Más bien, y en consonancia con el espíritu de los tardíos ochenta, él lo pone todo en tela de juicio, desconfiando de cualquier explicación unívoca (y aceptada por uno u otro medio ambiente) y de ejemplos de cualquiera de los discursos que ya están en circulación. Los investigadores de la obra de Fernando del Paso ya han notado que esta novela del autor mexicano también se puede leer como uno de los finos y (dada la enorme producción literaria internacional) contados ejemplos de influencia feliz de las nuevas teorías, surgidas en el seno de la historiografía del siglo pasado, en el campo extrahistoriográfico. Stella Clark y Alfonso González, de la Universidad del Estado de California, apuntan hacia el legado de la escuela francesa de Los Anales, así como a su contemporáneo, Ellos, junto con Allen Johnston, relativizan definitivamente los métodos y los logros de la historiografía clásica, admitiendo la relatividad de su discurso, destacando, en cambio, la importancia de todos los factores, por más escurridizos que sean, que conforman las mentalidades y por ende, el decurso histórico. Siempre en la misma línea, mencionan la tesis de Heyden White, de los años ochenta del siglo pasado, quien afirma que no hay diferencia entre el relato del novelista y el del historiador: «El conocimiento obtenido de la lectura de la historia se emparenta más con la creación artística que con un experimento o teoría científica». Considero útil el elemento de la recepción por parte del lector, que subyace a esta tesis, que por otra parte, existe desde hace décadas en la teoría literaria, que ya ha hecho fortuna en las investigaciones de la prosa ficcional colonial americana, y que, estoy de acuerdo con los investigadores nombrados, ha hecho fortuna en la novela de Del Paso. Su «archivo» —vuelvo al término propuesto en el esquema binario de González Echevarría— guarda otro tipo de fuentes: en primer lugar, antes de ponerse a redactar, manejaba —creo— la mayor parte, si no la totalidad, de los libros de historia acerca de la intervención francesa, así como aquellos que la explican, sea en el contexto de la historia europea de las políticas imperiales europeas, sea en la historiografía nacional mexicana.
En más de un punto, en la novela se hace alarde (en el mejor sentido de la palabra) del conocimiento de la historia mundial de la época, con la mención de las fuentes y conocimiento de los autores de aquellas teorías que matizan o encauzan las políticas de la época: por ejemplo, la de Tocqueville sobre la primacía de los Estados Unidos y Rusia en lo que para él era el futuro, o la del conde Gobineau sobre la inigualdad de las razas, etc. El escenario de la gran política de la época está formidablemente reconstruído. A las personas históricas claves se las reconstruye (no se puede decir que se las construye en cuanto personajes de ficción, justamente porque el autor pasa por alto cualquier cavilación del orden de género o disciplina) gracias al apoyo en muchas fuentes diversas; mencionemos, por ejemplo, a Benito Juárez, al mismo Maximiliano, pero también a los que en la novela aparecen como secundarios, por ejemplo, el mariscal Tegethoff a quien, después de tantas glorias en el campo de batalla, le cayó en suerte pasar tratos humillantes al llegar a México por los restos terrenales de Maximiliano. A esta historicidad de los protagonistas de la historia (con la excepción de Carlota en su locura) se contraponen los personajes anónimos: mayormente los soldados mexicanos, o los civiles, que cuentan las consecuencias de la gran política en sus anónimas y destrozadas vidas. Siguiendo la perfilación de estos dos lados, básicamente opuestos (y no tanto en el sentido de «lados» en la batalla o en la política, sino en el sentido de que aquéllos ordenan y mandan, y estos son el objeto de sus decisiones), vale recordar que es entonces cuando el prevaleciente discurso historiográfico-ensayista cambia por el ficcional, valiéndose de las mejores tradiciones de la narrativa de las dos décadas anteriores. La tercera instancia, siempre a grandes rasgos, viene a ser Carlota, o su soliloquio que, gracias a su estado, viene a ser una especie de instancia privilegiada: la no-linealidad de su discurso, la intromisión de los detalles de lo más íntimo en lo «histórico» y viceversa, la perspectiva distorsionada que le permite la locura y con la cual pone en envidencia «las tripas», figurativamente hablando, de todo y de todos (y vale añadir que el efecto del shock que esto produce es mayor tratándose, como se trata, de una instancia narrativa que equivale a la boca de una realeza), sirve como condena final de la aventura que fue la intervención y que tan caro costó a todos los involucrados.
De tal forma que en el libro (creo más oportuno denominarlo simplemente «libro», que no «novela», dada la naturaleza de la mayor parte del texto) se le niega la primacía a la historiografía clásica en cuanto fuente de datos para el discurso ficcional. De esta manera el autor da la razón a la nueva filosofía acerca de lo que debe constituir todo intento de reconstrucción de lo histórico, e incluso de lo historiográfico, y hace uso de ella. En esto le ayuda su concepción del discurso ficcional: evidentemente, el autor no quiere desdecir de las posibilidades que éste ofrece, sino que lo mezcla con el historiográfico-biográfico-ensayístico en cualquier momento para lograr lo que le interesa lograr: una imagen, cuanto más redondeada y compleja mejor, de lo que era la situación histórica en un tiempo inexorablemente pasado. En este sentido, Del Paso se inscribe en el intento braudeliano de «ponerse a la sombra de los hombres de (un) aquel entonces».
