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Mariano Azuela y Los de abajo

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Gerardo Gutiérrez Cham
Departamento de Estudios Literarios
Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades
Universidad de Guadalajara

 

En el vasto panorama de escritores jaliscienses del siglo XX, el nombre de Mariano Azuela ocupa, sin lugar a dudas, un lugar muy destacado. Sus novelas inspiradas en el gran movimiento armado que a principios de siglo se gestó en México, forman parte de un paisaje profundo, amplio, analítico, descriptivo y desmitificador, a través del cual somos invitados a evocar y conocer desde múltiples perspectivas el mundo psicosocial de la Revolución Mexicana. Ya en muchas ocasiones se ha destacado el valor literario e historiográfico de las obras narrativas que forman parte de ese gran movimiento literario, agrupado bajo el nombre genérico de “Novela de la Revolución Mexicana”. Novelas como Los de Abajo (1916),de Mariano Azuela, El Águila y la Serpiente (1928), de Martín Luis Guzmán, Apuntes de un Lugareño (1932), de José Rubén Romero, Campamento (1931), de Gregorio López y Fuentes, o bien ¡Vámonos con Pancho Villa! (1931), de Rafael F. Muñoz forman parte de un legado narrativo sumamente valioso, tanto por la representación viva e intensa de la realidad, como por la novedad de su técnica. Incluso algunos especialistas en literatura mexicana de este periodo, como el Dr. Antonio Castro Leal, no dudan en calificar este movimiento literario como “una de las más valiosas manifestaciones de la literatura moderna en lengua española” [Castro Leal, Antonio (comp.:1960].

            En este trabajo abordaremos algunos aspectos singulares de la obra narrativa de Mariano Azuela y en particular de su novela más famosa y significativa Los de Abajo. Comencemos por ubicar al escritor en el contexto social de su época. Mariano Azuela nació en el año de 1873, en Lagos de Moreno, Jalisco, lugar donde al lado de familiares y amigos realizó los primeros estudios antes de trasladarse a Guadalajara, capital del Estado, donde habría de cursar la carrera de Médico en la Universidad de Guadalajara. Durante estos años el joven estudiante se entrega a la lectura de novelas francesas traducidas al castellano. Al mismo tiempo viaja, pasea, conoce tipos y paisajes [Véase el prólogo escrito por Francisco Monterde a la edición de Dos Novelas de la Revolución, 1982:1]. En 1896 un periódico de la ciudad de México le publica una serie de artículos bajo el título de “impresiones de un estudiante.”. En estas páginas el joven practicante en medicina que era Mariano Azuela, bajo el seudónimo de “Beleño”, narra el trágico sufrimiento de una pobre mujer de dieciséis años que poco a poco va muriendo de alcoholismo y tuberculosis. Posteriormente esta serie de relatos se convertirán en su novela María Luisa (1907).

Por aquellos años la ciudad de Guadalajara gozaba de un cierto auge económico y social debido al desarrollo industrial que habían impulsado comerciantes e inversionistas, tanto locales como extranjeros. Muchos migrantes se habían avecindado en la ciudad. De ello da cuenta el número elevado de consulados instalados en toda regla: Alemania, Bélgica, Francia, España, Italia, Suecia, Bolivia, Chile, España, Estados Unidos y Guatemala. La ciudad del joven doctor estaba comunicada por ferrocarril con las ciudades de México y Manzanillo. Había carreteras hacia los estados de Colima, Tepic, Aguascalientes, Guanajuato, Zacatecas, México, San Luis Potosí y Michoacán.

A nivel nacional Porfirio Díaz luchaba por mantener su dominio mediante una serie de alianzas y prebendas con distintos sectores, a fin de ganarse la perpetuidad en el poder. Ya desde 1884 Porfirio Díaz había suprimido los mandos castrenses superiores. La República, bajo expreso mandato suyo, había sido dividida en 12 zonas militares y dentro de éstas creó más de 30 jefaturas de armas. Esto le permitía un doble beneficio, por una parte pactaba con los altos mandos y por otra parte se aseguraba el control absoluto de unas fuerzas militares que ante todo debían ser leales al supremo jefe de la nación. En otro orden de cosas don Porfirio pactaba numerosos acuerdos con el clero mexicano acrecentando sus propiedades, otorgando toda clase de facilidades para que la Iglesia Católica multiplicara escuelas, diócesis, peregrinaciones, festividades de santos patronos, anexamiento de terrenos, en fin, regresan los jesuitas, se crea la Orden de las Hermanas Guadalupanas. Pero ya se sabe, el poder no otorga nada sin recibir algo a cambio. El clero debía ser agradecido, de tal manera que inmediatamente se muestra muy favorable a “la obra pacificadora de Díaz”. Sin embargo no todo eran favores y prebendas, el gobierno de Díaz empezaba a sufrir los embates de un movimiento oposicionista cada vez más fortalecido, descontento y organizado. En 1905, Miguel Cárdenas le comunicaba las siguientes preocupaciones

