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INVESTIGACIÓN
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"Verba Volant, scripta manent

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Patricia Cázares Macías
Departamento de Estudios Literarios
Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades
Universidad de Guadalajara

 

“Raúl Ramírez García poeta y cuentista, pertenece a la generación de escritores que han adoptado cierta rebeldía en el lenguaje y su ruptura con lo tradicional” (Aurora M. Ocampo Alfaro en Diccionario de escritores mexicanos del siglo XX, UNAM, México 2004).

¿Puede atraer lectores un poemario erótico?
 Un cuestionamiento que está en el aire ya hace algunos años, es sobre si la poesía erótica  puede competir con los contenidos cada vez más explícitos que encontramos en nuestro entorno: imágenes que van desde dibujos, animaciones hasta videos donde la sexualidad es exhibida con una naturalidad que escandaliza cada vez menos, incluso al más mojigato. Por supuesto que la sexualidad como concepto contiene en sí toda una gama de facetas y niveles que van desde la diferenciación del género hasta la cosificación del cuerpo como objeto de placer, pero, en esa cosificación del cuerpo podríamos encontrarnos saltando la línea entre el erotismo y la pornografía, una línea muy sutil que el poeta o el escritor que  quiere lograr un poema erótico no se permite cruzar, afirmación que hago tras leer algunas declaraciones donde Raúl Ramírez García lamenta la disolución de líneas que pueden hacer los lectores, al confundir lo erótico con lo pornográfico, defendiendo el trabajo, el pulimento por el que pasa el lenguaje antes de llegar a sus poemas.
Cómo detectamos entonces cuando nos encontramos ante un texto erótico.  Tendremos que recordar primero que el erotismo nace, paradójicamente, con la represión sexual, Foucault (2011), nos dice que aún a principios del siglo XVII “…las prácticas no buscaban el secreto… se tenía una tolerante familiaridad con lo ilícito (claro este adjetivo aplicado desde el siglo XX)…hasta llegar a las noches monótonas de la burguesía victoriana. Entonces la sexualidad es cuidadosamente encerrada.” (Foucault, 2011, p. 7),  es en ese primer ocultamiento donde podemos encontrar, si no el nacimiento del erotismo pues éste es inherente al hombre, y conocemos poemas tan antiguos como los de Carmina Burana, si el nacimiento de un lenguaje, una conducta, de un espacio del erotismo, es decir, un cambio de paradigma o de un conjunto de normas que guían el comportamiento humano, en este caso, en su acercamiento sexual.
En este contexto nace la necesidad de descubrir, de adivinar, de buscar el acercamiento secreto, nace la evocación del acto que despierta sensaciones a partir de una imagen que se antoja lejana o prisionera entre cuatro paredes, contexto propicio para la poesía erótica pues en la poesía el “…deseo no se articula en lo posible, ni en lo verosímil… la poesía es hambre de realidad. El deseo aspira siempre a suprimir las distancias.” (Paz, p. 23), y entonces podemos entender por qué el sujeto poético de Raúl guarda una foto en su cartera no sin antes limpiarle el polvo, guiñarle un ojo y besarle con los dedos cariñosa o maliciosamente, para luego llevarla consigo camino a “los brazos de su hogar”, donde se busca la soledad, se espía a las arañas octopédicas, se propicia el espacio para, finalmente, sacar el retrato y… tirar el blanco (y no al blanco).
De acuerdo con Foucault (2011), el  hogar  se convierte en el custodio de “eso” que ya no se nombra con libertad en la calle, sin embargo, y volviendo al lenguaje erótico y su nacimiento, existe evidencia de que se exigía (siglo XVII) un discurso de forma detallada en los confesionarios con la intención de purgar el alma y, de paso, censurar y adoctrinar. Un ejemplo de esto es el “Breve instructivo para administrar los sacramentos…” (cfr. Faximil Seminario de cultura mexicana), donde de forma detallada se imponen las preguntas a contestar en confesión, y donde, curiosamente para cada uno de los mandamientos se dedican en promedio 10 líneas, a excepción del sexto mandamiento “no cometerás actos impuros”, al que se le dedican 64 líneas (pequeña diferencia). No pude evitar  recordar a  Félix María Samaniego y su Jardín de Venus a fines del siglo XVIII, poemas donde frailes sometidos a escuchar toda clase de actos sexuales son puestos a pruebas que no superaron (si nos guiamos por Samaniego).
Ese tono confesional del discurso sexual que dentro del confesionario se exige explícito y fuera de él se refugia en la metáfora, se convierte en un extraño intersticio donde conviven los deseos prohibidos y las necesidades carnales, un tono confesional, una poesía del erotismo que solo puede alzar la voz en el poema aún en nuestro siglo, pues persiste ese aire de pecado o transgresión y lo detectamos en textos como los de Gioconda Belli quien como un eco lejano repite: “No me arrepiento de nada” y en seguida declara la libertad vivida, las normas rotas, la prudencia olvidada, aquí en pleno siglo XXI sigue patente la necesidad de purgar el alma, y, como lo prohibido es lo más deseado, el erotismo… tiene cuerda para rato.
Raúl Ramírez García, en la parte II de “Oro incoloro”, nos presenta a un sujeto poético  que al contrario de Gioconda Belli, nos dice “no puedo quejarme de la vida” para enseguida instalarse permanentemente  en un espacio erotizado con curvas de mujer donde no le hace falta nada, en un pretérito perfecto compuesto que asegura o por  lo menos posibilita la permanencia, eso es poesía, es la diferencia entre la realidad nombrada y la realidad recreada por Raúl, he aquí la muestra:
                                           II