En este sentido, el libro se ofrece a una multitud de lecturas. Para esta ocasión mencionaré mi lectura de uno de los momentos que, situados al comienzo de la historia, funcionan como claves para la inauguración del tema de la disposicion imperial que va a incluir la intervención en México y que, a mi modo de ver, mejor lo demuestran. Me refiero al capítulo intitulado «Del baile en las Tullerías». Resumo brevemente para hacer recordar el episodio al lector: al terminar el baile de máscaras en las Tullerías, las cabezas coronadas bajan al parque y se disponen a discurrir acerca de la necesidad de combatir las aspiraciones imperiales de los Estados Unidos de América en el hemisferio occidental, siempre en el marco de una repartición de las esferas de interés y de dominio sobre las partes del mundo que todavía no les pertenecen o cuyo dominio hay que poner en tela de juicio y negociar. El motivo de la máscara, que permite encuentros históricamente imposibles como lo son, por ejemplo, el de un senador romano y un dogo veneciano, provee un fino marco ficcional para inaugurar la cuestión clave planteada en el libro, y para poner en evidencia la larga duración de la idea imperial que, para realizarse, tan sólo se sirve de las máscaras apropiadas para el momento dado. Entendido así, este episodio trasciende su función en el cuerpo mismo del libro y se ofrece como un punto de referencia casi no ficcional para otras situaciones análogas.
Desde mi primera lectura del libro, exactamene hace veinte años, es decir, el año de la caída del muro de Berlín y del comienzo (desde sus propias entrañas) del desmoronamiento de los grandes imperios del siglo XX, como lo era la Unión Soviética, y de otros pequeños, fundamentalmente réplicas de aquélla, la imagen general que construye Del Paso —hermosamente realizada desde el punto de vista literario— del descaro del imperialismo y de lo trágico de los destinos de todos aquellos que están involucrados en él, incluso sin reconocerlo, que encontramos (o que yo encuentro) en las páginas de este libro, me pareció apta para convertirlo casi en el libro de texto para la «lectura» de los procesos históricos y sociales por lo que son «sin máscara» en vez de aceptarlos «con máscara». La imagen de la Gran Europa, con su mentalidad imperialista (intraeuropea y extraeuropea) ofrecida en este episodio, la veo como una de las muy logradas realizaciones artísticas de lo que podríamos definir como estos «nuevos aires», nuevas miradas, y la necesidad de miradas nuevas al pasado, a los patrimonios, a los sistemas vigentes de pensamiento, de vida y de mentalidad. Es por este hecho contextual, decisivo para mi lectura del libro de Del Paso, que me parece que el autor mexicano, al plantearse escribir una novela acerca de algo que —supongo—, siendo mexicano, siempre le ha interesado desentrañar y explicar, también participó a pleno pulmón en un proceso de deconstrucción de estereotipos, mitos y sistemas enteros; un proceso que estamos viviendo (quien más, quien menos) en los últimos veinte años, tanto en la cultura como en otros campos y aspectos de la actividad humana, y lo estamos viviendo globalmente. Soy consciente de que alguien puede perfectamente replicar que al mismo tiempo estamos produciendo otros nuevos y yo, para contestarle, podría citar entonces al filósofo medieval catalán Miquel Servet quien, afirman varios autores, al ser condenado a la hoguera, gritó a los que le condenaron: «Arderé, pero ello no es otra cosa que un hecho. Ya seguiremos discutiendo en la eternidad».
En las últimas dos décadas hemos sido testigos o participantes de una situación de transición, y es que en dicho período se han estado poniendo en tela de juicio los sistemas así como algunos de sus aspectos, mayormente para deconstruirlos. En este contexto, amplio, global, transartístico y transdisciplinario, entiendo a Noticias del Imperio como un texto que, principalmente, conversa con el pensamiento saidiano y sus afines, y que en este sentido enriquece la escena globalmente, partiendo de un debate individual suyo con (o contra) la Gran Historia, uno de los legados fundamentales (si no el central) de la Gran Europa de antaño. A pesar de haberse imbuido en la literatura historiográfica, así como en toda la prosa ficcional, la poesía y el drama escritos acerca del tema, Del Paso no combate los planteamientos que en ellas había encontrado. Entiende su empresa investigadora como punto de partida para una discusión acerca de las posibilidades que ofrece cada uno de los discursos mencionados. Hacia el final de la obra, en un resumen de lo que había sido una conversación constante con todas sus fuentes a lo largo de la misma, opta (aunque no sin dejar lugar a duda) por una conciliación del discurso historiográfico y el ficcional (o en todo caso artístico):
Quizás la solución sea no plantearse una alternativa, como Borges, y no eludir la historia, como Usigli, sino tratar de conciliar todo lo verdadero que pueda tener la historia con lo exacto que pueda tener la invención. En otras palabras, en vez de hacer a un lado la historia, colocarla al lado de la invención, de la alegoría, e incluso al lado, también de la fantasía desbocada… Sin temor de que esa autenticidad histórica, o lo que a nuestro criterio sea tal autenticidad, no garantice ninguna eficacia poética, como nos advierte Lukacs: al fin y al cabo, al otro lado marcharía, a la par con la historia, la recreación poética que, como le advertimos nosotros al lector —le advierto yo—, no garantizaría, a su vez, autenticidad alguna que no fuera la simbólica.“ (Del Paso, 1987, p. 641-2)
 Creo no estar en un error al afirmar que Fernando del Paso, con este refinado equilibrio logrado en su tratamiento de lo histórico en lo ficcional, participa de una manera decisiva, y desde los lares mexicanos, de lo que ahora, una veintena de años después de su primera publicación, se puede identificar como el espíritu de época que artística e intelectualmente estamos viviendo.