 

Si bien los señores Madero no sacan la mano, siguen gastando dinero en algunas maniobras políticas. No juzgo remoto que el señor Madero, animado por la pasión política que le ha acometido y por los recursos pecunarios con que cuenta, pueda promover algunas dificultades y llegar hasta el escándalo [Citado en Krauze, Enrique, 1987:21].

            Efectivamente, durante esos años Madero está por convencerse plenamente de una suerte de misión supraterrenal que desde “el más allá” le había sido conferida, a fin de encabezar la transformación social y democrática del país. Tanto en sueños como en la vigilia extática, Benito Juárez y el famoso espíritu de “José” le dictan los pormenores de su misión, los cuales son transferidos puntualmente en un cuaderno de notas:
           
            El triunfo de Ud. va a ser brillantísimo y de consecuencias incalculables para nuestro querido México. Su libro va a hacer furor por toda la República (...) al G.D. (General Díaz) le va a (...) infundir verdadero pánico (...) Ud. tiene que combatir un hombre astuto, falso, hipócrita. Pues ya sabe cuáles son las antítesis que debe proponerle: contra astucia, lealtad; contra falsedad, sinceridad; contra hipocresía, franqueza [Citado en Krauze, Enrique, 1987: 21].

Por estos años el joven Azuela recibe el título de Médico. Inmediatamente empieza a ejercer en una farmacia de Lagos, donde tiene la oportunidad de intercambiar muchas ideas con amigos y pacientes. Son los años previos a la insurrección maderista. El país se encuentra sumido en una especie de caos agravado cada vez más por los males endémicos de siempre: pobreza,  desnutrición, analfabetismo, intolerancia política e injusticia social. La miseria extendida campea en mayor o menor medida, a lo largo y ancho del territorio nacional. Mariano Azuela, hombre sensible y educado no podía sustraerse a todos estos problemas, de tal manera que ya en 1909 había publicado cuatro novelas en las cuales ponía de manifiesto su preocupación por la deteriorada situación socioeconómica en que vivían los campesinos.
Pronto simpatiza con la causa de Madero. Su posición política se define en contra del reeleccionismo amañado del general Díaz y a favor del movimiento democrático encabezado por Madero. Al mismo tiempo contrae matrimonio con una sobrina de Agustín Rivera, el famoso sabio de Lagos, como lo llamaban sus contemporáneos. En 1911 el médico e incipiente escritor se incorpora a las fuerzas armadas, decisión que a la postre será de importantísimas consecuencias, tanto para su vida personal como para los derroteros que habrá de tomar su carrera política y literaria. Cabe recordar que el 7 de junio de 1911, Madero hizo su entrada triunfal a la ciudad de México bajo los aplausos de unas cien mil personas eufóricas. Su movimiento empezaba a extenderse en toda la República y los cambios políticos, no sin turbulencias, se sucedían uno tras otro. El mismo Mariano Azuela es investido con los poderes de jefe político de Lagos de Moreno. Para él, tal nombramiento se presentaba como una oportunidad para luchar y hacer frente al caciquismo imperante: “Tal nombramiento —nos dice— tuve que aceptarlo, sobre todo cuando el caciquismo, herido en sus más altas prerrogativas, protestó y puso el grito en el cielo” [Castro Leal, Antonio (comp.), 1960:47]. Posteriormente habría de renunciar a este cargo, motivado por la destitución del Gobernador del Estado de Jalisco.
Pero la moneda ya estaba echada, como se dice popularmente, de tal manera que en octubre de 1914, Mariano Azuela decide incorporarse a las fuerzas del revolucionario villista Julián Medina, quien había desconocido el gobierno provisional de Carranza. Muy pronto empieza a prestar servicio como médico y recibe el grado de teniente coronel. Podríamos decir que es aquí donde en cierto sentido se forma el autor de Los de Abajo, pues al mismo tiempo que realiza sus labores de médico se convierte en testigo presencial de numerosos acontecimientos de campaña.