No puedo quejarme de la vida,
he saboreado el tierno rubor de unas nalgas maduras.
Las mieles del sexo he bebido,
he nadado en sudor y saliva fragante,
he hehehé y más hehés.
Mi alfombra                 mi cobija
                        mi casa
mi aliento                     mi refugio
                        mi identidad
                        mi premio diario
                        es una cálida piel
                        unos labios de dulce néctar
cur                                           me
     vas                                                 neos

Poesía y erotismo crean entonces un lenguaje secreto de miradas, roces, y palabras con connotaciones sexuales que buscan la cercanía humana y no sólo social, que quiere liberar esa parte biológica  que nos unifica, nos iguala en la animalidad desnuda de normas y que sin embargo,  se enriquece con la capacidad de imaginar, de evocar, de crear, de buscar el placer por el placer mismo  y no sólo por  el reglamentado acto de la reproducción que, de acuerdo con Bataille, a la vez que se opone al erotismo, también se convierte en la clave del mismo (p. 9). Este deseo por lo natural, por lo animal,  lo encontramos en el siguiente poema:

A qué huele una dama           

A tierra virgen, a perfume primigenio.
Al aroma  de donde surgió la nariz universal.
            En medio de sus dos montañas osculares las féminas guardan el secreto de la
creación.
            En el arco del triunfo natural, donde la estética toma cuerpo voluptuoso y el espíritu
alelado transforma su lucidez en ingenuidad infantil, la Tierra recobra su fragancia y se
viste con delicada suavidad femenina.
                Las nalgas respingadas de la hembra premian a quienes rinden culto a Natura y su
henchido perfume de almizcle original invita a sentirnos eternos.