Bibliografía:
Borges, J. L. (1979?). «Historia de la Eternidad» (1936) en Obras completas. Buenos Aires: Emecé, p. 423.

Clark, Stella T. C. y González, A. (diciembre 1994). Noticias del Imperio: La «verdad histórica» y la novela finisecular en México en Hispania, Vol. 77, No 4, pp. 731-737.

Del Paso, F. (1987). Noticias del Imperio. Madrid: Mondadori, col. Narrativa.

Fuentes, C. (1974): La nueva novela hispanoamericana. México: Joaquín Mortiz.

González Echevarría, R. (1998). Mito y Archivo: Una Teoría de la Narrativa Latinoamericana. México: Fondo de Cultura Económica, col. Lengua y Estudios Literarios.

Rössner, M. (1997). «De la búsqueda de la propia identidad a la deconstrucción de la ‟historia europea”. Algunos aspectos del desarrollo de la novela histórica en América Latina entre Amalia (1855) y Noticias del Imperio (1987)» en La invención del pasado. La novela histórica en el marco de la posmodernidad. Frankfurt – Madrid:ed. Karl Kohut, pp. 167 – 173.


Me refiero al trabajo de Michael Rössner intitulado De la búsuqeda de la propia identidad a la deconstrucción de la «historia europea». Algunos aspectos del desarrollo de la novela histórica en América Latina entre Amalia (1855) y Noticias del Imperio (1987) en La invención del pasado. La novela histórica en el marco de la posmodernidad (ed. Karl Kohut), Vervuert Verlag, Frankfurt. Madrid 1997, pp. 167-173.

Me refiero a la elaboración de este problema por Roberto González Echevarría en su libro Mito y Archivo: Una Teoría de la Narrativa Latinoamericana. Fondo de Cultura Económica (Col. Lengua y Estudios Literarios). México 1998. El libro fue publicado por primera vez en inglés en 1990.

Tuve la oportunidad —o el privilegio— de oír acerca de esta parte del trabajo sobre la novela, emprendido por el autor casi de primera mano del renombrado biólogo chileno Francisco Varela en una conferencia organizada en el Centro Internacional de la Universidad de Zagreb en Dubrovnik, Croacia en el año 1989. Varela, compañero de Del Paso en sus años parisinos, estaba fascinado por la magnitud de los preparativos emprendidos por el autor mexicano para escribir una novela y yo, al oírlo, pensé que algo cambiaba definitivamente en la novela hispanoamericana.

Me refiero al libro de ensayos La nueva novela hispanoamericana de Carlos Fuentes (Ed. Joaquín Mortiz, México, 1974), que en los años setenta y ochenta del siglo pasado tuvo una amplia recepción entre los estudiosos de literatura y la crítica literaria en varios países europeos, el mío entre otros.

Cf. Stella T. Clark y Alfonso González. (diciembre 1994). Noticias del Imperio: «La ‟verdad histórica” y la novela finisecular en México» en Hispania, Vol. 77, No 4, pp. 731-737.

Apud Clark y González, op. cit. p.731

 

Parafraseo a Fernand Braudel quien en el prólogo a su libro maestro, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. México: Fondo de Cultura Económica. 1993, p. 16, dice: «Captar la historia del Mediterráneo en su masa compleja era seguir el consejo de estos hombres, ponerse a la sombra de su experiencia, acudir a su ayuda, tomar partido por una forma nueva de historia, repensada y elaborada dentro de nuestras fronteras y que merece trasponerlas».

Cito por la cita que se encuentra en el texto „Dos notas“ en Historia de la eternidad (1936) de Jorge Luis Borges.
 

 

Agradezco a Juan Pellicer el comentario posterior a mi lectura de este trabajo en el coloquio a propósito del fragmento del texto de la novela que cito aquí.

 

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