 

Los de Abajo
Como médico al servicio de enfermos y heridos que pertenecían a las tropas de Julián Medina, Mariano Azuela presta un valioso servicio a su patria y a sí mismo, pero sobre todo y para fortuna de la literatura mexicana, se convierte en testigo presencial de luchas, refriegas, historias, anécdotas, confidencias. Convive con miembros de la tropa, con campesinos y con un sin fin de gentes que va encontrando en el recorrido que realiza por el centro y norte del país. En 1915, huyendo de varias derrotas llegó desterrado a El Paso (Texas), donde reúne todo ese caudal de conocimiento empírico adquirido en los últimos años. Entonces escribe y publica Los de Abajo, una de las obras narrativas más importantes de principios de siglo. Sin embargo la novela no tuvo buena fortuna. De hecho durante diez años pasó prácticamente desapercibida, pues no fue sino hasta 1925 que tras una fuerte polémica en torno a los valores intrínsecos de la obra, se empieza a reconocer el valor literario y social de Los de Abajo, cuando ya había escrito buena parte de su obra literaria.
Diez años fueron necesarios para que la gran novela del doctor Azuela Fuera reconocida. Mala distribución, poca receptividad literaria en una sociedad semianalfabeta, la cercanía de los hechos revolucionarios y una tradición literaria marcada por el seguimiento de cánones marcados por el realismo español, impedían que se reconocieran los innovadores valores estilísticos en la obra de Mariano Azuela. Ahora bien, durante este tiempo muchas cosas pasaron en su vida. En 1917 regresa a la ciudad de México donde por fin se puede reunir con su esposa y sus hijos. Regresa a sus deberes de médico en un barrio de Peralvillo. Convive intensamente con numerosas personas de extracción humilde. Escribe Los Caciques, novela de crítica social donde el autor examina y denuncia la manera en que los ricos influyentes del país, en contubernio con los poderes de la Iglesia, se dedican al expolio despótico de los bienes terrenales que están a su alcance. Por estos años su vida reconcentra múltiples aspectos extraídos tanto de su vasta formación literaria, como de su valiosa experiencia revolucionaria. Es así como van surgiendo poco a poco las siguientes novelas: en 1918 Domitilo quiere ser diputado, Las Moscas y Las tribulaciones de una familia decente. En 1923 La Malora, y en 1925 El Desquite.  
Los de Abajo es un relato de impresiones muy vivaces, vigorosas, llenas de un dramatismo profundamente humano. Se ha dicho que esta novela marca el inicio del llamado neorrealismo latinoamericano, debido al extremo vigor con que Mariano Azuela da cuenta de personajes y sucesos. Desde las primeras líneas de la novela puede notarse la preocupación por crear imágenes que directamente provocan fuertes impresiones auditivas y visuales en el lector “—Te digo que no es un animal... Oye cómo ladra el Palomo...”. Dicha fuerza es además un tamiz de fondo sobre el cual se desarrolla una historia vertiginosa protagonizada por personajes heroicos a los que el autor les ha conferido una gran carga simbólica. Demetrio Macías, Luis Cervantes, El Manteca, La Codorniz. En cada uno encontramos razgos muy particulares, desde el ingenuo campesino que se ha unido a la causa revolucionaria motivado únicamente por sus afanes de aventura, hasta el pequeño ilustrado, advenedizo en turno que también se une a la causa para tratar de granjearse prebendas políticas y económicas. Este es, desde mi punto de vista, uno de los grandes logros de Mariano Azuela en Los de Abajo, la manera tan exquisita con que da forma a toda una serie de perfiles y actitudes psicológicas, mediante recursos retóricos nada excesivos. Un ejemplo entre muchos lo encontramos en la descripción inicial que nos hace del héroe Macías: “Alto robusto, de faz bermeja, sin pelo de barba, vestía camisa y calzón de manta, ancho sombrero de soyate y guaraches” [Azuela, 1991:9].