Un poema donde se dan cita sólo los elementos naturales que habitan la tierra y los elementos naturales del ser, donde la reproducción es una metáfora del espacio donde todo germina a partir de “montañas osculares”, un poema  donde la tierra tiene su propia fragancia y el perfume, como único elemento que requiere la mediación del hombre, aun desde su raíz latina, retorna a la naturaleza en el fuerte, penetrante y casi fecal almizcle.
Podemos ahora entender un poco más lo que es el erotismo, pero no menos importante que reconocer un texto erótico, es el acercamiento a lo que el poeta propone desde su yo. En su “Ars poiesis” Raúl nos dice, a través de la enumeración, lo que para él es la poesía y el acto creativo. Es un  poema que patentiza a la musa en un ejercicio sinestésico que nos ofrece un  recorrido, donde todos los sentidos son convocados;  un recorrido que desde su lectura propicia una  caricia  al cuerpo femenino que va desde unos ojos encendidos enmarcados por una cabellera felina, en una geografía llena de bellos accidentes, subidas y bajadas que invitan a la contemplación, a sentir, a percibir el olor y sabor de la sandía a escuchar la música, a la embriaguez en un pubis de vergel hasta terminar en unos “glúteos alterando la glucosa como nubes ansiosas de caer en un orgasmo crepuscular” y es entonces que la poesía canta y deviene en poema, en el momento en que sentenciando en latín, Raúl recuerda: “Verba volant, scripta manent”, Lo hablado vuela, lo escrito permanece.
Sí bien es cierto que el cuerpo que  es dotado de todos los elementos reales o fantasiosos para llegar al erotismo es el de la mujer, también es cierto que en el proceso se busca la fusión de deseos tanto del ser activo, papel que de acuerdo con Bataille le corresponde al hombre  (o a la parte masculina de acuerdo con Freud como algo más complejo que implica más que el género), como del ser pasivo, así ambos “llegan juntos al mismo punto de disolución” ( Bataille p.13), aspecto patente en “Ars poiesis” de Raúl Ramírez, en el deseo despertado y compartido.
Los poemas de Raúl Ramírez García contienen una mezcla de sagrado y profano, de intelecto y vulgo que nos da como resultado la vivencia cotidiana hecha poesía. Parte de su poética podemos encontrarla también en  “A Calíope-Calipigia”, donde encontramos al poeta que busca la elocuencia sin sacrificar la sensualidad de un “bello tafanario”
He aquí un fragmento:
Sigue viva la palabra elegante, la incisiva saliva,
la constante, refrescante, alentadora, eufórica
y encendida voz fina, pulida, espléndida y sabia
de la Poesía.

Eroemas para disipar el tedio contiene 40 poemas de los cuales podemos agrupar, sin que pierdan esa unidad autosuficiente que menciona Paz (1954, p. 4),  algunos con elementos prehispánicos habitados por las diosas del placer Tlazolteotl y Xochiquetzal, además del dios de la Poesía Xochipilli y por supuesto Teonanácatl quien pasando de un poema a otro nos crea una música de fondo que invita a la alucinación de la palabra, escondiéndose de pronto en un venado sacro, de pronto en María Sabina o en el “verde que te hace bailar”, símbolos y elementos relacionados inequívocamente con el peyote y los ritos mágicos. Son poemas del movimiento continuo representado por una banda de Moebius recorrida por la sierpe, un recorrido completo donde no hay un espacio sin tocar. Poemas donde se dice no a la guerra y sí al placer:

Fuego nuevo

Cuando la sierpe aparea con la banda de Moebius
            vibran pájaros, flores y Ehecatl
            inunda de música la risa de Itzamná
            que contagia paz a los mortales
            y martiriza a Huitzilopochtli
Pues han de saber hermanos que lo frío resulta cálido
            si nos olvidamos de la guerra
                                                           y pensamos:
«Soy tan insecto que ya me respetan chinches,
pulgas, piojos y zancudos, los amo tanto
porque me recuerdan que la vida es una baba
fugada del maxilar-matraca de la nada
en este año de la cabra, mes Ix Zotz
cuando Xochiquetzal y Xilonen sonríen
a Cinteotl y exhiben un México infinitivo
mientras Xólotl vuelve con sus animalitos
a oler este día color nanche-mandarina
cacahuate-jícama     ixtactzapotzintli
y Teonanácatl danza con las virgencitas y nenes
al ritmo del copal y el girasol de Macuilxóchitl
en Tamoanchan     donde nadie tiene culpas,
las plantas menos;
esto se canta siempre por los brincos de los brincos
                                               que da la vida
                                               al ser saboreada

 

Eroemas para disipar el tedio  está lleno de imágenes que recrean no sólo el momento sino el acto mismo en fragmentos como el siguiente perteneciente al poema “Flor de la vida”:

La hembra tiene una flor sonriente
en su follaje obscuro,
una bella línea brillante
como diamante vivo la refulge.