 Demetrio Macías no es sólo un héroe vengador, sino un modelo simbólico que intenta reescribir de otra manera la historia. Sus travesías contra los pelones leales a Huerta están motivadas por profundos deseos de venganza personal y colectiva: infinitas deudas, agravios, despojos, humillaciones contra él y su gente. Simbólicamente, Demetrio prefigura el espíritu de los héroes antiguos porque desde su pequeña choza incendiada, abandona a su mujer y a su hijo para unirse a un puñado de hombres, también descalzos y miserables como él. Junto a ellos, junto a esa pequeña avanzada de quijotescos amigos, Demetrio habrá de recorrer peñascales, barrancos y llanuras en busca de federales. Sus ataques son certeros, fulminantes. Desata un nudo, atisba unos cuantos matorrales. Un silbido aquí, otro allá, los hombres de Demetrio se deslizan entre los yerbazales y muy pronto una multitud de soldados federales yace bocarriba en medio del sol ardiente. Esta es otra virtud de Los de Abajo. Azuela recrea magistralmente toda esa enjundia y picardía psicológica de las batallas revolucionarias “—¡Mírenlos qué bonitos —excalmó Pancracio—.¡Anden, muchachos, vamos a jugar con ellos!”. Hay aquí, aunque no lo parezca una suerte de meditación implícita en las actitudes, las palabras y las acciones de los alebrestados de Demetrio Macías. Azuela parece comprender muy bien que para el soldado revolucionario la posibilidad de enfrentarse a peligros cuyo desenlace bien podía ser la muerte, no necesariamente debía estar cargado de tragedia., por el contrario, en la mayoría de los enfrentamientos, los hombres de Demetrio se muestran eufóricos, felices, en plena catarsis como si presenciaran esos fastos barrocos, donde por igual se erigen altares a la vida y a la muerte. Mucho se ha discutido en torno a este tema, presente no sólo en la novela de Mariano Azuela, sino en los estudios caracterológicos del mexicano. Octavio Paz en El laberinto de la soledad, nos habla del mexicano que encontrándose en una fiesta es capaz de estallar por igual en la alegría más eufórica o en la violencia más frenética, porque el mexicano desea experimentar con avidez la vivencia de rituales extremos. En una fiesta y por qué no, en una batalla de la revolución, lo importante es “salir, abrirse paso, embriagarse de ruido, de gente, de color” [véase Paz, Octavio, 1983:44].
Ahora bien, más allá de los aspectos tradicionales que suelen destacarse en torno a esta novela: su carácter épico y el marcado acento nacionalista, encontramos también un gran trabajo de reelectura desmitificadora del pasado revolucionario en México. Mariano Azuela como autor de novelas históricas trivializa deliberadamente ciertos acontecimientos. Otros, los pondera tal vez sin importarle demasiado que no sean relevantes para la historia oficial. Muchas veces encontramos una suerte de visión irreverente, como si deseara cuestionar la capacidad del discurso para aprehender y transmitir fielmente la historia. En este sentido Los de abajo es también un texto que una vez más plantea la relación casi siempre conflictiva entre ficción e historia. Cómo dar cuenta realmente de los impulsos, las contradicciones, el mundo de largos ensueños, divagaciones y frustraciones imperantes en la vida de Anastasio Montañés, del Manteca, de Luis Cervantes o del mismo Demetrio Macías, si no es a través de Los de abajo. Estos personajes sólo existen en la novela de Azuela por más que el imaginario de la narratología histórica nos haya dicho que son “tipos” muy representativos de muchos otros hombres que vivieron y participaron en las campañas de la revolución. Un ejemplo, mucho se ha discurrido sobre el hecho de que entre revolucionarios era bastante común el desconocimiento de las causas que los impulsaban a desplazarse, a pelear, a matar compatriotas. En Los de abajo, hacia el final del capítulo número cinco, encontramos el siguiente diálogo: “

—Yo he procurado hacerme entender, convencerlos de que soy un verdadero correligionario…
—¿Corre…qué? —inquirió Demetrio, tendiendo una oreja.
—Correligionario, mi jefe…, es decir, que persigo los mismos ideales y defiendo la misma causa que ustedes defienden.
Demetrio sonrió:
—¿Pos cuál causa defendemos nosotros?…

Mostrar, no explicar. Si en el discurso encontramos acciones y diálogos que entrañan evaluaciones de los problemas sociales de la época, siempre, me parece, lo estético domina sobre lo testimonial. De nuevo otra virtud. Azuela escribió un texto al servicio de la literatura y no de un sistema o de un régimen político. De lo contrario Los de abajo pronto se hubiera convertido en una crónica panfletaria, tal y como sucedió posteriormente con algunas novelas de la Guerra Cristera, donde el afán de crítica social y denuncia política terminaban devorando el texto. Azuela, en cambio construye un horizonte de significados organizados desde el interior, lo cual no significa que Los de abajo sea una novela ideológicamente transparente ¿acaso alguna lo es?. En algunas escenas de Los de abajo el narrador parece advertirnos sobre el hecho de que el movimiento revolucionario estaba muy fragmentado, plagado de profundas divisiones, distancias y jerarquías a veces insalvables. “Compadre…, aquéllos…, los de allá del otro lado…, ¿comprendes?…, aquéllos cabalgan lo más granado de las caballerizas del Norte y del interior, las guarniciones de sus caballos pesan de pura plata… Nosotros, ¡pst!…, en sardinas buenas para alzar cubos de noria…, ¿comprendes, compadre?”. Sin embargo todo esto transcurre sin discursos moralizantes, sin expectativas cumplidas a priori. El lector es guiado para encontrarse con un texto de ficción, no con una versión histórica de ciertos sucesos revolucionarios. La ortodoxia no tiene lugar. En todo caso la novela de Azuela evoca horizontes culturales mediante personajes y situaciones que más bien funcionan como catalizadores de numerosos impulsos humanos. María Pons, en su libro Memorias del olvido nos va explicando, desde su particular visión, cómo es que la novela histórica se enfrenta a un doble problema. Por una parte la noción misma de historia, qué es el pasado histórico, y por otra parte está la representación de la historia, cómo ha de ser representado el pasado. Afortunadamente este conflicto parece no tener solución, pues incluso en ciertas novelas modernas que se han distinguido por el exhaustivo trabajo de sus autores, el discurso está más al servicio de la ficción y de la estética del lenguaje, que del rigor histórico. Pienso en casos notables como Noticias del Imperio, de Fernando del Paso, o en ciertos capítulos de Terra Nostra de Carlos Fuentes. Pero más allá de cualquier análisis, Los de abajo sigue siendo una gran novela porque al paso de los años no ha perdido lectores. Desde los bachilleres más reacios que deben acercarse a su lectura obligadamente para sortear el obstáculo de clase, hasta los analistas más acuciosos, todos reconocen su gran valor argumental y narrativo, incluso si la novela es leída nada más como un relato de aventuras, pues es tan ágil y vertiginoso el estilo de Azuela, que difícilmente podemos abandonar el libro. Siga pues nuestro renovado interés por una de las grandes novelas mexicanas que se escribieron a principios del siglo XX, Los de abajo, del jalisciense Mariano Azuela.

 

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 Bibliografía consultada:

Castro Leal, Antonio (comp.), (1960), La novela de la Revolución Mexicana Tomo I, Ed. Aguilar, 9ª. ed., México, D.F., 1991.

Francisco Monterde (comp.) Dos Novelas de la Revolución, SEP/UNAM, 1ª. ed., México, D.F., 1982.

Núñez Miranda, Beatriz, Guadalajara, una visión del siglo XX, el capítulo “Guadalajara al inicio de la Revolución”, El Colegio de Jalisco/Ayuntamiento Constitucional de Guadalajara, 1ª. ed., Zapopan, Jal., México, 1999.

Krauze, Enrique, Porfirio Díaz, místico de la autoridad, FCE, México, D.F., 1987.

Krauze, Enrique, Francisco I. Madero, místico de la libertad, FCE, México, D.F., 1987.pág. 21.

PAZ, Octavio (1959), El laberinto de la soledad, FCE, México, D.F., 12ª. reimpresión, México, D.F., 1983.

Pons, María Cristina (1996), Memorias del olvido, Ed. Siglo XXI, México, D.F., 1996.

 

 

 

 

 

             Castro Leal, Antonio (comp.), (1960), La novela de la Revolución Mexicana Tomo I, Ed. Aguilar, 9ª. ed., México, D.F., 1991.

             Para obtener una mayor información sobre la vida en Guadalajara a finales del siglo XIX y principios del XX, Véase Núñez Miranda, Beatriz, Guadalajara, una visión del siglo XX, el capítulo “Guadalajara al inicio de la Revolución”, El Colegio de Jalisco/Ayuntamiento Constitucional de Guadalajara, 1ª. ed., Zapopan, Jal., México, 1999.

            Sin embargo Díaz no sólo favoreció a la Iglesia Católica. Aunque solía declararse católico “como jefe de familia”, el dictador presidía grandes ceremonias masónicas y mantenía, al mismo tiempo, excelentes relaciones con la jerarquía protestante en México. Véase Krauze, Enrique, Porfirio Díaz, místico de la autoridad, FCE, México, D.F., 1987, pág. 47.