Pero además encontramos también  la búsqueda del ser querido en una permanencia física más allá del momento, en una relación donde lo cotidiano pudiera destruir el espacio idealizado, donde el acto de reproducción que representaría la unión permanente, deseada desde lo racional más allá de la pasión, amenazaría el deseo del sujeto hacia su objeto. Raúl Ramírez García reta esa condición cerrada que se percibe en creaciones como el poema 12 de Oliverio Girondo quien  recrea el encuentro erótico,  y ya sea intencional o no, Raúl lo rememora en el siguiente poema para luego, en esa rebeldía  y vitalismo que en sus textos se percibe, sacar al sujeto poético del espacio erotizado y llevarlo a la cotidianeidad a través del matrimonio  no idealizado,  en  la tensión que vive el sujeto poético en las carencias o abundancias económicas, una irrupción de realidad donde el poeta se rebela ante la incompatibilidad de momentos y situaciones, para finalmente rescatar a su sujeto poético  hacia el espacio erotizado a través del recuerdo, creando un círculo más amplio  donde encontramos los ciclos del encantamiento, la consumación, el desencantamiento y finalmente la recuperación del encantamiento, pero ahora como en esa ya mencionada banda de Moebius donde erotismo, amor, desamor, tedio, fatiga, aburrimiento, en fin, la vida misma, se encuentran en dos lados que se funden en uno. Aquí el texto:

 

Simple la existencia

Se encuentran un hombre y una mujer; se atraen, se buscan, se sonríen, se citan, se atrapan con la mirada, se enredan entre sus brazos, se van comprometiendo con dulces palabras y besos; un día sin más se ven de pronto en la cama, de un hotel, o de un cerro-pirámide cuyo centro es una roca plana como altar de sacrificios, ambos mezclan sus jugos vitales y al rato ya están casados, con tres hijos por lo menos. Que los frijolitos, que las tortillas, la carne anda de astronauta y el sueldo está degradado a ras de la tumba. La pareja  olvida los bellos actos eróticos, sin ropa o con sopa, con piel y sin hiel, con alma y sin calma. En un ratito se ponen a herir las voces y en un instante todo lo amoroso queda en la basura del olvido. Pero basta que alguno recuerde la primera caricia, el primer vistazo pasional, la primera comunión espíritucorporal, el primer balbuceo de los hijos que alegraron el matrimonio y la recesión económica que se chingue.

Finalmente,  Eroemas para disipar el tedio  también se construye y evoca en actividades domésticas, en la ausencia del ser amado que parece no terminar nunca, en la convivencia diaria, en el recuerdo, en la añoranza, en la cucaracha que nos asusta al atravesarse en nuestro camino, en las moscas y arañas que viven su propia batalla, en el deseo que despierta la conductora del programa matutino o vespertino, en las grietas en la pared que dibujan mujeres curvilíneas y en fin, en todos los objetos y sujetos de la vida cotidiana observados por Raúl y que en un triunfo sobre la hoja en blanco nos ofrece ahora haciendo  honor a Caio Titus y a su: verba volant scripta manent.

 

 

REFERENCIAS
Bataille, G. (2007), El erotismo, Barcelona: Tusquets.
Foucault, Michel (2011), Historia de la sexualidad, México: Siglo XXI
Gutiérrez Arce, C. E. (1992), Arte de la lengua mexicana según la acostumbraron a hablar los indios en todo el obispado de Guadalajara, parte del de  Gadiana y de Michoacán, Guadalajara: Editorial de Jalisco en el Arte A. C.
Paz, O. (1956), El arco y la lira, edición virtual, en: http://pedablogia.files.wordpress.com/2011/03/paz-octavio-el-arco-y-la-lira.pdf
Solís, R.  “Con dos nuevos libros se extienden los dominios de Memoria de la voz” en La jornada Jalisco. Publicado martes 31 de mayo de 2011, Consultado 20 de sep. de 2011 en: http://www.lajornadajalisco.com.mx/2011/05/31/index.php?section=cultura&article=012n1cul
Ocampo, Aurora Maura, Diccionario de escritores mexicanos del siglo XX, UNAM-Instituto de investigaciones filológicas, México 2004.